Miopía del futuro

Marcelo Ostria Trigo

OSTRIA TRIGO Winston S. Churchill, el gran dirigente del pueblo británico, decía que “el político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”. En la misma línea, luego de más de siete décadas, el neurólogo argentino Facundo Manes coincide: “La miopía del futuro es uno de los conceptos más acertados para pensar un país. El lóbulo frontal es lo que nos diferencia de otras especies, ya que es el área del cerebro clave para pensar el futuro. Es importante para la toma de decisiones, para la planificación y para mirar el largo plazo”. Obviamente se refiere a una forma de ‘inmediatismo’ que es una rémora para el progreso de los pueblos.

Este inmediatismo es un mal que se extiende. El analista Iván Arias advierte: “Yo creo que Tarija, como varias regiones del país, sufre las consecuencias del inmediatismo y del populismo. Es decir, se hacen obras que la gente aplaude, que se terminan inmediatamente, que se ven, pero no se resuelve lo que se necesita realmente ni se piensa a largo plazo ni se planifica” (Iván Arias. Inmediatismo, populismo y problemas de coordinación. El Deber, Santa Cruz, 13.04.2014). Esto sugiere que la miopía no solamente adormece al poder central e incide negativamente en el buen manejo de un Estado, sino que también llega a las partes, o sea, a los gobiernos locales.



El inmediatismo también se manifiesta cuando no se comprende que un país no vale sólo por sus recursos naturales que se puedan explotar y gozar frenéticamente sin previsiones de futuro, o sea mientras sus frutos no se agoten. Un país cosecha mayores éxitos cuando, en las épocas de bonanza, invierte en la formación intelectual de sus habitantes, mejorando los niveles de educación. Sólo así es posible evitar la llamada miopía del futuro y forjar una Patria sólidamente conformada.

Hace ya tiempo que se dijo que los países productores de hidrocarburos harían bien en “sembrar el petróleo”. Esta riqueza no sólo debe ser empleada en el inmediato bienestar o para fines demagógicos, sino más bien para cimentar el desarrollo.

En nuestro caso, el gas es, en verdad, un producto que también debe ser empleado para impulsar la diversificación económica, para elevar el nivel –ahora lamentable– de la atención de la salud y para mejorar la calidad de la educación. El gas no debe seguir siendo un tesoro para el malgasto, la ostentación y el financiamiento de la propaganda oficial, solo “pensando en la próxima elección”, como advertía Churchill.

El Deber – Santa Cruz