Joaquín Morales Belpaire*
El arresto domiciliario del doctor Juan Antonio Morales causó y sigue causando un daño profundo y casi irreparable, y no solamente a él como individuo y como profesional. También se daña la imagen de la justicia, la del Gobierno y, lo que es más grave, se daña el futuro de Bolivia.
No tengo que justificar con grandes argumentos por qué se está ocasionando un daño personal a Morales. El arresto domiciliario le impide hacer las tareas más básicas de la vida común, como ir al médico, ir a cobrar su jubilación o atender a sus estudiantes.
El encierro es aun más insoportable sabiendo que este arresto es injusto, injustificado y desde todo punto de vista absurdo. Ninguno de los argumentos usados contra él tiene el más mínimo sentido lógico. Abundan los artículos en la prensa nacional e internacional (incluyendo el muy prestigioso The Economist), en las redes sociales y en cartas de importantísimas personalidades del mundo económico y académico, explicando una y otra vez la absurdidad de las acusaciones. Pero al parecer en el país la incoherencia es la ley y esta pesadilla kafkiana no responde a la opinión pública ni tiene ojos para ver las violaciones a los derechos humanos, ni corazón para entender principios básicos de humanidad.
Morales no es la única víctima de la arbitrariedad judicial. Hay muchas personas que como él son perseguidas, no sabemos muy bien por qué, y ésos son solamente los que tienen la suerte de poder levantar la voz. Hay también aquellas mujeres y hombres del pueblo que, bajo una simple acusación, quedan detenidos por meses y años esperando un juicio. La gran víctima en este país es la justicia, tanto el concepto en sí mismo como la Institución. Mientras sigan estas arbitrariedades el ciudadano de a pie no puede confiar en los tribunales y no puede esperar que su propio país le rinda justicia. Los magistrados recientemente posesionados empiezan sus funciones con una profunda crisis de legitimidad. Es su tarea ganarse en su actuar esta legitimidad y hacer que el ciudadano boliviano pueda creer en la justicia.
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El daño que se hace se lo hace también al Gobierno. El arresto de Morales es percibido por académicos del mundo entero y por grandes e influyentes economistas como una infamia. La reputación internacional del Gobierno se degrada de más en más y el sueño de un país cambiado se va desbaratando en el imaginario internacional, rompiendo las ilusiones y aspiraciones de quienes hubieran creído en un nuevo modelo y en un ejemplo de país renovado.
A nivel nacional, el daño que se le hace al Gobierno es también profundo, pues el arresto del doctor Morales aleja cada vez más a las clases medias y a los jóvenes universitarios y profesionales de las posiciones del oficialismo. No tengo los datos para probarlo, pero con poco sentido común uno se da cuenta que el efecto del arresto del Morales es negativo para la popularidad del Gobierno.
Pero el daño más grande que se hace es al país y a su futuro. Al arrestar a una de las personas más capaces y honestas con acusaciones ilógicas y arbitrarias se está enviando mensaje detestable a las nuevas generaciones: el de “no vengan a trabajar a Bolivia”.
Bolivianos honestos, capaces, dispuestos a dar todo por el país reciben la señal clara de que no deben trabajar como servidores públicos, que se les castigará si hacen bien su trabajo, que se les encarcelará si tienen la osadía de hacer progresar a Bolivia. La riqueza más grande de este país no son los hidrocarburos ni el litio ni la coca; la riqueza más grande del país es su capital humano, esos bolivianos que son reconocidos en el exterior como excelentes profesionales, con gran reputación e inteligencia. Es a ellos a quienes se espanta y aleja con estos abusos. Ése es el verdadero daño económico que se le hace al Estado.
*Economista
Página Siete – La Paz