Los mitos tras la corrupción


Iván Arias Durán*

ivan-arias-duran La corrupción, ese bicho que hunde y erige en poderoso o leproso, esconde una serie de mitos que evitan la comprendamos en su verdadera dimensión. Bernardo Kliksberg, autor junto a Amartya Sen de “Primero la gente”, plantea que la corrupción socava el sistema de valores morales y crea nihilismo en los jóvenes por lo que es necesario acabar con ciertos mitos que la hacen ajena a uno y propia de otros, permitiéndole campearse entre nosotros impunemente.

Primer mito. La corrupción es esencialmente pública. Hay innumerables caso que nos muestras la corrupción corporativa-empresarial es parte importante del problema. En los hechos, los esquemas de corrupción suelen entrelazar a ejecutivos públicos y privados. Hasta 1999 en que OCDE penó la corrupción, el código fiscal alemán, entre otros, permitía la deducción de los sobornos como "gastos de negocios". En el año 2004 el Pacto Global de la ONU oficializo a la corrupción como tema para la empresa privada al agregar la lucha contra ella como décimo principio de su Código de Responsabilidad Social Empresarial.



Segundo mito. La corrupción se concentra en las coimas que los ciudadanos pagan a funcionarios. La coima en los países de Suramérica, la mordida en México y otras similares son claras expresiones de corrupción que deben ser combatidas y erradicadas. Sin embargo, los costos mayores los paga la sociedad en las grandes operaciones de colusión económica, entre empresas y funcionarios, como los que se han dado, entre otros, en el mercado de armas y en otras formas de corrupción más silenciosas.

Tercer mito. La opinión pública latinoamericana es pasiva frente a la corrupción. Está sucediendo lo contrario. El latinobarómetro y la encuesta mundial de valores muestran un rechazo generalizado, una enorme indignación por la impunidad y la exigencia creciente por respuestas contundentes.

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Cuarto mito. La corrupción es un tema básicamente policial. Una investigación de la Universidad de Harvard muestra que es mucho más complejo. Trató de medir en 100 países con qué causales estaba más conectada. Las correlaciones econométricas identificaron que la principal eran los niveles de desigualdad. Cuanto mayores son las asimetrías en una sociedad, élites reducidas tienen el control de las grandes decisiones económicas, de los recursos, de la información, y las grandes mayorías tienen grados mínimos de información y de participación real. En esas condiciones hay, según los investigadores, "incentivos perversos" para las prácticas corruptas, porque los grupos de alto poder no tienen control y pueden actuar con impunidad. La corrupción, a su vez, aumenta la desigualdad. Cuanto más equitativas las sociedades y mayor la participación de las mayorías, en educación, salud, información e incidencia en las decisiones, mejor podrán vigilar, y protestar, y menor será la corrupción.

Estos resultados son particularmente significativos para América Latina, por ser la región más desigual del planeta. Uno de los costos silenciosos de la desigualdad son los incentivos para la corrupción.

Kliksberg pregunta: ¿Cómo combatir la corrupción en la región? Responde: Mejorando la equidad, superando los mitos señalados y profundizando sobre sus causas. Junto a ello son imprescindibles vigorosas políticas de reforma y fortalecimiento del poder judicial, apoyo a la profesionalización de las instituciones policiales vinculadas con la investigación de estos delitos, establecimiento de instituciones reguladoras sólidas y dotadas de capacidad técnica efectiva.

A todo lo anterior deberá sumarse trabajar en la familia, la educación y los medios masivos para fomentar una "cultura de la transparencia y la responsabilidad". Ambos significan que el otro importa. La corrupción es lo contrario: egoísmo maximizado. Debemos acabar aquella idea de que los funcionarios y empresarios que roban cubriendo sus operaciones son percibidos como "unos vivos"; los que no lo hacen, "una especie de idiotas".

*Ciudadano de la República de Bolivia

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