Contradicciones de fin de año

Gonzalo Villegas Vacaflor

GATO Estos días deambulan por las calles: niñas, niños, mujeres y hombres que forman parte de ese 62,7% de pobres que viven en condiciones de marginalidad con un ingreso inferior a los 7 bolivianos diarios (un dólar); en las ciudades se entremezclan con los vendedores ambulantes. Así, indigentes y vendedores forman la principal postal del contraste navideño y no creo que a ellos les caiga bien el cliché de Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo. Si la contradicción es el pulmón de la historia, la paradoja ha de ser el espejo que la usa para tomarnos el pelo. Ni el propio hijo de Dios se salvó de la paradoja. El eligió, para nacer, un desierto subtropical donde nunca nieva, pero la nieve se convirtió en un símbolo universal de la Navidad desde que Europa y Norteamérica decidieron mercantilizar este acontecimiento. Y es más, el nacimiento de Jesús es, hoy por hoy, el negocio que más dinero da a los mercaderes que Jesús había expulsado del templo, inclusive el capitalista usa para remplazar a Jesús, a un personaje extraño llamado Papa Noel, también contradictorio al espíritu y mensaje bíblico. En esta nota no quiero ingresar a la confusión de proyectos colectivos; si no separar el Proyecto de Jesús que ante todo es social y basado en el amor, la paz y la igualdad económica entre los hombres dando inicio a una gran utopía llamada “Reino de los Cielos”.

Interpretando el trasfondo de los regalos

Los griegos, que inventaron casi todo, fueron también los inventores del regalo. El regalo magnifico caballo de madera que, a sugerencia de Ulises, obsequiaron a los troyanos, resume claramente las cualidades del regalo perfecto. Estéticamente admirable, enteramente original e hipnóticamente atrayente (Homero nos cuenta que la bella helena “lo acaricio por todas partes” al verlo), el caballero de madera es también secretamente peligroso. “Temo a los griegos aunque traigan regalos“, le hace decir Virgilio a Laocoonte, quien obviamente no creía en eso de “a caballo regalado no se le miran los dientes”.



Todo regalo lleva, como el de Ulises, algo del obsequiador en su fuero interno, algo arcano y enmascarado, algo intruso y desconocido, algo que, una vez en manos del obsequiado, se arraiga y se enracima. Un caballo de madera, un ramo de flores, una caja de chocolates pueden deleitar a quien los recibe, pero ¡cuidado el homenajeado cree ahora poseer dicho regalo, sin darse cuenta sin embargo que el también es poseído! (…)

Lo mismo, y de forma aún mas explicita, ocurre con los libros. Regalar un libro (los libreros lo saben, y es por eso que tienen algo de Celestina en la sonrisa cuando nos preguntan “si es para regalo”) es introducir a un extraño en casa de un amigo o pariente es incitar sabidurías, es proponer la educación del desocupado lector, es anudar ardientes lazos entre la palabra escrita y palabra leída, es (la fórmula es del Arcipreste) “zurcir voluntades”.

Regalar un libro tiene algo de audaz., de impertinente. Así procedió el seductor amigo de Darían Grey cuando le ofreció un libro (tal vez el A Rebours de Huysmans) que tanto perturbo al joven esteta. Solo que, como Wilde bien sabía lo que perturba a Darían no son los propósitos del protagonista de la novela, sino su propio reflejo en la página impresa.

Regalar un libro es brindar un espejo es revelar a quien se lo ofrecemos que “esto eres, de alguna, tú”.

Es decir. “Te regalo este libro porque su historia es la tuya, porque un cierto personaje te imita sin saberlo, porque hay en estas porque es esta ficción el autor describe cualidades que en un día sabrás son las tuyas, porque algo es esta obra que no entiendo te ayudara entenderte

Mejor por qué me gusta y quiero que te guste, quiero que seas su lector, que puedes perderte entre sus cubiertas, amada en el amado transformada”.

Cuando me regalan un libro, suelo preguntarme:” ¿por qué a mí? ¿ por qué haber elegido este volumen precisamente de la innumerable biblioteca universal de regalos?¿qué hay en estas páginas que me concierne tan particularmente?¿ por qué ha pensado, el que me lo ha ofrecido, que este libro es mi retrato?¿De qué se me acusa al darme este regalo?¿De qué historia ficticia soy culpable ¿ Y cuántas veces, después de abrir un paquete y descubrir el titulo, quisiera responder: “Te equivocas amigo mío, este libro no es para mí, Dómine, son sumdignus”. Y esperar que otro amigo, más amable y menos severo, me regale en cambio: El sueño de los héroes de Adolfo Bioy Casares, Veinte mil leguas de viaje submarino o Alicia en el País de las Maravillas para estar más a tono con la mentalidad mercantilista que desplazó al espíritu navideño.

En este mundo moderno existen opciones para todos incluso para algunos incrédulos que no le tiran pelota al Papa Noel y para quienes la Navidad es pretexto para abrir regalitos. Pero cuando se trata de hacer las cuentas y de ver realmente cómo sería la mejor manera de recibir al nuevo año, la mejor opción es desentenderse de las novedades y preferir despedir al año viejo. Surge entonces una disyuntiva: festejar la llegada de otro año o despedir al que se va. ¿Hay alguna diferencia entre los festejos del año viejo y del año nuevo?