Armando Méndez Morales*
El mundo financiero estuvo en ascuas los últimos días del mes de julio debido a que llegaba una fecha fatal para el normal funcionamiento de pagos a los acreedores de la deuda pública estadounidense. Acertadamente, el Congreso de EEUU tomó la decisión de aumentar el límite máximo de endeudamiento, que tenía autorizado el Poder Ejecutivo de ese gran país de 14,3 billones de dólares, a 16,4 billones. La deuda pública de EEUU es, hoy, el equivalente a todo lo que produce durante un año esa nación, 100 por ciento de su PIB.
Con buen criterio el congreso de EEUU había fijado un límite máximo de endeudamiento público, como parte de una sana política fiscal. Sin embargo, se nota que no tuvo éxito en su propósito. No es bueno que los gobiernos se endeuden permanentemente, porque este es un indicador de que las finanzas públicas continuamente son deficitarias, lo que es lo mismo decir, que los gobiernos gastan por encima de los ingresos que disponen por la captación de impuestos. Este límite en el pasado ya había sido modificado varias veces subiéndolo hacia arriba, pero nunca nadie le dio importancia, ni siquiera era noticia periodística generalizada. ¿Por qué ahora salto a la palestra?
El nivel más alto de deuda pública, que registra la historia de EEUU, corresponde a los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, tiempo en el cual el déficit alcanzó, un año, al 35 por ciento del PIB con un nivel de deuda pública superior al 100 por ciento, también del PIB. Esta situación es entendible, las guerras son inmensamente costosas, sobre todo la Segunda Guerra Mundial, y no es realista pensar que se pueda financiar sólo acudiendo a la recaudación de impuestos; tiene que financiarse con deuda. Pasado el conflicto bélico, EEUU fue reduciendo su deuda hasta alcanzar un muy razonable 20 por ciento del PIB, dato que se registra para el año 1970. De ahí, con oscilaciones, llegó a incrementar hasta llegar a un 62 por ciento del PIB durante el año 2007. ¿Qué pasó ese año?
Hasta el mes de julio de 2007 las bolsas de valores del mundo mostraban un comportamiento ascendente de los precios de los activos financieros, tendencia que se revierte a partir del mes de agosto iniciándose un periodo de deflación del nivel de precios de los activos financieros que se prolongó durante todo el año 2008 y hasta marzo del año 2009. Para tener una idea de la magnitud de esta caída podemos referirnos al famoso Índice Dow Jones de Wall Street, que para marzo del año 2009 muestra una caída anual del 41 por ciento.
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La Reserva Federal de EEUU durante los años 2008 y 2009 inyectó dinero a la economía norteamericana con el propósito de impedir que la deflación de activos financieros, que estaba siendo acompañada por una recesión económica, no acabase en una grave depresión económica como la vivida en los años 30 del siglo pasado. Este intenso bombeo de liquidez logró su objetivo de parar la caída de los precios de los activos financieros y con ello impedir la llegada de la depresión económica. Sin embargo, esto no impidió que EEUU el 2008 se estancase y entrase en recesión durante el año 2009, con una caída de su producción del orden del 2,6 por ciento.
La crisis financiera de esos años arrastró a varias entidades financieras a la quiebra. Para que esto no continuara la Reserva Federal de EEUU otorgó voluminosos créditos a las entidades financieras que atravesaban por graves problemas, dado que gran parte de sus activos financieros habían caído fuertemente de precio, lo que les encaminaba a frenar el otorgamiento del crédito necesario para la reactivación económica. En este escenario muchos bancos de inversión estaban en esta situación, sin posibilidad de obtener dichos préstamos, dado que por ley esa institución sólo da préstamos de liquidez a los bancos comerciales. Por esta razón, tuvo que ser el Tesoro Americano el que de millonarios créditos a esas instituciones, recursos que no disponía. Para cumplir este propósito el Tesoro Americano se endeudó fuertemente en los mercados de capitales, dinero que luego lo traspasó a los bancos de inversión. Esto explica que raudamente subiera el indicador de deuda hasta llegar al 100 por ciento del PIB y al límite de deuda.
Este sostenido incremento de la deuda fue consecuencia de un continuo incremento del déficit fiscal de casi un 7 por ciento en 2008, un 13 por ciento en 2009 y un 11 por ciento para el año 2010. Indicadores peligrosamente muy elevados para cualquier país del mundo.
La deuda norteamericana está contratada a diferentes plazos y diariamente tiene que pagar las que vencen. Como no tiene superávit fiscal, la única manera de honrar estas obligaciones financieras es endeudándose en los mercados de capitales, los cuales están abarrotadas de dinero y ansiosos de seguir prestando al gobierno de EE.UU. Al fin son papeles financieros que tienen una alta calificación mundial, porque se supone que EEUU es un país solvente y confiable, se le puede prestar. Sin embargo, por primera vez acaba de bajar su calificación un peldaño, del nivel más alto AAA+ a AA+.
Pero al llegar al límite legal de endeudamiento, el gobierno de EE UU se encontraba en la penosa situación de no poder contar con recursos financieros para ir atendiendo los vencimientos que se venían los próximos días. Esta situación hubiese ocasionado que EEUU ingresase en default, lo que quiere decir en incumplimiento de pago de sus obligaciones financieras y eso hubiese sido terrible para todo el mundo financiero y de aquí para toda la economía mundial. Por esta razón, no había otra salida que incrementar el límite permitido de deuda y, de esta manera, asegurar que EEUU continuase honrado sus obligaciones, lo que es bueno y tranquiliza al mundo. Sin embargo, el problema de fondo se mantiene. El enorme déficit fiscal de EEUU y su enorme volumen de deuda pública.
De ahora en adelante EEUU tiene necesariamente que reducir su déficit fiscal. Para ello tiene tres alternativas: primero, reducir el gasto público; segundo, aumentar los impuestos, y tercero, una combinación de ambos. Las tres opciones son políticamente difíciles de llevarlas a cabo. Reducir el gasto público ha de implicar reducir el gasto militar que es muy grande en ese país. Ante la opción de reducir gasto en programas sociales, o para atenuar su reducción, EEUU tiene que reducir abruptamente sus contribuciones a los organismos internacionales y a sus universidades públicas. Aumentar impuestos es difícil, sobre todo si recae sobre las empresas, porque hace rato éstas están migrando de EEUU para ubicarse en otros países donde los impuestos son más bajos, como es el caso de China. Aumentar los impuestos al consumo tampoco es fácil en un país donde la gente considera que ya son altos. Esta política fiscal contractiva, que tiene que aplicar, si o sí, EEUU, ha de impedir que su economía retorne a tasas de crecimiento del 3 por ciento anual, que se considera como la tasa potencial de ese país. A EEUU le espera varios años de lento crecimiento económico.
Pero el problema de la deuda pública no sólo es de EEUU. Japón es el país que tiene la mayor deuda pública si se mide con relación al PIB. Está en el orden del 230 por ciento. Grecia por encima del 160, Italia con 120, Francia con 88, Reino Unido con 83, Alemania con 80, etc. En general la zona del EURO está sobre endeudada. Este es un problema mundial. ¿Qué quiere decir esto? Que en todos estos países, hace rato, sus gobiernos están gastando lo que no tienen, porque encontraron el fácil e irresponsable expediente del endeudamiento.
Lo acaecido con EEUU es un hecho importante no sólo porque su deuda pública alcanzó el 100 por ciento del PIB, sino porque es la economía más grande del mundo. La zona del Euro, que ocupa el segundo lugar en la economía mundial, hace rato que incumple su techo acordado de deuda, que es del 50 por ciento del PIB.
Llegó a todo el mundo desarrollado el reto de reducir sus inmensos aparatos estatales, sus enormes programas sociales de todo tipo, los programas de “ayuda internacional”, por la sencilla razón de que no son financiables. A su lado están emergiendo dos futuras poderosas economías que son China e India. En estos países la gente no goza del Estado del bienestar, “bienestar asegurado de la cuna a la tumba”, tiene bajos salarios, bajos impuestos y, de esta manera, se están convirtiendo en la fábrica del mundo. Los países desarrollados tienen que recuperar competitividad mundial para seguir creciendo, lo que no se logra aumentando las tasas impositivas ni los salarios.
*Miembro de la Academia Boliviana de Ciencias Económicas