Un libro repasa la vida de los niños actores del cine español


Todo comenzó en 1955, con Pablito Calvo y su ‘Marcelino pan y vino’. Tenía siete años y cobró 6.000 pesetas (unos 36 euros actuales). Poco incluso en aquella época. El fenómeno venía copiado de Hollywood, donde habían triunfado Deanna Durbin, Judy Garland y, sobre todo, Shirley Temple.
«Con ella se inauguraron algunos de los aciertos, pero también de los vicios que posteriormente reproducirían los estudios españoles con nuestros talentos infantiles», recuerda Aguilar. Calcados del ejemplo de la niña del claqué están el ‘merchandising’ brutal de Marisol (muñecas, libros, cromos…) o los esfuerzos por ocultar la edad real de Joselito.
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El fenómeno
En España, el ‘boom’ se produjo en los 50 y 60. Aunque en las décadas posteriores ha habido niños prodigio -el libro también repasa las carreras de Lolo García, Ana Torrent o, el último y con prometedor futuro, Juan José Ballesta-, «ahora ya no hay ese tipo de películas que se venden a través del niño, sino niños que trabajan en el cine», explica Aguilar.
«Quizá es que [en aquel entonces] el país necesitaba llorar de alguna manera y encontrar en los niños una forma de soltar el lagrimón, sintiéndose al mismo tiempo muy paternal, muy contento con los niños tan maravillosos que tenían. Lo que nunca se hizo fue la crítica de ese movimiento: una película corrosiva donde se explicara en qué podían convertir a una niña normal en el barullo del cine», recordaba en una entrevista Ana Belén. Según decía ella misma, tuvo «la suerte de que ‘Zampo y yo’ [su debut en el cine], no tuvo ya tanto éxito, pero me hubieran hecho daño también como lo hicieron con todos los demás».
«El caso de Ana Belén fue extraordinario. Quizá porque no tuvo tanto éxito y se cruzó con [el director teatral] Miguel Narros y tuvo la suerte de formarse muy bien y convertirse más tarde en una superestrella. Con Rocío Dúrcal, son los dos perfiles que han tenido una carrera más fructífera», sostiene Aguilar, quien lamenta que Dúrcal no continuase su carrera cinematográfica: «Después de casarse con Junior, él empieza a decidir mucho en su carrera y la conduce al mundo de la canción, que era lo suyo. Bajo mi punto de vista, se equivocó».
Y si el de Dúrcal y Ana Belén son extraordinarios, para el escritor el más fascinante de los niños prodigio es Marisol, una «Greta Garbo inmune al paso del tiempo». Tras dudar unos instantes -«a muchos los conozco bastante bien y quedarme sólo con uno sería injusto»-, lo resume así: «Su trayectoria es tan espectacular a nivel internacional y su proyección a través del merchandising tan brutal que ha dejado huella. Han pasado 50 años desde su primera película y sigue ahí. (…) Sigue teniendo todas las ofertas del mundo y ha dicho que no le interesaba».
En el otro extremo, la del ‘pequeño ruiseñor’ es, a juicio de Aguilar, la historia más dura de las que relata en el libro. El propio Joselito se lo confiesa así al escritor:
«Mi vida era muy intensa, pero estaba contento porque lo que quería era ganar mucho dinero para no tener complicaciones en un futuro. El problema es que todas aquellas ganancias se quedaron en el camino y me robaron mucho de lo que yo ganaba honestamente».
Evolución
¿Se aprovecharon de aquellos niños? «Ganaron grandes cantidades de dinero con ellos. Hay que analizar cada caso, pero quizás no fueron los más beneficiados. Eso es duro. Antes no todo el mundo podía ser Pili y Mili, que eran hijas de un magistrado. A pesar de que su contrato fue muy leonino, su madre estaba formada y administraba su dinero», recuerda el escritor, quien ya trabaja en otro libro sobre el cine español que «también va a ser polémico».
Pero para las gemelas, al igual que les sucedió a Pablito Calvo o Conchita Goyanes, el problema llegó con el paso a la edad adulta. Las ofertas desaparecían.»A mí lo que me ha pasado factura es ser estrella del franquismo, niña prodigio, cuando después lo que pretendía hacer en el cine y el teatro eran otras cosas. Casi tuve que empezar de cero y demostrar que era actriz», recuerda Pilar Bayona (la mitad de Pili y Mili).
Conchita Goyanes sintió algo similar: «Sufres mucho cuando después pasas a ser uno más, a perder tu fama en poco tiempo. Lo que yo hacía de pequeña no lo hacía nadie y eso trae no muy buenas consecuencias, porque crees que vas a ser imprescindible».
Fuente: www.elmundo.es