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Pando vs. Mesa, más que una entrevista

Un verdadero y elegante cruce de sables entre una entrevistadora mordaz y un respondedor lúcido y de envidiable oratoria.

image EL PUNTO SOBRE LA I

Disección de una ‘perlita’

La entrevista es un juego de poder. Un relación en la que —siguiendo a Norbert Lechner— se transita de un escenario en el que se induce curiosidad (“yo sé lo que tú no sabes”) a otro de provocación (“te digo lo que sé, si sabes cómo sacármelo”). En ambos casos, entrevistador y entrevistado intentarán ostentar que saben más que el otro, que se es superior (“yo sé más que tú”).

No es una simple relación de comunicación, es un cálculo y tácticas en el que sólo uno está obligado a responder. En medio, miradas, poses, gestos, entonaciones y alusiones.  Pero llega un momento, que no  cualquier entrevista alcanza, en el que no es suficiente saber más que el otro, se requiere saber todo. Un éxtasis que se traduce en: “Yo sé sobre ti lo que tú no sabes sobre ti mismo”. Eso es poder.  

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Para qué tanto introito. Para presentar la que probablemente fue una de las mejores entrevistas de los últimos tiempos. Un verdadero y elegante cruce de sables entre una entrevistadora mordaz y de carácter y un respondedor lúcido y de envidiable oratoria: Amalia Pando y Carlos Mesa. Un reencuentro en un set de televisión luego de más de siete años, lapso en el que ambos prefirieron mantenerse alejados. Una cita que cada cual sabía que podría llegar y para la que había que estar preparado.

Como verá el lector, un encuentro que, por sus antecedentes, por sus protagonistas y su desenlace, tiene todo para calificarse de “imperdible”; una verdadera “perlita”. Con ustedes: Pando vs. Mesa.

Primer acto

Silencio, mirada de costado—suspicaz— y el saludo:

“Carlos, muy buenas noches. ¿Hace cuánto que no compartíamos un atril de televisión?”.

“Nueve años”, responde él en tono más bien complaciente, como saludando un esperado reencuentro.

Pero ella no estaba dispuesta a perder el tiempo:

—“Fue cuando te despediste del periodismo y saltaste a la política, ¿no?

— Febrero del 2002.

— ¿No extrañas (el periodismo)?

— Extraño, y no sabes cuánto. Extraño además un formato como el que vas a iniciar conmigo (…)

Primer topetazo de Pando, ya con los dedos entrecruzados y el cuerpo erguido:

— Es tolerante la sociedad boliviana, que todos los que van a la política pueden volver al periodismo, ¿no?

— Hay excepciones.

— ¿No te animas (a volver)?

— Si alguien se anima a que yo pueda participar en algún medio de comunicación, y no les da miedo que mi cara aparezca en pantalla, animadísimo.

Inmediatamente un breve comentario para distender, como quien afloja la cuerda del arco antes de fijar la mira:

— ¿Cómo empezabas el informativo en PAT?, gran informativo. Te movías los lentes así (hace el gesto).

— Me movía los lentes así y no saludaba hasta que me dijeron un par años después que era de mala educación. No decía buenas noches.

Segundo topetazo. Pregunta anzuelo:

—¿Estás cómodo, Carlos?

— Cómodo.

— El asiento que es incómodo es el banquillo del acusado…

— Incómodo, sobre todo cuando la acusación carece de fundamento.

— ¿Te parece que carece de fundamento?

— No, no. No me parece, estoy absolutamente convencido de que es así.

— A ver, cuéntame, se trata del último contrato que se hizo en tu gobierno el 2004…

— No, no es el último, de hecho nunca se firmó un contrato en mi gobierno (…)

Aquí Mesa empieza una explicación lúcida, clara y sin vacilaciones de sus alegatos —ya con la modulación y fluidez con las que se lo recuerda en pantalla— sobre la regularización de un contrato petrolero durante su gobierno y la entrega del resto al otrora Congreso, que es el motivo por el cual es acusado.

Van y vienen nombres, fechas y cifras… La presión es incesante, pero aún no asfixia. Hacía falta el campaneo certero: 

— Sin embargo, a pesar de los alegatos de la defensa, me parece que vas a ser procesado.

— A mí también me parece que voy a ser procesado, porque puedo tener la razón pero no los votos (…)

Segundo acto

— Estamos conversando con Carlos Mesa, ex presidente de la República y ex periodista, que es lo que apena…

— Sigo escribiendo una columna, lo que asumo me permitirá todavía autodenominarme como periodista.

— ¿Te arrepientes, debe ser terrible ser ex presidente?

— Absolutamente, como jarrón chino: un objeto muy valioso que uno no sabe dónde ponerlo (…)

— ¿No fue un gran error meterte en política, sabes lo que sería Carlos Mesa hoy?

— Si lo analizas en función de lo que fue mi vida, probablemente sí. Pero lo que te voy a decir no lo tomes, por favor, como una demagogia teatrera y patriotera: el privilegio de ser Presidente, la experiencia intransferible de haber gobernado el país en un momento histórico tan significativo hace que te diga que no me arrepiento (…)

— ¿Qué tiene el poder, que endulza tanto?

— No es el poder, debo recordarte que renuncié a la presidencia, renuncié dos veces…

— Tres veces.

— Dos veces, no exageremos. Una fue una renuncia política, la otra fue una renuncia ética. Puedes creerlo o no, ése es otro tema. Opté por los derechos humanos contra el poder (…)

— ¿No vas a volver a la política?

— (…) No te voy a decir que no voy a entrar en política nunca más. En este momento no estoy en política y no tengo mucho entusiasmo en hacerlo.

Tercer topetazo, esta vez rayendo algunas muecas de enojo del entrevistado. Aquí comienza un ida y vuelta entre viejos conocidos:

— Recordando esos días, Carlos Mesa tenía 80 por ciento (de popularidad).

— Llegué a tener 82 por ciento.

— Carlos, ¿cómo tiraste esa simpatía por el caño?

— A ver, a ver, ¿cómo es eso de que tiré esa simpatía?

— Y sí, creo que el momento clave fue la firma de la ley de nacionalización, ¡te negaste a firmarla!

— La Ley de Hidrocarburos, esa desastrosa Ley de Hidrocarburos.

—Tan desastrosa no era…

— (…) Te digo algo: si habría sabido que la nacionalización era a la Evo Morales, nacionalizaba cinco veces. Yo creía en la nacionalización del 69, en la de Toro; es lo malo de tener vínculos con la historia. Yo creía en una nacionalización en serio, echando a patadas a Repsol y a Petrobras. Lo que no ha hecho Evo Morales pensé que era nacionalización (…)

— Adán mordió la manzana…

— Adán Morales, sin duda.

— Pero Carlos, con 80% de respaldo, cómo pudiste renunciar, ¿no fue un acto de irresponsabilidad o ya no tenías respaldo alguno?

— El día que me fui tenía el 50% de respaldo popular.

— Más irresponsable todavía…

— En absoluto, si tú consideras que los derechos humanos son parte de la irresponsabilidad, no tengo tema (de charla), si consideras que para mantenerte en el poder tienes que sacar al ejército y causar un Octubre 2003 II, encantado de la vida. Si crees que los derechos humanos son pura literatura, estamos perdidos.

— Tenías el 50% de apoyo, tenías que ejercer el poder. No ves al presidente Morales (esas odiosas pero efectivas comparaciones), ejerce el poder, está en el poder. No va a renunciar nunca.

— ¿Eso te parece un mérito?

— Me parece.

— Se ve que tú tienes más espíritu de poder que yo… (golpe con golpe se paga).

— ¿Por qué tenías que sacar al Ejército?, no todos tienen que ser Gadafi

— No por favor, no hagas una caricatura, ¡por favor!

— Te la estoy haciendo, de verdad…

— Es que no lo hagas (…)

— Firmabas la ley y gobernabas hasta el último día de tu mandato.

— Puede ser, pero hay un punto: yo no hago demagogia, no me gusta la demagogia.

— Es que no era demagogia, era un imperativo histórico.

— No, no lo era. La nacionalización es una gran estafa histórica, que pagará el país y tendrá que dar cuenta de ella el Presidente, que engañó a Bolivia diciendo que había nacionalizado cuando no lo hizo…

Otra vez un colofón de lujo:

— Te acuerdas de esa frase que la decíamos entre broma y broma…

— ¿El poder no te lo dan, te lo tomas? 

— Exactamente, me parece que te faltó eso.

— Sí, sí, eso te lo concedo (…)

Tercer acto

Para cerrar: algo de Evo, algo de Goni, algo de mar:

— Me pareció que Goni te humilló, cuando te obligó a posesionar a un Defensor del Pueblo para evitar que asuma doña Ana María Romero. No era mal tipo el Defensor, pero era el candidato de Sánchez de Lozada…

— Era mi obligación constitucional, pero hubo un doble problema: peleé a muerte por Ana María Romero… Pero te digo más, al día siguiente tuve que posesionar a nuevos miembros del Tribunal Constitucional, que no eran precisamente representantes…

— Es que en esos casos uno se enferma (risas).

— Cuando te toque (ingresar a la política) hablamos de enfermedades.

—No me tocará.

— No, esa es tu ventaja, la ventaja de mirar de afuera es que uno siempre puede criticar sin costo (…)

— Moléculas de gas, estás contento con el viraje del Presidente de la República (un lapsus linguis por eso de “República”, suponemos).

— Me parece correcto el volver a un escenario de multilateralismo, creo que es una tontería el quedar encapsulado en las condiciones de Chile de un bilateralismo que no conduce a ninguna parte (…).

— ¿Si vuelve, para qué quiere Carlos Mesa volver a la política?

— Una buena pregunta que probablemente me permita una respuesta más coherente en el futuro.

— No hay respuesta ahora…

—  No, porque no sé cómo concluirá este escenario de la historia del país. Uno no tiene la necesidad de meterse si el país va por buen camino, pero no va por buen camino. No lo sé, para qué especular.

— Bueno, así cerramos esta entrevista, muchas gracias Carlos. Demoraste un poquito en aceptar mi invitación, ¿qué pasó, qué te hizo dudar?

— Demoraste un poquito en invitarme.

— Pero tardaste un poquito en responderme.

Para cerrar, un brindis —que no se vio en cámaras— con agua.

La Razón, Abdel Padilla Vargas

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