Giger, el dueño de las pesadillas de la pantalla

Javier Porta Fouz

GIGER El lunes pasado murió, luego de caer por las escaleras de su casa (un hecho en sí mismo pesadillesco), el maestro suizo de las pesadillas, alguien que acostumbraba tener sueños terribles y disponía de sus materiales de dibujo cerca de su cama, para aprovechar el momento. Su imaginación nos dio a Alien: la forma, el trazo, la fealdad, la amenaza del bicho. También su aspecto biotecnológico, como los biomecanoides, el biker de Giger (para los Hells Angels) y sus erotomechanics: falos, vaginas, bebes poco enternecedores, conexiones de carne y metal, el ocultismo, los cuadros protagonizados por Debbie Harry.

Su muerte nos lleva a volver a hojear el libro HR Giger ARh+, el primero de Taschen que muchos tuvimos a principios de los noventa. Un libro de una impactante belleza tenebrosa. Ahí estaba la tapa de Brain Salad Surgery, de Emerson Lake & Palmer: ese vinilo del que nos gustaba más el diseño que la música.



Pintor, escultor, artista plástico, en el cine, Giger trabajó menos de lo que se lo necesitaba. Tuvo un Oscar por efectos especiales por Alien (compartido con sus colaboradores, entre ellos Carlo Rambaldi, luego creador de E.T.).

El año pasado ya habíamos vuelto HR Giger ARh+ porque Giger había participado del documental -estrenado en Cannes- Jodorowsky’s Dune, es decir uno de los proyectos jamás concretados más famosos de la historia del cine (además de Giger y otros nombres gigantes, estaba involucrado Salvador Dalí). En ese proyecto, Giger conoció al guionista Dan O’Bannon, que luego lo llevaría a Alien, el octavo pasajero. Es decir, lo llevaría a dejar su marca indeleble en el cine.

La Nación – Buenos Aires