GPS para la coca

Andrés Gómez Vela

erbo La coca es sagrada tanto para los acullicadores como para los narcos. Y es materia prima tanto para la medicina como para la droga. La hoja de coca es algo así como el ying yang, si cae en manos de una persona buena, su uso será lícito; si cae en poder de una malvada, será ilícito.

La coca es una evidencia de la dialéctica capitalista porque juega en el mercado: más demanda, más oferta. Y es la expresión de la retórica curiosa, inexplicable y contradictoria. Por ejemplo, hay menos hectáreas, pero hay más coca. ¿Por qué? Sencillo, porque en la misma cantidad de hectáreas cosechan hasta cuatro veces al año (el alcalde de Villa Tunari, Feliciano Mamani, dijo que algunos de sus compañeros querían cosechar cada dos meses usando más químicos). En los Yungas se recoge tres veces al año.



Entonces, hoy ya no basta medir por la cantidad de hectáreas cultivadas, sino por la cantidad cosechada y los químicos usados. La coca, según ideólogos plurinacionales, es sagrada para la Pachamama, sin embargo, para otras voces es dañina porque la desertiza y erosiona por el excesivo uso de químicos en su proceso de producción. Es como una hija que se va comiendo a su madre pedazo a pedazo como prueba de su amor.

Hay menos pobres, ergo debiera haber menos coca. Me explico. La coca era el alimento de los pobres, buscaban suplir con ella el déficit de leche, cereales, carnes, verduras. Hoy hay menos pobres (un millón de personas salieron de esa situación, dicen las cifras oficiales; entre ese millón están cocaleros), lo que significa que hay menos un millón de acullicadores con más facilidades de alimentarse como se debe. Sin embargo, hay más coca. Si a este millón sumamos el tercio de la población de jóvenes menores de 18 años que no pijchan siquiera, hay cuatro millones menos de acullicadores. Y si sumamos el tercio que comprende la clase media, podemos colegir que hay cerca de siete millones que consumen hoja de coca cuando les duele el estómago o para algún rito especial.

Claro, hay gente clasemediera que acullica, pero no son millones. Y si a esos dos tercios sumamos el tercio restante de pobres, éstos no tienen dinero como para comprar coca cada día una bolsita de cinco bolivianos, más cuando el precio de la libra de coca hojeada oscila entre 35 a 40 bolivianos. Entonces, ¿quién o quiénes consumen las 27.700 hectáreas de coca? ¿A quiénes venden los 17.000 comerciantes detallistas? ¿Va a la industrialización? El licor de coca no le hace competencia a la cerveza. ¿Harina de coca? No veo pastelerías vendiendo este producto. Con el dolor del alma, nos toca decir que buena parte va al narcotráfico. Aunque la ONU se cuidó en su último informe de revelar la cantidad exacta de coca del Chapare que va al mercado ilegal. Lo real es que casi el 100% se va al lado ilícito, lo dijo la misma ONU en 2011, y lo demuestran los mismos productores de coca del Chapare al consumir coca yungueña y no su propio producto porque no sirve para acullicar.

El Gobierno y el Presidente del Estado Plurinacional y de las federaciones cocaleras saben que esa cantidad de coca no va al mercado legal, por tanto, debe ser erradicada porque es dañina. Y si tienen dudas razonables instruyan por favor, ante el fracaso del control social, instalar un dispositivo GPS en los cargamentos de coca que se comercializan para saber quiénes desvían sus taques de 50 libras al narcotráfico. Con el satélite Túpac Katari saldrá barato todo este sistema y podremos tener un control más eficaz de esos desvíos. Se puede proceder del mismo modo con los precursores que ingresan al país.

Entonces, se quedará con nosotros la coca buena, la sagrada; de otro modo, sospecharemos con fundadas razones que hay complicidad de gran dimensión y de alto vuelo.

Página Siete – La Paz