Marcelo Ostria Trigo
El advenimiento de un nuevo año hace que se renueven las esperanzas. Sin embargo, en ciertas circunstancias persiste la desilusión por lo muy malo que ha dejado el año anterior. Esta mezcla de optimismo y descreimiento se pone en evidencia con los éxitos y fracasos de los emprendimientos humanos y con los bienes o castigos que prodiga la naturaleza.
La gran cuestión surge cuando se espera mucho y se recibe poco. Los fatalistas culpan al destino por las desventuras, ya que todo lo que sucede está predeterminado –“está escrito”, dicen. Esto, aun sabedores de que el futuro viene condicionado por nuestras buenas o malas acciones.
En esto de percibir lo bueno y lo malo predomina la alineación política, conformando sentimientos colectivos antagónicos. Esto se confirma entre nosotros por la complacencia en los que mandan por los resultados de 2011, por su logro de haber dado continuidad al modelo; mientras que, para muchos, hay un sinsabor por la paulatina deformación de los valores democráticos que debilita derechos y restringe libertades.
Que se sepa, nunca hubo en un grupo humano unanimidad de pensamiento y de propósitos. Siempre hay ideas contrapuestas y, si no prevalece la sensatez, se auguran enfrentamientos y desagregación social. Es que el régimen de mando irrestricto, sin contrapesos, entroniza la arbitrariedad como estilo de gobierno, favoreciendo a sus seguidores en desmedro de los disidentes.
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Si se trata de pronosticar lo que será el año 2012, aun a riesgo de incurrir en equivocaciones, hay que partir de las intenciones ya declaradas. Queda claro, por ejemplo, que lo afirmado en el pasado diciembre y la manifiesta parcialidad del poder impondrá nomás la construcción del camino que perforará el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure, la selva “más hermosa del mundo”. No importan argumentos ni antecedentes, la decisión está tomada, y eso es, por ahora, final.
Por supuesto que hay mucho más en el camino de la imposición. Se insiste, también caprichosamente, en cultivar amistades peligrosas, exponiéndonos a quedar aislados, como culpables por omisión de los desmanes de regímenes autoritarios. Es dudoso el beneficio de apoyar a dictaduras como la de los ayatolás de Irán, empeñados en iniciar disputas internacionales, y al sátrapa de Siria que, en su porfía de mantenerse en el poder, ha causado más de 5.000 muertes. Es más, seguir pautas autoritarias, como la de Hugo Chávez, a la larga perjudican más a los seguidores que a los que las denuncian.
En este panorama preocupante no sobran los buenos deseos. Estos son tantos, que hacen titánica la tarea de inducir que se recupere la cordura perdida por obra de un populismo que se empeña en la tropelía.
Hay que rectificar políticas equivocadas; hay que cambiar la concepción de la economía nacional; hay que asegurar la continuidad democrática e institucional y la restauración del Estado de Derecho; hay que restablecer amistades perdidas en la comunidad mundial; hay que cambiar un estilo bravucón improductivo y perjudicial. El tiempo de hacerlo es ahora. “Las oportunidades se pintan calvas”, es una advertencia popular, ya que, en verdad, cuando se las pierde, se abre el camino a la frustración.
Es cierto –casi no hace falta decirlo– que lo inesperado cambia las esperanzas y las desilusiones. Ese cambio, ya sea por obra del destino –siempre edificado por nuestras acciones– o por el reconocimiento del equívoco, podría abrir otros rumbos.
Esto se enmarca en un sincero deseo de felicidad, paz y prosperidad en este año que se inicia.