Demonios extranjeros

Cixí entendió que la milenaria China necesitaba abrirse al mundo para sobrevivir



Pep Montserrat

Durante la dinastía Qing, cada emperador chino tenía tres mil mujeres. La única función de estas concubinas era darle placer al jefe. Pasaban los días encerradas, esperando que él quisiese acostarse con ellas. Algunas se suicidaban si él no las tocaba. Lo único que podía alterar su destino era concebir un heredero. Y eso hizo Cixí.

La fascinante biografía Cixí, la emperatriz de Jung Chang (Taurus) narra la historia de esta mujer, que debido a su maternidad y, sobre todo, a sus extraordinarias dotes políticas, terminó liderando el paso de China hacia la modernidad durante la segunda mitad del siglo XIX. Aunque, durante mi visita a la Ciudad Prohibida, el palacio imperial de Pekín, descubro que los chinos tienen un terrible recuerdo de Cixí. Mi guía turística considera que la emperatriz “se gastaba todo el dinero del imperio en frivolidades”. Y una placa anota que la emperatriz dejó China “sumida en una gran crisis”.

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Según el libro, esas acusaciones son falsas, y se deben solo a que Cixí era mujer. En realidad, la emperatriz logró sacudirle el polvo a una monarquía de 2.000 años de antigüedad que consideraba “demonios” a los extranjeros. Cixí no se rindió ante las potencias occidentales, pero sí aprendió de ellos: aceptó la libertad de expresión, nombró a los primeros embajadores y autorizó el comercio con el mundo. En suma, entendió que la milenaria China necesitaba abrirse al mundo para sobrevivir, pero no de golpe. Poco a poco.

Lo curioso es que, a pesar de los desprecios contra Cixí, el muy masculino Partido Comunista mantiene la misma política que ella marcó. Este país da grandes pasos hacia la modernidad, pero los da de a poquitos.

Comercialmente, China está más abierta que nunca. En el centro de Pekín, no lejos de la plaza de Tiananmen, hoy se elevan sucursales de Gucci, Apple y Maserati. Sin embargo, para hacer negocios aquí, los extranjeros tienen que aceptar ciertas normas. Las tarjetas de crédito internacionales pagan más impuestos que las nacionales. La divisa china cotiza en el mercado financiero, pero al menor sobresalto, dejará de hacerlo. En vez de seguir las reglas del capitalismo, China le impone sus propias reglas.

En política exterior ocurre lo mismo. China es la única potencia silenciosa. A diferencia de EE UU o Europa, su Gobierno jamás se pronuncia sobre lo que ocurre en otros países, y a cambio espera que nadie se meta con ella. Si opina sobre Irán, Crimea o Corea es para pedir que no se intervenga. Y obviamente restringe la información del exterior. Twitter y Facebook están prohibidos. Periódicos occidentales como EL PAÍS o The Guardian tienen bloqueadas sus páginas web.

No obstante, los chinos tienen sus propias redes sociales, como Weibo. Son el país que más turistas exporta. Y empiezan a reconocer los derechos internacionales de las patentes.

¿Parece poco? Pues hasta los años setenta, solo dos líneas aéreas internacionales volaban a China, el país no estaba en la ONU, y la Guardia Roja arrestaba a quien sorprendía conversando con extranjeros. Cierto: los chinos tienen menos libertades que los occidentales. Pero más que las que han tenido en toda su historia. Y cada vez más. El camino parece imparable.

En la época de Cixí, la Ciudad Prohibida se encontraba en el punto más alto de Pekín. Desde sus edificios, solo se veía el cielo. Estaba prohibido edificar nada que sobrepasase la altura de sus muros. Hoy, en cambio, desde el palacio se perciben rascacielos de hormigón por todas partes. Esos rascacielos son los palacios del siglo XXI. La Ciudad Prohibida es solo un museo. Y, sin embargo, por sus callejuelas de concubinas aún circula el recuerdo de Cixí, la mujer que enseñó a China cómo lidiar con los demonios extranjeros, y que marcó el rumbo de un país que no la aprecia.

@twitroncagliolo

Fuente: elpais.com