Ser gay en el club de Toby

Erick Fajardo Pozo

FAJARDO_thumb El candidato plurinominal por el MAS, Manuel Canelas, asumió ser gay y afirmó categóricamente que no existe contradicción o dilema entre militar en el oficialismo y su opción sexual; que “la pluralidad no se acaba en lo étnico” y que “calificar al MAS de homófobo no es real”. A escasas cuadras, casi simultáneamente, el presidente-candidato a la re-reelección Evo Morales sentenciaba ante los medios que “en política no hay ni centros ni maricones”; que en temas ideológicos partidarios “solo hay lugar para macho o hembra”.

Tamaño elogio del maniqueísmo homofóbico ratifican mi certeza de que lo de “progresista” fue siempre una concesión adjetiva en exceso generosa para definir a la horda política que gobierna Bolivia. Tan brutal arranque de franqueza ratifica la adscripción del cocalero al credo de apartheid monocromático de ciertos esencialismos caducos. De la revolución francesa al ultranacionalismo alemán y de la revolución cultural china al régimen de partido único en Cuba, en el universo del reduccionismo esencialista no ha lugar a medias tintas: O eres parte de la solución o eres parte del problema.



Y su solución es siempre una esencia univoca; un extremo de naturaleza dialécticamente definida respecto al otro. Desde tal concepción del mundo, las terceras vías, el no-alineamiento diplomático, la equidad de género, la prensa independiente o los matices sexuales, no son posibles. Y obviamente, los esencialismos no encuentran método de resolución moderado o equilibrio táctico: su método es la guerra.

Salvando simetrías y asimetrías históricas, creo que Canelas es un ingenuo hablando de progresismo a una tribu de neandertales. Su cándida percepción de las posibilidades para la diversidad (sexual o cualquier otra) y la autocrítica al interior del tropel de Morales lo convierten en un “indulgente” convocando a la mesura al Comité de Salvación Pública francés o – en una metáfora más acorde a la caricatura del régimen – en la pequeña Lulú pugnando por encajar en el club de Toby.

Porque el Estado plurinacional, el partido gobernante y el sindicalismo cocalero son instituciones absolutas, operando desde 2000 la “guerra de razas” desde estrategias biopolíticas envolventes, operadas por dispositivos disciplinarios que ejercen una descarnada anátomo-política de los cuerpos. Son la expresión de una misoginia ancestral, construida en siglos de biopolítica patriarcal andina y refrendada por la cultura de vigilancia-castigo heredada del estado colonial y los comunismos del siglo XX.

En otros términos, la estrategia del régimen es inalterable, pero el discurso incluyente es expresión de esa “reversibilidad táctica” de las tramas epistémicas respecto a las posiciones políticas. De hecho, temo que la postulación de Canelas es parte de esa maniobrabilidad discursiva que pregona simbólicamente inclusión para encubrir la exclusión fáctica no solo del contrario, sino del marginal al conflicto, del diferente, en su cotidiano ejercicio del poder.

Al sumarse al MAS, Canelas se enroló en la legión extranjera, embaucado y embarcado en una guerra ajena por la propaganda de una “revolución socialista” que encubre la tiranía constitucional de un grupo de socialistas de aviones de lujo, concesiones mineras y country club.

Comprometido a defender la soberanía colonial de una Francia que vendía el cliché de la vocación democrática de la Revolución Francesa mientras practicaba el imperialismo colonial más absurdo en África.

Bajo las condiciones manifiestas de intolerancia sexual del caudillo cocalero, ser gay en el MAS no es distinto de ser “k’ara” o autonomista en algún otro momento de la historia. Es una condena tácita a la ilegitimidad, la claudicación y la autonegación.

La significancia de su opción sexual y el simbolismo para la libertad de expresión de su apellido pondrán en breve, en muy breve, a Canelas en el dilema de o ser consecuente con sus principios u obsecuente con el régimen. El esencialismo del biopoder no le deja chance a una solución intermedia, ni a él ni a otros 10 millones de bolivianos empujados a discursos extremos en los que no se encuentran.

El Día – Santa Cruz