Gustavo Cárdenas y el arte de la conversión

Emilio Martínez

CONVERSOS Digamos que llueve. Y adentro el silencio.

Tal el escenario desde el cual construye Gustavo Cárdenas los poemas de Con Versos (Ed. La Hoguera, 2011), ejerciendo la paulatina transmutación del escritor y el lector por la alquimia de la palabra.



Llueve, mientras caen como gotas las Variaciones Goldberg ejecutadas por Glenn Gould y el poeta declara: “No me gustas/cuando callas/porque/tu silencio/se convierte/en un ejército/de fantasmas”.

Silencio metafísico envuelto en música (fugas y oleajes bachianos), donde el converso escribe su Plegaria en si mayor a la poesía: “Y no me dejes caer/ni un segundo/en la cordura”.

Desde el refugio en el profundo sur, los versos ceden a Eros, invencible en mil batallas: “Cae/sobre mi corazón/una lluvia/de luciérnagas/cuando voy/a tu vientre/de oscuras/mariposas”.

El poeta, agua convertida en vino por la fe depositada en las palabras, canta su encuentro con una estrella naufragada: “…me extendía/sus brazos./Precipitada/y caída/en el transparente/río de la noche”.

Converso en el segundo fulminante del relámpago, como Pablo de Tarso, o en la lenta arena de los días como el obispo africano, invoca a la Gacela y recibe un don de la Gracia. Ahora sabe que “La palabra/abrazo/es un/abrazo”.