Santa Cruz, ¿la entrega pactada?


Daniel A. Pasquier Rivero

daniel-pasquier_thumb Santa Cruz tiene que aceptar y vivir su realidad. No se trata de llorar sobre lecha derramada, menos en política. Este hermoso pueblo que acogió a tantos de lugares distantes y distintos, hasta autodenominarse orgullosamente “el crisol de la nacionalidad”, está empezando a experimentar en carne propia en qué consiste esta nueva realidad.

Su población cercana a los tres millones (según proyecciones del INE), refleja en casi toda su extensión territorial el abigarrado resultado del país multiétnico y pluricultural que definió la República de Bolivia antes del todavía más complejo y experimental Estado Plurinacional. Por tanto, no debe extrañar que tenga representantes de todos los colores a nivel nacional, departamental, municipal y, mucho más acentuado en algunas provincias.



Además de los cruceños por nacimiento y por identificación cultural, los hay que no son cruceños de nacimiento, otros no se identifican culturalmente como cruceños, hay quienes no creen en un proyecto cruceño y, también hay, desgraciadamente, quienes están en contra de un proyecto que se reconozca e identifique con lo definido “tradicionalmente” como cruceño; es decir, gente a la que no le enciende ni mueve sentimientos especiales el amor por la libertad, el individualismo, el deseo de superación, el respeto a la propiedad privada, la preferencia por la “cultura occidental”, mezcla de principios cristianos que se expresan en la hospitalidad, la alegría, el optimismo aún en la adversidad que lo lleva a buscar incansablemente solución a los problemas en vez de esperar a que alguien se los resuelva. Cada uno se empeña hasta donde puede y confía en que Dios hará el resto.

El proyecto autonomista es la propuesta más exitosa que ha tenido Santa Cruz en su historia. En su concepción sencilla es la propuesta de un régimen con competencias y recursos definidos y delegados para los distintos niveles en la administración del Estado. Recoge gran parte de esa manera particular de ver la vida y las relaciones del cruceño. Debido a ello, encontró eco fácil en lo que viene a ser el espacio geográfico y cultural de influencia cruceña, Beni y Pando; pegó progresivamente en otras regiones, en parte por ofrecer una alternativa que contrasta por su resultado económico social favorable, contra lo alcanzado en otras regiones bajo la tutela de una organización centenariamente centralizada, pesada, burocrática y, sobre todo, concebida primordialmente alrededor de la explotación minera, que transitó casi sin modificaciones desde antes de la Colonia hasta la Revolución del 52 del movimiento nacionalista post guerra del Chaco.

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El Estado Autonómico o, con autonomías, desgraciadamente, vino a coincidir temporalmente con la emergencia de un proyecto político radical, hegemónico, que hace gala de contar con enorme cantidad de recursos y apoyo externo, cuyo discurso indigenista vino a sustituir al viejo proletariado en la lucha de clases por la toma del poder. Paradójicamente la presencia de un porcentaje importante de población indígena campesina en el occidente ha facilitado el éxito de la propuesta más centralista del Estado Plurinacional, justo cuando de lo que se trataba era de dar oxigeno, mayor libertad a los pueblos y regiones, para poner en marcha el potencial humano y los recursos del pueblo boliviano.

La vigorosa corriente autonomista cedió la iniciativa a partir de 2008. En palabras del Vicepresidente García, en ese momento estaban “solos Evo y yo”. Ver la oportunidad fue la clave y, desde entonces, el proyecto oficialista hace todo lo posible por barrer con cualquier atisbo de oposición. No importa el precio. A pesar de todo, es casi inexplicable porqué se han ido arriando las banderas autonomistas. La propuesta, de profundo contenido democrático y social, valía la pena y estaba más que justificada la contienda: la verdadera refundación de la república, lo que intuye la población como necesaria, que en un momento fue capaz de concentrar un millón de personas a los pies del Cristo en Santa Cruz y miles más en otros departamentos. El precio de los creyentes ha sido muy alto: presos, exiliados y muertos. ¿Acaso, por ellos, no vale la pena seguir luchando?

La crisis en la Asamblea Legislativa Departamental ha puesto de manifiesto la pequeñez del liderazgo regional. Lejos de los objetivos; divorciados de los anhelos del pueblo cruceño. Da vergüenza ajena oír los calificativos de un lado y de otro; no explican y menos justifican conductas ante el pueblo que confió en ellos. Grave error el que, una vez más, cometimos: elegimos sin conocer (lo mismo que se le reclama al gobierno central) parlamentarios y asambleístas que, salvo pocas excepciones, en 24 horas se han creído el ombligo del mundo. Aquí gallitos; en La Paz, silencio de cementerio. ¿Que eso es político?, pero claro, si para eso fueron elegidos, no para rociar agua bendita. No se reconocen: licenciados/as que hablan como verduleros/as e ignorantes supinos “doctoreados” en los programas de televisión. ¿Tanto puede “don dinero”?

La disyuntiva política regional está, según Rubén Costas, entre la corrupción o la soberbia. Después de cinco años descubre que el sostén de la alianza regional al centralismo, no es por ideales ni por mística. Denuncia, tardía. Más bien, es confesión de incapacidad política, ¿cómo no estructurar una alianza en bases programáticas y lealtades? ¿Aún en el oficialismo, es que no hay nada más que ambiciones personales? De qué unidad se habla si cada uno tiene un proyecto político distinto. En su momento, denunciar ante el pueblo a quienes traicionan. De lo contrario, se sugiere que las murallas no las están derribando, sino que se están entregando, una entrega pactada que empezó hace tiempo. Ahora está fuera de lugar, es hasta patético, el yo, yo y nada más que yo. Hay que asumir la cuota de responsabilidad, no compararse con Teresa de Calcuta, y volver a pensar en Santa Cruz.