¿Es posible la unidad nacional?

Marcelo Ostria Trigo

OSTRIA TRIGO En la historia de Bolivia, pocas veces –si hubo alguna– predominó la visión de futuro para lograr la unidad nacional; por supuesto la unidad en la diversidad tan proclamada y deseada. Y no es que hubieran faltado quienes la propiciaban. Incluso se recuerda un lema ahora olvidado: “La unidad nacional por el deporte”.

Hace más de 40 años que el canciller de entonces, don Alberto Crespo Gutiérrez, reconociendo la valía del pensador e historiador Roberto Prudencio Romecín, le pidió que expusiera en una reunión de un grupo de funcionarios de la Cancillería su visión sobre la posibilidad de aunar a los bolivianos para que respaldaran una política destinada a obtener el retorno de Bolivia al océano Pacífico –preocupación que compartieron todos, absolutamente todos, los que dirigieron el Ministerio de Relaciones Exteriores–. Esta consulta se hizo a muchas personalidades de la época.



Don Roberto, entre otros temas, habló de las negociaciones con Perú luego de la victoria de Ingavi en 1841, batalla que consolidó la independencia de la República. Dijo, en una parte de su exposición, que Bolivia vencedora no obtuvo lo que entonces era legítimo: compensaciones de guerra que el vencedor imponía al vencido. Era la regla de la época; es decir, un derecho que, en este caso, correspondía a Bolivia y no a personaje alguno. “Solo se puede ser generoso con lo que le pertenece y no con algo ajeno, en este caso el derecho de Bolivia a obtener compensaciones de guerra”, afirmó Prudencio Romecín. Si no hubieran mediado ciertas circunstancias –continuó–, el general José Ballivián habría sido un traidor o un estúpido. Pero el vencedor de Ingavi “no era ni lo uno ni lo otro”, puso en claro don Roberto. Lo cierto es que Ballivián tuvo que abandonar precipitadamente las negociaciones de paz con el vencido, porque había estallado un intento de golpe de Estado en la levantisca ciudad de La Paz.

Ingavi fue una oportunidad para la unidad –no para la uniformidad política que, en verdad, es casi imposible ante la diversidad de ideologías en pugna–, y ahora es difícil, aunque no imposible, encontrar nuevos elementos que despierten un sentimiento unificador con el mismo significado y trascendencia.

Un poeta uruguayo –Enrique H. Fierro (1941)– en uno de sus poemas decía: “Montevideo era una fiesta, / era la unión de los contrarios”. ¿Bolivia alguna vez estará de fiesta para que se dé esa generosa ‘unión de los contrarios’? Ojalá lo logremos.

El Deber – Santa Cruz