Walter “Puka” Reyesvilla
No, no voy a salir con una monserga moralista ni con hipócritas admoniciones sobre el bien y el mal; no.
Poder y placer carnal suelen retroalimentarse "en perfecta armonía". Las putas cumplen una suerte de "función social" al brindar placer al poderoso que así lo requiere; el billete está por ahí y ni opas que fueran para dejarlo escapar. Bien por ellas.
Los tiros van por otro lado. Nadie tiene por qué meterse debajo de las sábanas de nadie, por muy pública que sea la figura, mientras resuelva sus apetitos dentro de los muros del nidito particular o de los lugares públicos destinados a tal efecto.
El abuso, para emplear un término amable, ocurre cuando la joda se instala en ambientes públicos, entendidos como instituciones oficiales. O sea, cuando el patrimonialismo -entender la cosa pública como privada- llega a tal extremo.
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El "vivir bien" está siendo tomado literalmente y eso trae problemas a un Estado que, a más de narco, ahora suma -jodas en el penal de Palmasola, jodas en la Fuerza Aérea- el dudoso honor de lucir foquito rojo.
Antes, el Poder -sus jerarcas dispuestos a ello- acudía a puteros "oficiales" que eran secretos a voces. En el proceso de cambio, el Estado es un putero.