La otra guerra falsa


maggy-talaveraUrupesa urbana – Maggy Talavera*

El Presidente Evo Morales ha recomendado a los bolivianos una lectura, “La guerra falsa”, un libro escrito por el ex agente de la DEA Michael Levin, en el que denuncia los nexos de ese organismo antidrogas con el narcotráfico con el objetivo, entre otros, de financiar a los “contra” en Nicaragua. No deja de ser interesante que el Presidente aliente la lectura, pero su sugerencia resulta cuando menos insuficiente, por no decir interesada: apunta a descalificar la actuación de la DEA en el operativo tri-nacional que derivó en la detención del general René Sanabria Oropeza, nada menos que asesor del Gobierno en temas de tráfico de drogas, director del Centro de Información y Generación de Inteligencia del Ministerio de Gobierno y, por si fuera poco, ex jefe nacional de la Fuerza Especial de Lucha contra el Narcotráfico, también en la actual gestión de gobierno. O sea, ningún vende ambaibas, como decimos en Santa Cruz.

Al Presidente y a sus inmediatos colaboradores les han sobrado calificativos para despotricar contra la DEA, y no ha faltado una voz diciendo además que “Chile conspiró contra Bolivia” al participar del operativo, que se gestó en seis meses, sin haber anoticiado del mismo al Gobierno boliviano. Faltaba más. ¿Alguien cree que, de haber sido notificado sobre el caso, el Ejecutivo iba a quedarse calladito esperando que agarren a su asesor de confianza con las manos en la masa? No, a estas alturas del partido ya no hacen efecto los discursos que hasta hace poco convencían a muchos. El problema es que en el Gobierno parecen no darse cuenta de ello e insisten en una retórica que harta. Porque si de recomendar lecturas se trata, ¿por qué no sugerir la lectura “Los señores del narco”, de la periodista mexicana Anabel Hernández? Les aseguro que ésta se ajusta ahora mucho más a la realidad boliviana, que la de Levin.



Hernández afirma, entre otras cosas, que lo que hay en México no es una guerra fallida contra el narcotráfico, sino una guerra falsa. Esa sí, falsa a rabiar. En el libro demuestra documentalmente y a través de entrevistas “que los señores del narco prevalecen a lo largo de décadas sólo gracias a la complicidad de los otros señores del narco, los empresarios, los banqueros, los políticos, los policías y militares de antes y de ahora” que (al estilo de Sanabria y muchos otros, añadimos nosotros) hacen el trabajo sucio y alimentan una larga e interminable cadena de corrupción. En México, con un saldo de horror que se traduce en miles de muertes violentas (al menos 40.000 en la última década, según Hernández). En Bolivia, con el agravante de estar bajo el mando de un gobierno que sacraliza la hoja de coca, materia prima en la producción de cocaína, lo que redunda en el aliento del cultivo, en vez de restringirlo; y de un Presidente que es a la vez presidente de las seis federaciones de cocaleros de Chapare.

Y henos aquí otra vez, repitiendo lo dicho una y otra vez en cada reelección de Morales como presidente de esas seis federaciones: no es correcto, y menos aconsejable, que el Presidente de Bolivia sea a la vez el máximo dirigente de un sector cuyos intereses van a contra corriente de los que persigue el Estado –o debiera perseguir- para erradicar una de las lacras que más descomposición provocan en la sociedad, como es la del narcotráfico. Esta es una dualidad inadmisible, hay en ella una contradicción de intereses que merecería no sólo el rechazo de los bolivianos, en especial de la mayoría que lo eligió Presidente de Bolivia, sino también de la comunidad internacional que se llena la boca condenando el narcotráfico, pero que se hace la de la vista gorda frente al absurdo que sostiene Morales y su dualidad de funciones. O de representaciones.

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Esta es también una guerra falsa. Es decir, la que anuncia el Presidente Morales y su Ejecutivo contra el tráfico de drogas. Acá no hay a quién achacar por el fracaso del combate. No es la DEA, ni Chile, ni los opositores o enemigos internos los que conspiran contra la supuesta luchga antidrogas que el Gobierno central asegura llevar adelante. Acá los que conspiran contra esta guerra, no fallida sino falsa, son los propios hombres y mujeres que están en función de gobierno, o aliados a él. Lo demuestran los Sanabria, las Terán, los Amautas y ramas afines. Un problemón grave y complicado, al que habrá que aplicarle el dicho “a grandes males, grandes remedios”, si acaso hay la mínima voluntad de combatir en serio un flagelo que amenaza llevar a Bolivia por los caminos del horror y de la descomposición social ya recorridos por México.

*Periodista

Santa Cruz, 4 de marzo 2011