Winston Estremadoiro
Mi esposa usurpó el ejemplar de La metamorfosis de Franz Kafka con que yo distraía esperas en consultorios, viajes en transporte público y descansos en parques. Días después me arrebató el librito de cien frases memorables de un mandamás del que no habría que esperar su muerte para evocar –nunca tan apropiado el verbo– sus sandeces, como fue el caso de Melgarejo.
Hoy los devolvió, sin charquearlos cual era de esperar en sus revolcones con los libros que lee. ¿Te gustó la mutación de hombre en insecto?, pregunté. Mucho, me dijo. ¿Y qué tal las “Evadas”? Lectura de inodoro, espetó.
Yo tenía una opinión diferente. Pensaba que tenía mucho de kafkiana la realidad que vive el país. Pronto la férula del Estado se asemejaría al yugo paterno del pobre Gregor Samsa, ahora que la nueva ley de telecomunicaciones se plegará a la ley contra el racismo para recortar la libertad de expresión. Habrá cada vez menos espacio para insectos en que nos habremos metamorfoseado los conscientes del engaño de este régimen. Salvo que ejerzamos de lavanderos de plata blanca pichicatera, que no es lo mismo que el metal “argentum”, y menos todavía que el sinónimo literario “argentino” –oriundo de socavón potosino- apropiado para Borges, no tanto para Maradona.
Había recibido el “Evadas” dentro un paquete de libros de regalo de Maggy Talavera. Reverbero menor de lo que en su momento fueron las crónicas del “Ciudadano X” de un lúcido Emilio Martínez, lo notable de la obra de Alfredo Rodríguez Peña no fue tanto lo oportuno de la publicación. Fue el juego de cintura literaria del autor, cachaña opuesta a la chicana política de los juicios difamatorios, perro de presa de un régimen empeñado en embutir un dizque revolucionario cambio en democracia, recortando la libertad de expresión al copiar libretos caribeños en su resbalón hacia una autocracia populista.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
El regalo iba acompañado de ejemplares del heroico Semanario “Uno” que publica en Santa Cruz mi amiga, donde estaban mis artículos. “Yo, el obsceno”, última novela del prolífico Wolfango Montes, a quien recuerdo como un niño en tienda de chocolates, en una afiebrada noche cruceña en que anduve de cola de mi hermano Carlos y Gastón Guillaux, sus condiscípulos; ruego a Dios por mi cumpa, que paga diezmos cardíacos no tanto por ser un bon vivant sino un empedernido fumador. El develo periodístico de Harold Olmos sobre la tramoya separatista de Rozsa, poéticamente llamada “Allá donde me sepulten, nadie se arrodillará”. A mi esposa la apacigüé con el cedé de obsequio de “No volveré a querer”, la historia del Trío Los Taitas escrita por Edson Hurtado, doblemente interesante porque la casa de Maya Tanaka, que dicen se suicidó de amor, “era a la ‘vueltinga’ de la casa de mi tía Luisa Rioja viuda de Añez, cuando viví un año en Trinidad”, contaba; y porque el título rememoraba el taquirari de música de Rogers Becerra y letra de mi tío y padrino de nuestra boda, Ambrosio García Rivera.
Escogí empezar con “Dogmas y herejías de la guerrilla del Che”, de Humberto Vásquez Viaña, a quien recuerdo –no sé si era él o su hermano Jorge- como otro flacuchento tristón en tiempos en que el mercado Los Pozos era un curiche de yomomos, que carnavaleros gustaban por sus aguas hediondas de día y gigantescos sapos “rococos” alborotaban de noche, cercano al barrio de la Máquina Vieja donde vivía mi madre, quizá por ello hincha futbolera del “Destroyers”. Yo estaba de paso, camino a trabajar y estudiar en un Estados Unidos cuando no era necesario depender de guías coyotes para transponer sus fronteras. Cómo es la vida, eso tal vez me eliminó de carrera en enamorar a una morena que luego le daría un hijo a mi amigo.
Privilegio este de escribir y publicar en libertad. Aún tratándose de nostalgias y recuerdos que a muchos pueden no importar, hasta que se avienen con que también los tienen y desgranarlos a través de la magia de la lengua es la base del quehacer literario. Igual es comentar, y criticar, ¿por qué no?, la realidad que nos ha tocado vivir. ¿Estaremos en vísperas de nuevas formas de mutilación de la libertad de hacerlo? No lo creo. Sin embargo, me acordé de Boris Pasternak, poeta laureado, premio Nobel de literatura, autor de la épica novela rusa “Doctor Zhivago”. Fue insultado de “oveja sarnosa” y enemigo del régimen por sus “escritos llenos de calumnias”, por un monigote de ventrílocuo de Nikita Jruschov que nadie recuerda.
Para cuando salga impresa esta columna habré cumplido una década de lamentos de bar. Aunque en español palomino se refiera a la mancha marrón en la ropa interior, que unos culpan a la nicotina como si fumaran por la válvula posterior, esa palabra de origen hispano en inglés se refiere a un caballo de color marrón dorado con las crines blancas. Sea por la crin blanca o la mácula parduzca, devine en llamar esta columna Barlamentos por estar marcada de sardonia, a veces alba, otras café.
Tal vez bien intencionado, al calor de los rones un amigo recomendaba que insufle optimismo y esperanza, en vez de lacerar el alma de escasos lectores con mis sardonias. Soy muy viejo y sabido para ponerme a cantar “la felicidad, ah, já, já, já” de Palito Ortega. Me avengo más a Jimmy Fontana y su “Il mondo”, así, en italiano que muchos quizá encuentren rebuscado: “No, stanotte amore non ho piú pensato a te/ ho aperto gli occhi per guardare intorno a me/ e intorno a me girava il mondo come sempre”. Como siempre, sollozo, como siempre.
Los Tiempos – Cochabamba