Jorge Lazarte R.
Hace algunas semanas un grupo de intelectuales disidentes del MAS emitió un “Manifiesto” muy crítico del nuevo poder en Bolivia. Entre los que suscriben están los que formaron parte del grupo “Comuna”, que fueron el vivero intelectual del proceso de la “revolución democrática y cultural”. Este manifiesto tiene lugar en un momento de declinación de un poder en declinación. ¿Pero de qué intelectuales se trata?
Si tomamos como parámetro clasificatorio la forma cómo los intelectuales definen sus relaciones con el poder, se puede diferenciar cuatro tipos de intelectuales: los “críticos” del poder en nombre de ciertos valores universales; los “engagés”, comprometidos con una causa contra el poder existente; los intelectuales “orgánicos” del poder, que aspiran al poder mediante su adscripción a un grupo social “subalterno”; y, finalmente, los intelectuales convertidos en “mandarines”, burócratas y propagandistas al servicio del poder alcanzado.
Los intelectuales del MAS pertenecieron sucesivamente a los últimos tres tipos y nunca al primer tipo, lo que es una clave para comprender mejor a los intelectuales de América Latina. Estos intelectuales del MAS han estado en el poder, se sintieron poder, fueron sus funcionarios y desde él avalaron los métodos del poder que ahora condenan. Todos ellos defendieron el principio de la “violencia creadora” de la historia que se trasformó en violencia destructiva en la aprobación cuartelaría a “como dé lugar” del proyecto constitucional.
Ciertamente tienen razón en calificar al poder actual de “autoritario”, pero no se puede estar de acuerdo con el silencio calculado de su rol eminente en la legitimación de ése poder “violento y brutal”. Este poder no es ajeno al gobierno “absoluto” que varios de ellos reclamaron en la Asamblea Constituyente para emprender la “revolución descolonizadora”. También tienen razón, como en otros rubros, en criticar la ausencia de independencia de poderes, pero prefieren ignorar que es el resultado del poder “total”, que el MAS declaró que buscaba apenas instalado en el gobierno.
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En toda esta historia hay algo de conmovedor, de fingida inocencia y de ingenuidad libresca que les nubló el entendimiento de lo que sería la “otra” democracia, que entusiastamente propagandizaron. Confundieron el poder “plurinacional” de la Constitución con el poder real que estaba en marcha. Pensaron que estaban realizando sus sueños quiliásticos de una “nueva historia”, cuando en realidad estaban alimentando la pesadilla de una vieja historia.
Cuando se propone una “revolución” que haga tabla rasa con 500 años de “colonización” para dar lugar a nada menos que a “otra” civilización, los medios para lograrlo tienen que ser tan grandes como los fines proclamados. Las revoluciones “jacobinas” del pasado no han podido hacer la economía del “todo vale”. Estas “revoluciones tectónicas” necesitan “concentrar poder” para realizar sus utopías de sociedad de “fraternal armonía”. Todo esto debían saberlo los actuales críticos del poder y no aparentar inocencia en lo que ahora impugnan, pues estuvieron con ese poder en la “guerra de movimientos” para acabar con los “enemigos comunes”, antes de convertirse ellos mismos en los nuevos enemigos.
Es un hecho muy conocido que intelectuales que apoyaron “procesos revolucionarios” de mayor calado, terminen “profundamente frustrados” por el contraste flagrante entre lo que creyeron que hacían y lo que efectivamente hicieron. Este fue el drama de muchos otros intelectuales en otros momentos y lugares, y que pagaron con el sacrificio personal. El caso boliviano no tiene este vuelo, pero no por eso es menos aleccionador. Los actualmente disidentes fueron militantes de la “revolución democrático-cultural”, que prefirieron ignorar las duras enseñanzas de la historia y las advertencias oportunas. Incurrieron en una suerte de ceguera voluntaria pero culpable, de lo que ya eran señales elocuentes desde un principio del tipo de poder en proceso de formación. Si de las revoluciones del pasado se dijo que como Saturno terminaban devorando a sus propios hijos, del poder “absoluto” puede decirse que salda cuentas con los “resentidos” que contribuyeron a prohijarlo.
Sólo un efectivo Estado de derecho, que tanto detestan, puede frenar al poder. Esta es la lección sobre la cual deberían reflexionar y no seguir suponiendo que con ellos la “revolución” habría sido más pura y más radical, que es otro terrible sueño jacobino. En lo que sí deberían ser radicales es en encontrar en sí mismos las raíces de su estrabismo “epistemológico” posmodernista. En todos los casos, valió la pena que no callen.