El equilibrio de los poderes


Fernando Molina

fernando_molina El apetito de poder es una característica más o menos general de los seres humanos: todos aspiramos a tener el mayor control posible sobre nuestras circunstancias. Normalmente, un mayor control exige más poder: Si en mi trabajo soy el superior es probable que pueda decidir, en caso de crisis, quiénes serán despedidos y quiénes no, y, por tanto, me hallaré más protegido. Si tengo mayor poder sobre mis hijos, podré evitar, por lo menos en principio, que éstos se descarríen, etc.

Pero el grado de control siempre se topa con límites, porque el poder humano nunca es absoluto. Esto no impide, sin embargo, que cierta clase de personas aspiren, a lo largo de sus vidas, a incrementar constantemente el poder del que disponen.



En el mundo moderno, pocas personas están en condiciones de manejar de una forma extremadamente eficiente a grandes grupos: pensemos en lo que ocurre en una multinacional, por ejemplo, y su capacidad de coordinar las actividades productivas de cientos de miles de personas a escala planetaria, o en el control que un comparativamente pequeño grupo de individuos tiene sobre el funcionamiento de urbes de millones de habitantes.

Los tremendos poderes intersubjetivos conjurados por la modernidad no han traído una nueva forma de esclavitud (excepto en algunos lugares y por un tiempo determinado –Alemania entre 1935 y 1945, la Unión Soviética entre 1924 y 1953, Corea del Norte en este momento–), porque en su contra actúa, y tiende a equilibrarlos, otra fuerza igualmente robusta: el poder que el hombre moderno ha adquirido sobre sí mismo.

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Este poder es el resultado del enorme control (conocimiento, tecnología, abundancia de bienes) desplegado por la humanidad sobre el mundo en el que vive, y del proceso de individualización que esto permite. Vivimos una situación en la que están disponibles los recursos suficientes para que una élite subsuma en la esclavitud a millones, como efectivamente ocurrió en el pasado (y sigue ocurriendo hasta ahora), pero en la que la esclavitud no es asumida como “natural” por nadie. Sus víctimas, entonces, deben ser forzadas y engañadas, pues lo natural para ellas será siempre la libertad individual. Por mucho que se pretenda, no es posible volver al Medioevo, cuando sólo los nobles eran libres y los demás nacían y morían prisioneros del espacio físico y social en el que habían tenido la suerte o la desgracia de nacer.

Digamos entonces que, para funcionar en la era contemporánea, los regímenes totalitarios deben “representar” la libertad, lo que los limita e introduce en ellos una precariedad fundamental.

Gracias a esta dialéctica interna entre los poderes despertados por la modernidad, se han generado, también, unas avanzadas “tecnologías” institucionales, unas doctrinas y una tradición histórica que sirven como medios de limitación y reducción del poder.

También son los más formidables que se erigieron nunca.

Estas defensas protegen la libertad individual y, tendencialmente, evitan el totalitarismo. Se las debemos a la acción de dos corrientes ideológicas y políticas enfrentadas, cada una actuando en un campo social distinto: liberales y socialistas. Los liberales lucharon por limitar el poder del “organismo del poder”, esto es, del Estado, a fin de evitar que se metiera con las actividades económicas privadas y tratara de definir un estilo único de vida. Empoderados en su calidad de individuos, los liberales no querían someterse a un poder interindividual que los pondría en manos de los políticos que lo poseyeran; conscientes de que existen diferentes formas de realizar las potencialidades de cada uno, los liberales no aceptaron que se les impusiera una sola “verdad” sobre cómo ver y qué hacer. Por el otro lado, los socialistas lucharon contra otro poder intersubjetivo, el del dinero, que normalmente pretende encadenar a los productores a sus bancos de trabajo. Los socialistas lograron limitarlo con reglas laborales, libertades sindicales, etc.

Éstas son las dos tradiciones fundadoras del moderno pensamiento democrático, que busca combinar los efectos positivos del liberalismo sobre las relaciones políticas (desechando al mismo tiempo su excesiva permisividad respecto al poder económico privado), y del socialismo sobre las relaciones económicas (suprimiendo su objetivo de subordinar la economía al manejo tutelar del poder estatal).

La modernidad, entonces, ha producido poderes descomunales y, al mismo tiempo, sólidas fuerzas que los mantienen a raya. Sin embargo, este contrapeso no es fácil ni inmediato ni indoloro. Genera una tensión que constituye uno de los principales problemas de la política de nuestro tiempo. Del lado de la libertad actúan las fuerzas del individualismo y, en determinado marco, las del igualitarismo. En el otro bando no dejan de alinearse las masas y los líderes con personalidad autoritaria, sometidos por un voraz apetito de poder.

Página Siete – La Paz