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Mi viejo amigo

Marcelo Ostria Trigo

MarceloOstriaTrigo_thumb1 Hace pocos días me encontré, luego de muchos años, con un viejo amigo; es decir, desde cuando yo llegaba a la adolescencia y él tenía más de veinte años. Sus padres quisieron que se formara en el exterior y, en una de sus vacaciones, comenzamos a conversar. Yo, fascinado con sus relatos sobre el país donde él estudiaba, era incansable en mis preguntas y él –ahora me doy cuenta de que, para un joven universitario, era una muestra de inusual paciencia–, me lo contaba. El tema principal era sobre su vida en el extranjero, sobre sus dificultades y sus logros y sobre lo bueno y lo malo que había encontrado. También me hablaba del carácter de las gentes de ese país que tenían una enorme determinación de progresar. Todo, para mí, era revelación; en ese tiempo, desde la pequeña ciudad en la que yo vivía, los países vecinos parecían –y literalmente era así– remotos e inalcanzables.

Me fue difícil reconocerlo. Encorvado, con la voz cascada, llevaba a cuestas sus muchos años. No le fue mal.

Él conservaba la vivacidad de sus ojos, su juicio certero y su aplomo ahora más acentuado. Se había quedado en el país donde estudió y formó una familia. Ahora, vino –me dijo– a visitar por última vez la tierra que lo vio nacer.

Creo que tampoco le fue fácil reconocerme. Yo había cambiado.

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Y recordamos mucho.

Al fin, no pudo estar ausente de la conversación nuestra patria, la Bolivia actual, la de 2011. Nos acordamos que nos preocupaba el atraso, la falta de oportunidades, la pobreza, la ignorancia, la corrupción, el aislamiento y, al unísono, nos decíamos –era un tácito compromiso– que íbamos a ayudar a vencer todos los obstáculos que se oponían al progreso, e igualar al país en el que mi amigo estudiaba, y al que mi amigo veía que estaba logrando el progreso: ahora es uno de los más prósperos de esta parte de América.

“¿Qué pasa en nuestro Bolivia?”, me dijo, más que como una pregunta, como una protesta. “En los más de sesenta años que estuve ausente, las noticias no fueron buenas”. Y habló de la tristeza que sentía leyendo los relatos terribles de la prensa extranjera, en los que se que mencionaba la incesante violencia y la permanente intranquilidad boliviana. Sabía de las luchas fratricidas y de la inquina, del odio y de la mezquindad que separa tanto a los bolivianos, de las intrigas mendaces y de la inmoralidad. “Todo esto –afirmó– agudiza sentimientos derrotistas”.

Ciertamente estaba entristecido. “Seis décadas de espera –me dijo– para ver sólo paralización y menores perspectivas comparativas con relación a cualquiera de nuestros vecinos. Sí, las ciudades han crecido, hay más edificios, más caminos, más automóviles, pero menos solidaridad, menos espíritu patriótico, más individualismo y menor compasión”. “No se trata, –insistió– sólo de carencias materiales, sino de visión de futuro, es decir de confianza y participación para asegurar a todos un lugar de libertad en el que sea posible realizarse como individuos, como bolivianos…”. “Los pocos amigos que todavía encontré –me contó– lamentan haberse quedado como parte de las generaciones perdidas, sufriendo en su comarca, en su pueblo, y sólo esperando milagros. Esto me recordó lo que alguien me dijo cuando se produjo un golpe de Estado: “En Bolivia las sorpresas son constantes, pero siempre son malas sorpresas”. Lo peor es que, a nosotros, siempre nos llegaban tarde.

Mi viejo amigo siguió hablando con voz queda, pero con la firmeza del que ha comprobado que muchas cosas en Bolivia andan mal; que no hay justicia, ni paz, ni libertad, ni democracia plena en el país. No pude decir mucho; él, en pocos días, se había enterado de todas nuestras vicisitudes y de la generalizada frustración.

En verdad, como hace tantos años, mi amigo fue un buen observador de lo que sucede en el país. Y, aunque más cansado y desencantado, no perdió la esperanza. “Yo sé –me dijo con indisimulada emoción– que Bolivia reaccionará y logrará su destino de felicidad. Yo no estaré para verlo, pero sí otros, los que nos siguen.”

Yo tampoco estaré…

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