Sudáfrica, en manos del partido de Mandela

 

Emilio J. Cárdenas

EMILIO-CARDENAS-GRANDE El crecimiento económico y social de Sudáfrica -una de las potencias emergentes- está hoy lejos de ser lo que el país necesita. Contra un promedio del 6,5% del PBI, al que están creciendo las economías subsaharianas, Sudáfrica crece tan sólo al 2,3%. Un ritmo demasiado lento para poder atender las expectativas postergadas de la gente.



La moneda sudafricana se devalúa. La actividad económica del país está empantanada. El importante sector extractivo está azotado por una huelga dura de los mineros de platino, que lleva ya cuatro meses sin encontrar una solución. Por esto se la tiene como la que más daño ha hecho a la economía de Sudáfrica en, quizás, toda la historia. Para las empresas productoras de platino, la pérdida se calcula en unos 1400 millones de dólares. Para los trabajadores, los salarios no percibidos representan el orden de los 750 millones de dólares. Para el país todo, una pérdida de ingresos por exportaciones muy significativa. Por ello, todos pierden en ese conflicto, queda visto. No obstante, el tiempo pasa y la contienda continúa. Como si nadie pudiera arbitrar las diferencias y permitir el pronto regreso a la normalidad.

Sudáfrica crece tan sólo al 2,3%. Un ritmo demasiado lento para poder atender las expectativas postergadas de la gente

Para hacer el ambiente sudafricano de desaliento aún más perceptible, la caótica Nigeria -cuya población triplica a la sudafricana- acaba de autoproclamarse como la economía más importante de toda África, desplazando a Sudáfrica de ese lugar.

En ese bastante pantanoso escenario, acaban de realizarse las elecciones nacionales sudafricanas. Pese a todo, el partido de Nelson Mandela -el Congreso Nacional Africano (CNA)- obtuvo una victoria clara. Resonante. Con una amplitud incuestionable, que permitirá al actual presidente, Jacob Zuma, obtener la reelección que ambiciona. Un segundo mandato, entonces.

Para el CNA, esta es la quinta presidencia consecutiva de Sudáfrica. Para Zuma, es el último mandato posible bajo el actual esquema constitucional sudafricano. Asumirá el próximo 21 de mayo, cuando la Asamblea de su país, con su nueva conformación, lo consagre formalmente como presidente.

Esto ocurre 20 años después de que el fallecido y recordado Mandela -al que los sudafricanos se refieren cariñosamente como "Madiba"- desterrado que fuera el odioso "apartheid", alcanzara la presidencia de su país. Desde entonces Sudáfrica, en los hechos, ha sido gobernada por un único partido: el CNA, al que deben atribuirse los logros y los fracasos.

Zuma, a los 72 años, obtuvo esta vez el 62,15 % de los votos. Esto es una clara demostración de confianza de su electorado, que lo tuvo como la mejor opción en la contienda electoral. O la única. Hablamos de la amplia mayoría del 73% de los sudafricanos que votaron entre todos los que estaban en condiciones de sufragar.

De esta manera, el CNA obtuvo 249 de los 400 escaños parlamentarios en juego. Una mayoría amplia. Neta. Indiscutible. Como ha sido -reitero- una constante en las últimas dos décadas. Aunque en la última elección el CNA, es cierto, había logrado el 65,9% de los votos y obtenido 264 bancas. Hay algún deterioro, pero no irreversible.

Pese a todo, el partido de Nelson Mandela obtuvo una victoria clara

En la oposición, la Alianza Democrática, el partido que gobierna la provincia del Cabo Occidental, al que recientemente se ha unido alguna parte de la nueva élite empresaria sudafricana de color, mejoró bastante su participación. Ahora con el 22,23% de los votos se aseguró 89 bancas. Antes de la reciente elección, el principal partido de oposición tenía tan sólo 67 escaños. Hoy se acerca a obtener la cuarta parte de los votos totales. Paso a paso. Con ritmo. Ocurre que sus resultados mejoraron, claramente, en la populosa provincia de Gauteng, la que tiene el mayor número de votantes de todas.

A su vez, los izquierdistas radicales del Partido de los Combatientes por la Libertad Económica, encabezados por el populista Julius Malema, el controvertido ex jefe de la juventud del CNA -que terminara siendo expulsado de esa agrupación y que ahora encabeza el referido partido minoritario que propugna nacionalizar las minas y los bancos- se aseguraron el 6,35% de los votos. Algo más de lo esperado. Pero por ahora, un participante marginal.

El partido más pequeño, el Agang, liderado por una respetada mujer de color de tendencia algo más conservadora, que alguna vez fuera directora del Banco Mundial, Mamphela Ramphele, desencantó. Apenas logró dos bancas. El fallido coqueteo mantenido por Ramphele con la Alianza Democrática le hizo evidentemente daño. Pero ella sigue en política y es ciertamente una alternativa bien interesante para el futuro del país.

De poco sirvieron para perjudicar a Zuma las acusaciones de haber gastado nada menos que 23 millones de dólares de fondos públicos en la refacción y mejora de su propia residencia personal. Y de haber utilizado aviones militares para transportar invitados a una fiesta de casamiento. Tampoco influyó el halo general de corrupción e ineficiencia que desde hace rato flota sobre su administración.

Salvo un episodio aislado, en Alexandra, un suburbio de Johannesburg, las elecciones sudafricanas fueron ordenadas, normales y tranquilas. Sin irregularidades de significación.

Esta fue la primera vez que más de medio millón de sudafricanos que nunca, por edad, vivieron bajo el apartheid, votaron. Para ellos, que nacieron en libertad, ese largo y deplorable drama es sólo historia. Dura. Pero no parte de su propia vida.

Se espera ahora una convocatoria a conformar un gabinete de tecnócratas que ponga en vigor un clima de negocios más atractivo para las empresas, de modo de reactivar e impulsar a la economía y de tratar de bajar la altísima tasa de desempleo, que está en el 25%. Todo ello mientras los programas sociales se mantienen.

Para observar con atención estará el desempeño del compañero de fórmula de Zuma, su vicepresidente, Cyril Ramaphosa, un exitoso empresario de color que, de pronto, podría (según creen muchos) transformarse en el sucesor de Zuma. Es su delfín. Los empresarios confían en él. Es un buen negociador. Y es astuto. Gozó de toda la confianza de Mandela, pero en lugar de seguir en la política, en su momento decidió hacer dinero, con laureles. Hoy, de regreso al escenario grande de la política, habrá que ver cómo Ramaphosa maniobra de cara al futuro y qué posibilidades y alternativas comienza a enhebrar de aquí en más.

Para Sudáfrica, después de la elección, aparentemente más de lo mismo. Pero con la urgente necesidad de alcanzar un ritmo de crecimiento más adecuado. Si esto no se logra, la aparición de alternativas políticas al CNA será presumiblemente más rápida y hasta en el interior del partido de gobierno las pulseadas y fricciones -todavía relativamente sordas- pueden subir rápidamente de tono.

La Nación – Buenos Aires