Voto nulo: decencia ciudadana

Juan Cristóbal Mac Lean E.

jmaclean Apenas me topo con la cara (o lo que les queda de “tener cara”) de cualquiera de los falsos (en cuanto previamente designados por el dedo del poder, cual por arte de magia) “candidatos” a las próximas, aberrantes, abusivas y mañosas (en cuanto el resultado está relativamente cantado, vía fraude o votantes arreados) “elecciones” que se ciernen sobre Bolivia y su sistema judicial, desvío la mirada inmediatamente, tal como uno procura, a veces, no exponer su campo de visión a fotografías de accidentes automovilísticos u, otras veces aún, retratos de seres humanos insoportablemente deformes. Pero, argüirá algún ingenuo, o hecho al ingenuo, que, “en realidad” no es físicamente malogrado o de aspecto tan desastroso, ninguno de los supuestos “candidatos” que optan por un sueldillo estatal -acompañado de jugosos ingresos laterales- bajo la condición implícita de la obediencia ciega al Jefazo, esa especie de Héroe del actual Cómic político sudamericano (otra vez, ay) en que él mismo cae, sin un solo rasguño, de los cotidianos precipicios lingüísticos o elementalmente lógicos por los que se despeña patéticamente –mas desempeñándose muy bien, de cara a su numerosa servidumbre -es decir de Vice-Presidente para abajo.

Cuando desvío la mirada de cualquier fotografía de los tales candidatos, (hay que explicarle al ingenuo) ello no se debe al mero aspecto físico con que se presentan –con sus feas corbatitas, ellos, sus barriales peinados, ellas. La desvío, simplemente, espantado por la penosa contrahechura intelectual y moral de esos supuestos candidatos. Tal contrahechura, o deformación, está demostrada nada más que por el simple hecho de que se presenten a figurar en esas supuestas “elecciones”, que destruirán definitivamente hasta el mínimo atisbo de legalidad y de decencia ciudadana que hubo por este desgraciado país.



En los pasillos de los Palacios de Justicia, como todos saben, se respira desde antaño el mismo aire pestilente y acostumbrado que en Aduanas, Tránsito, Tramitaciones Generales, o demás tugurios del Estado. Hoy por hoy, gracias al proceso de retroceso general liderado por el Jefazo, la cosa es peor aún, tal como lo demuestra, desde hace tiempo, el uso que va haciendo el gobierno de sus pongos jurídicos (llamados también fiscales) para cometer sus tropelías haciéndonos creer, cual si fuéramos tontos todos, que se actúa “de acuerdo a la ley”. La brutalidad esencial de estas supuestas elecciones, no viene sola: se añade a ella la también brutal destrucción de parte de la Amazonía. El proyecto de una narcocarretera, en efecto, viene a coronar la aniquilación del poder judicial. A partir de dicha destrucción, los “magistrados” pasarán a ser otros criados más del gobierno, con el mismo grado de obediencia debida que los choferes, ujieres, y demás empleados. Todo eso nos señala perfectamente el país que entonces se diseñaría implacablemente: uno que multiplica geométricamente su producción de materia prima para la elaboración de cocaína y, paralelamente, tira por la borda su sistema judicial. Los grandes cárteles mexicanos, colombianos, etc., deben ya tener listas, a estas alturas, centenares de botellas de champán con que celebrar estos hechos. Y también, claro, los clanes mafiosos de loteadores. Para todos ellos, sin duda, hay motivos de celebración. No así para unos cuantos millones de ciudadanos bolivianos. Y hay que hacer hincapié, aquí, en la palabra ciudadano. Esta se opone a la de súbdito. Lo que hace la ciudadanía de un ciudadano es, justamente, lo que se va destruyendo metódicamente por aquí: una prensa absolutamente libre, un poder judicial independiente, un sistema político regido por la alternancia de poderes, en fin: todo aquello a lo que llamamos democracia. Lo que hace a un súbdito en cambio, es un gobierno sin poderes independientes, la “vitalización” de los dictadorzuelos, el uso de milicias o de pongos violentos, los paseos en aviones de lujo, los asesinatos políticos, las persecuciones, los exilios, los apresamientos. Los bolivianos que valoren su ser-ciudadanos, indudablemente que, este domingo, optarán por el voto nulo, en un intento de defender la decencia que queda en su propia, ya maltrecha ciudadanía. Quienes, en cambio, anhelen la situación de súbditos, o pongos, se apresurarán a votar por cualesquiera de esos jueces, sin tener ni requerir la mínima idea de quiénes puedan ser ellos mismos (lo que en el fondo tampoco le interesa al propio gobierno, pues sólo se les pide que hagan lo que se les ordene sin rechistar). La distancia entre la neo-dictadura que vivimos hoy y la abierta dictadura que quisieran imponernos mañana, no deja de achicarse. Tampoco deja de hacerlo, paralelamente, la distancia entre la sociedad maleada de hoy y la abiertamente delincuencial que ya toca las puertas del mañana. Para entender algo de lo que es democracia habrá que volver a leer a los griegos.

Hablando de ellos, es de recordarse este poema de Arquíloco, recogido en la clásica Antología Griega y que traduce el gran poeta mexicano José Emilio Pacheco:

Ahora en el país manda tan sólo

Leófilo.

No se oye sino a Leófilo.

Todo repta a los pies de Leófilo.