Mariel Vásquez: “Perdí mi cabello y hasta las uñas”

Sin tregua al dolor. La esposa de uno de los líderes del empresariado boliviano nos cuenta cómo superó la pesadilla contra el cáncer, enfermedad a la que precisamente hoy está dedicado este día

Actitud de luchadora. Hoy Mariel recuerda lo que aprendió del mal.

Actitud de luchadora. Hoy Mariel recuerda lo que aprendió del mal.

La gran puerta de madera de la casa en un barrio residencial se abre de par en par, como se abre su corazón. Mariel Vásquez Antelo (50), la simpática dama de ojos color cielo, que en los eventos sociales acompaña sonriente a su esposo, Gabriel Dabdoub, presidente de la Federación de Empresarios Privados de Santa Cruz, confesó cuál fue la pesadilla por la que atravesó hace 27 años y que le borró la sonrisa: linfoma no hondgkin, un cáncer que en su momento era casi mortal.



A sus 23 años, recién casada y con un bebé de 1 año y 10 meses, la vida le sonreía. Su trabajo como secretaria ejecutiva bilingüe en el Banco Unión la mantenía ocupada diariamente, al punto de que no se dio cuenta de la enfermedad que fue pasándole facturas de a poco.

“Entre las 17.00 y las 20.00, todos los días entraba en un estado febril. No le di importancia, hasta que un día no pude levantarme de la cama”, recuerda mientras repasa el pasado.

No había antecedentes de familia con esta enfermedad. En cuestión de dos días, emprendió viaje junto a su madre Mirtha Antelo, su esposo y su suegra Arlinda de Dabdoub, a Estados Unidos, con la única meta: salvar su vida.

Atrás quedaron otras prioridades. Incluso, su pequeño hijo Gabriel quedó en poder de su padre, Lito Vásquez. “A los dos meses lo llevaron para que me vea y no quiso acercarse. Le daba miedo porque estaba tan demacrada, que no me reconocía. Sentí mucho dolor y celos”, señala aún acongojada por lo que atravesó como madre.

Su hogar durante un año fue el hospital M.D Anderson en Houston (Texas). Allí le realizaron un tratamiento con quimioterapia que en ese entonces era experimental.

Cuesta creer
No le cabía en su cabeza cómo siendo tan joven podía tener una enfermedad así. “En ese entonces se ocultaban las enfermedades. Era raro escuchar a alguien decir que tenía cáncer. Ahora, hay tanta ayuda para la familia y para el enfermo. Yo no lo acepté hasta que estuve con el médico en Estados Unidos y me confirmó que lo padecía”

Luchó por su vida, pero se aferró a algo que le pasó un día mientras se encontraba en el comedor del hospital junto a su madre que insistía en que comiera un yogur.

“Llegó un momento en que incluso no quería comer. Bajaba tres kilos por día y aquella vez una mujer se acercó y me dijo: ‘¿Te acuerdas de la imagen de Jesús con el corderito? tú eres el corderito’. Le dije a mi madre si la había visto a aquella señora y ella me dijo que no. Allí comenzó a cambiar todo para mí”.

Apoyo fundamental
Lo dejó todo para estar con ella. Su esposo emprendió aquel viaje para salvarla. “Él me cortó el último mechón de cabello”.

Llegó a perder hasta las uñas porque el tratamiento, como va matando las células malignas, también aniquila todo lo que es vida. “Quedé sin cabello, sin pestañas, ni cejas, tampoco uñas pero aún así nunca sentí disconformidad con mi aspecto porque sabía que aquella mujer que veía en el espejo, era yo y nadie más”, repasa y se emociona.

Vásquez ahora trata de recompensar todo lo que su pareja hizo por ella. “Cuando puedo lo acompaño a los eventos, como forma de retribuir el tiempo que estuvo a mi lado”, señala.

Sus padres también lo fueron. Su madre cuidó de ella y su padre fue quien se quedó a cargo del pequeño Gabriel.

sin pena de la imagen en pleno tratamiento

Salir adelante
Veintisiete años ya pasaron. ¿Queda aún el temor? “Después de 12 años de haber superado la enfermedad, dejé de preocuparme, pero a veces tengo algo de temor por mis hijos ”.

Los médicos americanos le permitieron tener hijos luego de los cinco años del tratamiento. Hoy completa su hogar Cristhian (23), José Gabriel (21) y Diego (11). Además, el mayor ya la hizo abuela con Valentina (3) y Gabrielito (1).

A los dos meses que regresó relativamente sana, ella volvió a trabajar. “Uno debe continuar con su vida, no dejarse amilanar, siempre estando atenta a los controles rutinarios para saber si todo marcha bien”.

Ahora se dedica a la tienda de ropa para bebés de la cual es propietaria y a cuidar del menor de sus descendientes asistiendo siempre a las reuniones de padres del colegio.

Formó parte por muchos años del grupo de ayuda Sálvame. “En Santa Cruz existe mucha ayuda para esta enfermedad, claro que estamos atrasados aún en el tema de medicación y tratamientos. Lo que sí falta es que las personas que son voluntarias convivan con los enfermos. A veces un niño o una mujer con cáncer solo necesitan un abrazo o que los escuchen”, dice.

La experiencia le enseñó a Mariel que para salir adelante se debe ir de la mano de la familia, y remarca que en esta lucha no solo se requiere dinero, también se necesita amor

Fuente: sociales.com.bo