Desafíos y esperanzas

Juan José Bonifaz B.

Sucre_capital_de_Bolivia Estas elecciones municipales, tienen un carácter muy singular. Van a dar pautas sobre el comportamiento electoral del 2014, por ser esta ciudad una fotografía en pequeño del país, basta comparar sus destinos paralelos. Los intereses del siglo XX rompen el centro integrador y equilibrador del país y el siglo XXI nos encuentra convertidos en restos territoriales, que crean las condiciones de un estado fallido.

La política exterior boliviana, sigue con su manida búsqueda de puertos en el Norte y hacer de La Paz, el centro geopolítico a ultranza a través de un eje central. Entre tanto Chile -en el Sur- desarrolla una política de primer mundo con miras a su inserción en los mercados mundiales, abriendo ventanas de oportunidad con el Asia-Pacífico, mediante modernos puertos en Mejillones y otros, por donde sale una buena parte de la exportación boliviana y abre a futuro, el flujo para la gigantesca carga del Brasil. En ese escenario, el Sureste de Bolivia, no ha jugado aun el rol que la historia le tiene reservado. Aquí se concentran los mayores potenciales mineros, petroleros, agropecuarios, forestales y humanos, pero su postergación es cada vez más evidente, gracias al centralismo que está jugando su última carta después de un frustrado proceso de autonomías.



En ese marco, la visión de Sucre Capital, exige importantes políticas y estrategias. En primer lugar se trata de cumplir el mandato constitucional, de única ciudad del país, con un carácter nacional; y por tanto, sus propuestas de desarrollo deben considerar fundamentalmente esa condición excepcional. En segundo lugar, deben ser consideradas las exigencias de una urbe planificada, que responda especialmente a objetivos productivos; esto demanda la provisión de buenos servicios en calidad y costos, que deben extenderse no solo en su área metropolitana. Promover el desarrollo de sus recursos humanos y proteger sus fuentes naturales con un aprovechamiento sostenible y científico del agua y la energía. En tercer lugar, es necesario replantear el proceso autonómico municipal, en el marco de su situación de Capital Constitucional que hace diferencia con los otros municipios urbanos.

Estos son tiempos de “indignación” de gentes con pensamiento nuevo, democrático e injustamente postergado. Se equivocan quienes persisten en experimentar falsas recetas políticas, o la creencia que su discurso pueda tener eco entre las nuevas generaciones; la política con su vacío ideológico y falta de respuesta a los problemas de la sociedad actual, ha perdido crédito ante la población; ese enorme potencial humano, reclama metas y objetivos nuevos y creadores, no puede dejar pasar irresponsablemente, siglos de revoluciones frustradas, sin consolidar la unidad, la libertad, la democracia y el autogobierno.

Así nace la necesidad de concebir nuevas formas de desarrollo de la ciudad, con miras de una Capital, con visión nacional e internacional y, no de una ciudad con visión local y rural. Esto exige planificar sus roles de ciudad patrimonial por una parte y, el de una capital moderna por otra; esto requiere de un régimen especial tanto en servicios como recursos que le permitan programar sus proyectos de manera racional, en un marco de concertación y responsabilidad. Sucre, debe mantener su unidad, dignidad y fortalecer sus instituciones con miras a un proceso de desarrollo de largo aliento. No se debe conformar con resultados coyunturales, ni negociar jamás los valores de su pueblo que -ahora más que nunca- requiere de unidad para cobrar fuerza, y luchar contra la postergación y el abandono.

Esa visión integradora y complementaria, no es compatible con la crisis que vivimos hoy, que es en realidad una crisis moral y cultural, de pérdida de confianza en los modelos sociales dominantes, puesta en cuestión de sus valores, desconfianza y temor frente a las amenazas del futuro y, como toda crisis cultural, significa también crisis ideológica, es decir el agotamiento del orden social establecido. El gobierno actual, no muestra su inserción en una economía integradora, sino una actitud disgregadora, excluyente y rentista tradicional; una tendencia a liquidar la base productiva y un andino-centrismo errático, que no alienta ni garantiza la inversión. No apuesta por el aprovechamiento sostenible de los recursos naturales, crea espejismos en sus relaciones nacionales e internacionales y, descontrola la economía, mientras contribuye al florecimiento de la corrupción y el narcotráfico.