Bulimia literaria

Wálter I. Vargas*

torre-de-libros Desde que Walter Benjamin escribió La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, en los años 30, parece que los intelectuales sintieran que les han descubierto el síntoma. En ese ensayo, el filósofo judío-alemán señalaba que, con la irrupción de la fotografía, la radio y el cine, las obras de arte habían perdido su aura. Un concepto que ni su propio compinche de comunismo Bertold Brecht (aunque yo pienso que Benjamin no era comunista, creía que lo era) terminaba de entender. Pero, según cuentan sus críticos, un tiempo después le dio a ese difuso concepto un perfil menos enigmático: habló de la pérdida de la unicidad de la obra artística. Algo que ya tenía sus siglos, por supuesto, pero que recibió un empujón mortal con el desarrollo de las artes mecánicas. En pocas palabras y con un ejemplo: ver la mirada tristona del Doctor Gachet en su versión original puede ser impresionante, pero, ¿qué pasa cuando la vemos reproducirse en las tiendas de adornos para casas pequeño-burguesas y, finalmente, termina decorando el puesto de api de la casera de Alasita, con una horrísona cumbia de fondo? Esto preocupaba y mucho al sesudo Benjamin, miembro, aunque heterodoxo, de la tribu elegida, como no podía ser de otra manera, en materia de lucidez.

Ahora bien: ¿qué diría este proteico y confuso escritor ante la realidad audiovisual actual? He recibido recientemente la explicación de que el finado Steve Jobs ha cambiado nuestra forma de consumir la información. El soporte material ha desaparecido finalmente, o está en camino, dependiendo de si ya podemos comprar el último adminículo informático. No quiero estar aquí cuando se pueda pedir una ensalada de cultura personalizada (ya se sabe, “mi música”, “mis libros”, “mis imágenes”) que se coloque debajo de la piel.



A algunos todo esto les parece bueno, porque ha permitido que mucha gente acceda a una cultura que antes era inalcanzable. Puede ser. Pero al mismo tiempo, ¿qué hacemos cuando en vez de anhelar conseguir un libro lo tenemos inmediatamente; y no sólo eso, sino además la obra entera del autor más la abundantísima literatura pasiva que sobre él se ha ido construyendo durante años de años? Pues nos desalentamos. Esto es lo que me ocurre a mí, por lo menos. Otros se emocionarán ante las montañas de libros que exponen las librerías. Yo, cuando entro a una de éstas, salgo cansado de ver títulos y solapas, y sin ganas de leer apenas nada. Y si eso ya ocurría en tiempos preinternet, tanto más ahora, cuando se nos ofrece llevar a casa una biblioteca entera en un pedacito de material que podemos guardar en la billetera.

Supongo que es eso de lo que habla Benjamin: leer un libro, escuchar un disco era una especie de ritual en la medida en que era de alguna manera una experiencia importante, lo que se llama un acontecimiento, entre otras cosas porque tenía su regusto luchar para conseguir tal o cual libro, tal o cual disco. Y estaba la mayor posibilidad de relectura en virtud de la exigüidad de la biblioteca personal. Y el azar que depara la librería de viejo. Y otros detalles que los lectores viven.

Lejos de mi algún tipo de nuevo ludismo irrealista, pienso que el progreso, para bien o para mal, es inevitable; pero tiene uno derecho a un momento de melancolía al respecto. Además, está el consuelo contundente de estas sabias palabras de Los diez mandamientos de un escritor (pero también sirven para el lector), del polaco Stephen Vizinczey:

“No se debe cometer el error común de querer leerlo todo para estar bien informado (eso sirve para brillar en las reuniones sociales). Pero hay que leer por lo menos cinco veces unos cuantos de los grandes libros hasta comprender por qué son buenos y cómo fueron construidos. Cuando comprendas esto sabrás realmente algo”.

La idea de que hay libros importantes no es una arrogancia oligárquica, y la de que hay otros muchos que ni vale la pena abrirlos no es un gesto presuntuoso. La bulimia puede ser tan dañina para los lectores como para las niñas preocupadas por su figura.

*Crítico literario

La Razón – La Paz