De la Guerra del Chaco

Wálter I. Vargas*int-52514Al parecer el Premio Nobel de Literatura José Saramago ha aludido en su obra póstuma Alabardas a la guerra que Bolivia sostuvo con Paraguay en los años 30 del siglo pasado. Como tengo por norma no leer a escritores comunistas, no lo comprobaré. Me basta con haber recogido la información al respecto emitida por un periodista local.Todos quienes nos ocupamos de la literatura nacional tenemos en el fondo un alma de «rescatiri”. Nos gusta pescar aquí y acullá este o aquel detalle histórico, este o aquel libro o poema olvidado. Y el tema de la Guerra del Chaco tiene en este aspecto su lugarcito bien ganado. Así que, con esta novedad como pretexto, quiero aportar con dos detalles al asunto.He comentado ya antes mi pequeño hallazgo de una referencia parecida en la novela de espionaje Motivo de alarma, de Eric Ambler, en la cual el personaje principal, desempleado de pronto en la Inglaterra de la época, rechaza alarmado el ofrecimiento de un empleo en la lejana Bolivia. La Guerra del Chaco, se dice en la novela, les había enseñado a los bolivianos la necesidad de industrializarse de alguna manera. Es entonces una alusión, más que a la guerra, a la posguerra del Chaco, y de hecho la novela se ubica en 1937.Entretanto he leído otra novela, igualmente inglesa, en la que también se alude a la guerra del sudeste. Se trata de Una danza para la música del tiempo, multivoluminosa serie narrativa escrita por Anthony Powell, que, según se nos informa en la solapa del único tomo que tengo, consta de 12 novelas escritas entre 1951 y 1971, muy estacionalmente organizadas en cuatro partes: Primavera, Verano, Otoño e Invierno, cada una con tres novelas.Como es casi hábito en los recensionistas cuando presentan una novela importante que deben vender, las alusiones a «los grandes” del siglo XX son inevitables. En este caso, se dice que Powell es algo así como el Proust inglés. Otro dice que hay en este escritor la misma celebración de la cotidianeidad que hay en Joyce. Ningún comentarista habría observado algún gesto sombrío recordatorio de Kafka, lo cual no deja de aliviar.Lo cierto es que, leída apenas una de esas novelas, encontré en cierta parte una divertida pintura de alguien que ahora llamaríamos un activista (y que yo, como «pasivista” que soy, sólo atino a observar en muchos de mis contemporáneos). Espero que el fragmento dé una idea aproximada de lo buena que está esta obra: «Craggs siempre da la impresión de tener otra cosa que hacer. Lo cierto es que le gusta tanto dirigir comités, que nunca puede dedicar a ellos la atención que requieren. Ahora está en el de los alemanes refugiados (…) Pero la semana pasada no logré hablar con él porque estaba ocupado con Sillery en lo del embargo de armas a Bolivia y Paraguay. Luego está ese grupo antifascista que se le está escapando siempre de las manos. Nos gustaría que prestara más atención a Mosley. Lo último que se presenta es lo primero que se empeña en hacer, ya se trate de la independencia de Cataluña o de crear comedores gratis para los escolares”.Un activista sólo puede ser progre o de izquierda, lo cual lo vuelve naturalmente tendencioso. «¿Quién utilizó por primera vez gas letal para exterminar poblaciones civiles?”, se pregunta César Vidal en uno de sus libros. Formulada la pregunta en un hipotético curso de activismo humanitario, el tal Craggs respondería seguramente que Hitler, o Franco, o Mussolini. Y no podría creer, como se puede leer en la investigación de Vidal, que fue más bien un señor llamado Lenin.Con lo cual me doy cuenta que he caído en una penosa digresión que me ha hecho perder el norte de mi columna: describir la forma interesante en que otro escritor de la época, Alcides Arguedas, comentó aspectos de la Guerra del Chaco, como justamente el embargo de armas o la complicidad vergonzosa de Argentina con Paraguay. Así que, a la manera de una serie de televisión, termino lanzando un «continuará” para dentro de quince días. No sin descartar que otra novedad arqueológica de carácter literario o libresco se interponga en el camino. No garantizo nada.*Ensayista y crítico literarioPágina Siete – La Paz