Coincidencias fatales

Álvaro Riveros Tejada

Riveros Principiaba el mes de Octubre de 1970 y, mediante un golpe militar aupado por los movimientos sociales, organizaciones campesinas, universitarios y un sector de las FF.AA., donde prevalecían los suboficiales y sargentos, alianza a la que se bautizó como los 4 pilares de la revolución, asumió el gobierno el Gral. Juan José Torres González, estableciendo un gobierno militar de izquierda, que hacía juego con algunos regímenes similares de la región como: Allende en Chile y Velazco Alvarado en el Perú.

Sus primeros y fundamentales actos administrativos se caracterizaron por un antinorteamericanismo a ultranza y un afán desesperado de nacionalizar lo que se le venga en mano, fue así que principió echando del país a los Cuerpos de Paz de los EE.UU., la inmediata nacionalización de la Mina Matilde y, para mostrar que no dejaría morir al sector productivo, creó la Corporación de Desarrollo, como una suerte de incubadora de empresas estatales, y un Banco del Estado que suministre el oxígeno suficiente para dar vida a ese engendro.



No pudo estar ausente de ese modelo populachero una alta reposición salarial a los mineros, sin reparar su funesta incidencia en el presupuesto general de la nación, dada la pobreza franciscana y casi nazarena por la que atravesaba la nación y los bajos precios de nuestras materias primas en los mercados internacionales. El regalar un hotel a los trabajadores habría significado una medida demencial y por tal motivo se abstuvo de hacerlo, y en su lugar mandó nacionalizar un motel, con muy bajo rédito económico, pero con un fuerte impacto doctrinario y filosófico.

La hoja sagrada no gozaba todavía de las libertades y el respeto de los que goza hoy, y menos se conocía la contribución honrada que gracias a su tratamiento agroquímico podía dar a la nación. Ella era aún vista con mucha suspicacia, así como lo eran sus virtuosas propiedades que todavía no se habían extendido a nivel mundial como es el caso actual.

La imagen del guerrillero argentino cubano que, al grito de “patria o muerte venceremos”, llegó a nuestras tierras para practicar tiro al blanco con nuestros soldaditos y establecer en nuestra patria un remedo de gobierno como el de la isla caribeña de la felicidad, comenzó a crecer gracias al mismo gobernante que cuatro años antes, en su calidad de Jefe de Estado Mayor General de las FF.AA., dio la histórica orden de: “Saluden a papá” con la que se ejecutó al filibustero. Hoy, la efigie y el lema del invasor luce en sitiales que ya quisieran ostentar ilustres beneméritos que ofrendaron la vida por Bolivia, como en el propio palacio de gobierno, en los recintos militares, en el casco de los mineros, y hasta en el pecho del primer mandatario.

Como colofón de esta reseña histórica debemos rescatar la nefasta huella que los regímenes populistas dejan a su paso por los pueblos. En lo que a nosotros respecta: “Cualquier similitud con la realidad es una mera coincidencia” y procuremos convencernos de que se trata solamente de coincidencias fatales.