Por Pablo Pérez Ayala Al ser interrogado si el tenis es un juego de suerte, Roger Federer respondió: “Claro que sí, el tenis es un juego de suerte, mientras más entreno, más suerte tengo”. Esta idea de uno de los grandes deportistas de las últimas décadas, nos hace reflexionar cómo detrás de todo logro deportivo en particular, y humano en general, hay mucho trabajo, mucho esfuerzo, y no sólo suerte, ganas o buenas intenciones.Lo que ocurrió el jueves 7 de julio con la selección fue algo digno de comentarse y reflexionar. Más de la mitad del país, probablemente, estuvo (estuvimos) viendo el partido de fútbol entre nuestra selección y la de Costa Rica. La mayoría se mostraba optimista con opiniones como ésta: “Bolivia goleará a Costa Rica, su fútbol (de los costarricenses) es malo, nadie los conoce, son puros juveniles, etc”. El típico menosprecio hacia los que no se conoce o no tienen fama, lo cual no implica necesariamente que sean inferiores o malos. Ya el pensador chino Sun Tzu en su libro El arte de la Guerra advirtió hace 2.500 años: “En la guerra no hay enemigo chico.” —Recordemos que el fútbol y el deporte están considerados como una forma sublimada de la guerra. Pero, ¿de dónde vino todo ese optimismo desbordante hacia nuestra selección, el cuerpo técnico, su estrategia y, por ende, nuestro fútbol muy venido a menos últimamente? Vino del memorable empate que tuvimos el viernes 1 de julio con Argentina. Cabe puntualizar que se trató de un empate, no así de una victoria; pero, claro, como se le empató a una selección plagada de estrellas y con el mejor jugador del mundo entre sus filas, Lionel Messi, pensamos como quien dice:“Ya la hicimos”, “Somos casi campeones”, “Nadie nos para”, “No habíamos sido tan malos”, “Se mostró el coraje de nuestros jugadores”, “de aquí al Mundial 2014”, etc. Nuestra gente común cargada de complejos, fracasos y desesperanza tuvo que asirse a una pequeña luz, un brillo de ilusión que le hiciera olvidar durante 90 minutos siquiera la difícil situación (principalmente económica) en la que vivimos. Nuestro pueblo está tan ávido de triunfos que incluso un empate catalizó el interés, entusiasmo y esperanza de gran parte de nuestra colectividad, arremolinándose ésta hacia la televisión, la radio, los periódicos o, incluso, viajando a tierras argentinas junto a nuestro Presidente, una banda de música y la célebre diablada de Oruro.Lo que sucedió después todos lo sabemos: se perdió contra un equipo de juveniles quienes, con habilidad, rapidez y preparación, ganaron a nuestra selección con un resultado que pudo haber sido mucho mayor. La culpa: ¿de los jugadores?, ¿el cuerpo técnico?, ¿los dirigentes?, ¿la historia?, ¿nuestro hado? Todos tratan de encontrarla o señalarla, y no deparan en una causa simple, pero que implica mucho: preparación, es decir, trabajo.¿Cómo se llegó a clasificar al Mundial de Estados Unidos 94? Fue indudablemente con una gran preparación de nuestra selección: seis meses o más de entrenamiento, dos meses en un centro de alto rendimiento en Barcelona, casi 30 partidos amistosos contra selecciones (europeas incluidas), unión entre los bolivianos sin regionalismos, gran manejo del grupo de Azkargorta; pero, principalmente, mucho trabajo, esfuerzo y dedicación. Y con esas condiciones, tan excepcionales, se llegó al Mundial del 94, empatando arduamente con Ecuador (1 a 1) en un partido que está grabado en la memoria colectiva de todos los bolivianos. No sirve de nada ser “milagreros” esperando grandes resultados, la gloria, sin esfuerzo y sin trabajo. Los bolivianos podemos llegar a grandes alturas (no sólo en el fútbol) sin autoengaños, sin espejismos, sin la demagogia fácil del triunfo gratuito. ¿Por qué no repetimos la receta que nos enseñó el Vasco?, ¿es imposible acaso?, ¿por qué no se trabaja (entrena) muchísimo más y se sueña menos?Fuente: www.la-razon.com