Por qué nos burlamos de los tiranos

Desde los emperadores romanos al coronel Gadafi, es fácil tornar a los tiranos de personajes que inspiran miedo a figuras cómicas. Pero aunque se comportaron a menudo de forma brutal y sangrienta, los déspotas fueron mucho más que eso, según escribe la especialista en el Mundo Clásico Mary Beard.

El 11 de marzo del año 222 D.C. un grupo de soldados rebeldes irrumpió en el escondite del emperador romano Heliogábalo, quien había llegado al poder solo cuatro años antes, y supuestamente dividía su tiempo entre las reformas religiosas fundamentalistas, la corrupción y el hedonismo. Los insurrectos lo encontraron tras sodomizar y empalar a algunos de los pocos soldados que aún le defendían.Ahora el tirano estaba oculto en una letrina, aferrándose a la tenue esperanza de que los liberadores no le descubrieran. No tuvo suerte. Los rebeldes lo agarraron, lo mataron y arrastraron su cuerpo triunfalmente por las calles, lanzando sus restos mutilados a una cloaca.

El relato del final de Heliogábalo que nos legaron los romanos, aunque creíble, es exagerado. Puede ser tan engañoso como esas confusas imágenes de teléfonos celulares que pretendían captar los sangrientos momentos finales del coronel Gadafi hace unas semanas.



Lo que queda claro es que varios elementos básicos del relato de «la muerte de un tirano» -tanto sus escondrijos desesperados, como las alcantarillas o la sodomía- ya estaban bien establecidos hace 2.000 años.

Pero compartimos con los romanos algo más que estas historias sobre la muerte del tirano. También hemos heredado de ellos los clichés sobre cómo vivían. De hecho, todavía tenemos una concepción más o menos romana de qué es lo despótico en un déspota.Por supuesto, entonces como ahora, el matar es central en nuestra representación, a escala masiva y a veces de maneras ingeniosamente espantosas.

Incluso los críticos más furibundos de Nerón admitían que puso en marcha ayudas para la población de Roma

El emperador Nerón no solo masacró a sus rivales, sino que también intentó librarse de su propia madre mandándola a navegar en un bote especialmente construido para que colapsara. Pero la vieja resultó ser una gran nadadora y tuvo que ser liquidada por métodos más ortodoxos.

Sin embargo, la violencia no lo es todo. Los tiranos son responsables de todo tipo de interrupciones estrafalarias de las reglas de la vida social. Interrupciones que han sido la marca de la tiranía durante al menos dos milenios.

Tomemos para empezar las reglas de género. El batallón de guardaespaldas femeninas, profusamente maquilladas y subidas sobre altos tacones, es asombrosamente parecido al senado de gobierno que creó Heliogábalo, compuesto exclusivamente por mujeres.

A eso se puede añadir el gusto de los tiranos por las viviendas excéntricas -la singular jaima (carpa) de Gadafi o la célebre «Casa de Oro» de Nerón en Roma- y por turbias aficiones.

Se decía que el emperador Domiciano pasaba sus horas de ocio atravesando moscas con una pluma, y una de las obsesiones de Gadafi era coleccionar fotos de Condoleezza Rice.

Habladurías y fantasía

Más que nada, el tirano -el de la Antigüedad y el moderno- se distingue adoptando formas de vestir particulares. Heliogábalo era criticado por ser el primer romano que vestía trajes hechos enteramente de seda. Gadafi era ridiculizado por sus uniformes militares, sobrecargados de espurias condecoraciones militares.

Si queremos ser francos hemos de reconocer aquí que la «ridiculez» es una connotación que depende del observador. Yo todavía no entiendo por qué no son considerados ridículos esos uniformes militares del Príncipe Carlos, chillones y repletos de galardones, a pesar de que él, que yo sepa, no ha prestado servicio ni por un solo día en una guerra de verdad.

Estos estereotipos de los tiranos son una mezcla confusa de verdad, semiverdad, habladurías y completa fantasía. Dudo mucho que Gadafi tuviera tiempo para buscar fotos de Condy en la prensa internacional, o que el senado femenino de Heliogábalo fuera algo más que el producto de la imaginación de algún antiguo tabloide.

¿Entonces por qué han perdurado por tanto tiempo? Creo que por varias razones. En parte, son una manera eficaz de convertir a un dictador de una figura que provoca miedo en una que causa risa. En parte, nos resulta más fácil hablar de sus ridículos atuendos y sus locas casas que de la tortura y el asesinato perpetrado por la tiranía.

Pero en parte, se debe a la pereza. No es necesario ningún esfuerzo intelectual para mantener una imagen esquemática y prefabricada del monstruo, malvado en su indumentaria y en su corazón.Nerón pudo haber sido un asesino represor, pero incluso sus críticos más furibundos admitían que después del Gran Incendio de Roma en el año 64 D.C. puso en marcha medidas de ayuda sin precedentes para los damnificados. Y, como sabemos, incluso el asesino más vil puede querer profundamente a su familia, ser amable y generoso con ellos, y a cambio recibir su amor.

La «maldad» es inconvenientemente complicada.

No trato de rehabilitar la imagen de Nerón o de defender a Gadafi. Si yo hubiera vivido en Libia, espero que habría estado del lado rebelde. Y siento que, en términos generales, el mundo es un lugar mucho mejor sin el coronel. Aunque aún está por verse si será un lugar mejor con lo que acabe siendo el Consejo Nacional de Transición.

No estoy tratando de promover la imagen de Gadafi como un hombre bueno -nadie trataría de convencer de ello a los familiares de la policía británica asesinada Yvonne Fletcher o a las víctimas de Lockerbie (ambos crímenes supuestamente orquestados por Gadafi).

Lo que quiero decir es que somos muy poco exigentes con nosotros mismos al no hacer el esfuerzo de desechar los estereotipos y dibujar una imagen más compleja del tirano.

Necesitamos comprender por qué alguna gente le apoyaba apasionadamente, y no siempre se trataba de gente malvada con intenciones abyectas.

¿Alguien se ha preguntado por qué Nelson Mandela era tan amigo del líder libio?, ¿O por qué el nieto de Mandela se llama Gadafi? Todo se remonta a los años setenta y ochenta cuando Gadafi le entregó dinero y armas al Congreso Nacional Africano, el partido de Mandela, en su lucha contra el apartheid.

Seguramente, pudo haber hecho lo mismo por cualquier banda de matones que hiciese una parada en Trípoli reclamando una ayuda para alguna «causa anticolonial».

Pero, en este caso, en un momento en que muchos países europeos trataban todavía a los luchadores contra el apartheid como terroristas, y cuando el gobierno británico estaba resistiéndose incluso a imponer sanciones económicas contra la Sudáfrica blanca, Gadafi se alió con los buenos.

El balance de su gobierno parece muy distinto si se mira desde un punto de vista africano, en lugar de uno europeo.Rechazo a la adulación

También parece un poco diferente si uno examina algunas de las estadísticas sobre la Libia de antes de la guerra, recopiladas por la ONU o el departamento de Estado de EE.UU., quienes no son precisamente amigos cercanos de Gadafi.

No, no incluyen ninguna buena noticia sobre el respeto libio por los derechos humanos. El régimen de Gadafi era autoritario en el mejor de los casos, y violentamente represivo en el peor de ellos.

¿Pero cuántas veces oímos que la expectativa de vida en Libia es muy superior a la de sus vecinos, o que Libia tiene una tasa de mortalidad infantil sustancialmente inferior a la de Arabia Saudita, Egipto o Túnez, la mayor tasa de alfabetización del Norte de África, según estimaciones de EE.UU. y no de la maquinaria propagandística libia, o unos hospitales y atención infantil gratuitos?

Los ingresos del petróleo no han ido a parar solo a los bolsillos de unos pocos, o a rellenar los arsenales libios. Más allá de las cosas que han funcionado terriblemente mal durante el régimen gadafista, algunas cosas han resultado ser buenas.

Los romanos estaban de hecho mejor preparados que nosotros para hacer frente a las complejidades de una tiranía.

A pesar de todos los estereotipos que difundieron sobre el emperador Nerón, también se tomaron un momento para reflexionar sobre las cosas aparentemente buenas que hizo. ¿Tenía buenas intenciones al principio y solo después se desvió de ellas? ¿O fue simplemente víctima de un cambio de consejeros?

Pero fue Cornelio Tácito, el más agudo de los historiadores romanos, quien dio en el clavo. En la introducción a su libro que incluía un relato del período de Domiciano (el famoso asesino de moscas), Tácito reflexionó sobre la mejor manera de analizar la tiranía. Es algo problemático, escribió, porque es muy difícil averiguar la verdad.

La tentación es decantarse por uno de estos dos caminos: la adulación total gracias a los logros del tirano o el desprecio absoluto a causa de sus crímenes.

Los lectores, continuó, desconfían de la adulación. Les parecen alabanzas. Tienden a confiar más bien en el vilipendio, ya que la crítica parece más objetiva. Pero eso no significa, advierte, que estén necesariamente en lo cierto.

Quizás deberíamos recordar las palabras de Tácito la próxima vez que algún déspota al que se le acabó su tiempo salga de una cloaca para encontrarse con la muerte.

Fuente: bbc