Los padres de las siamesas bolivianas piden ayuda internacional

Saben que la situación de sus hijas es crítica, pero creen que fuera del país puede existir esperanza. Tienen un hogar de escasos recursos, pero de abundante amor.

imageCuando Marbeli aún estaba internada en la maternidad, Erick le demostró su amor en todo momento. Foto: Jorge Gutiérrez



EL DEBER, Santa Cruz

Erick Becerra Vaca dejó hace dos años de pescar en los anchos ríos de Beni y ahora está decidido a tirar su anzuelo en aguas más profundas, donde pretende despertar la solidaridad nacional e internacional para salvar a sus dos niñas que nacieron el 8 de agosto con sus cuerpos prendidos y compartiendo el mismo hígado y el mismo corazón.

Erick solo tiene 20 años de edad y es la pareja de Maribel Vanegas Lobo, que a sus 28 años dio a luz bebés siamesas en la maternidad Percy Boland de Santa Cruz, hasta donde llegó desde Trinidad (Beni) con un embarazo de ocho meses y medio.

La pareja sabe muy poco de medicina: él pescador y ella exestudiante de la carrera de Pedagogía. Aún así, la esperanza los lleva a lanzar un grito de ayuda para que la comunidad internacional estudie y analice la salud de sus dos pequeñas, que hasta el viernes estaban en estado crítico, pero vivas. “Mientras estén respirando, no descansaré hasta salvarlas. Me he enterado que incluso hay gente que vive con un corazón artificial”, dice este joven, del que resaltan sus bigotes negros y la fuerza de una voz con la que pide que vengan médicos del extranjero para que busquen la forma de salvar a sus hijas.

Erick, hasta hace un par de semanas, trabajaba en una pescadería de Trinidad, lavando los animales y luego poniéndoles hielo para que se conserven en buen estado. Por esa labor le pagaban Bs 1.110 y, si bien no alcanzaba para tener todo lo que una pareja joven y con una niña de cuatro años desea, se consideraban felices en la casa del barrio Mangalito de la capital beniana, donde vivían con una economía medida y con muchas esperanzas de días mejores, porque Marbeli tenía planes de retornar a la universidad para salir licenciada en Pedagogía.

Erick conoció a Marbeli cuando ella caminaba por una calle de Trinidad. La vio y le buscó charla, se hicieron amigos y empezaron un cortejeo que duró un año, luego empezaron a convivir y fruto de ese amor nació Érica, una niña con sonrisa de luna que insiste a sus padres que quiere conocer a sus hermanitas, pero a la que ellos le han dicho que espere un poco porque las pequeñas están un poco enfermitas.

Las recién nacidas ya tienen nombre, una es Hanna y la otra Teilor. Así decidieron que las iban a llamar cuando a Marbelle hicieron el baby shower  a los siete meses de gestación, cuando los padres ya sabían que las niñas estaban prendidas. “Pero solo nos enteramos que estaban piel con piel, no que compartían órganos vitales”, dice Erick, que cuenta que en la primera ecografía que le hicieron a su esposa, al mes de quedar embarazada, salió que su nuevo ser querido iba a ser un niño; a los cinco meses, que ella cargaba en su vientre a mellizos y a los siete que iban a nacer siamesas.

Por eso, desde Trinidad transfirieron a Marbeli a Santa Cruz. Se vino en bus porque el avión se niega a trasladar a una embarazada que ha pasado los seis meses de gestación. 

Erick dice que están tristes, pero esperanzados y que todo lo dejan en las manos de Dios, que si sus hijas van a ser para esta vida, que los médicos den la señal, que haya el interés de algún país que esté más adelantado en el tema salud para salvar a Hanna y a Teilor, las niñas de ojos plomos que viven con un solo corazón.