La Policía Boliviana es la última rebelde que le huye a las reformas de Evo Morales
El MAS sabe que la institución verde olivo está mal, aun desde antes de asumir el Gobierno. Quintana tenía un plan de reforma que no se ejecutó. Moldiz se fue antes de comenzar la limpieza y Romero tiene una ley hecha para comenzar la ‘revolución’
EL DEBER, Santa Cruz, Bolivia
Las protestas de 2012 debieron ser gestionadas por Romero, que vuelve en un momento difícil. Foto archivo.
El plan de reforma policial era un anillado tamaño oficio, gordo como la cintura de los oficiales que ahora critica Evo Morales.
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En él, Juan Ramón Quintana, en ese tiempo analista político, experto en temas de seguridad y miembro de la clase media que había dado su apoyo al candidato Evo Morales, concluía: la Policía se sirve a sí misma y al poder político antes que al pueblo.
La seguridad está largamente hipotecada a favor de agencias extranjeras. Ese era el diagnóstico de 2005 y había una hoja de ruta para reformarla.
Diez años después, el 26 de mayo, justo un día después de la fecha fijada por Hugo Moldiz para comenzar la reforma policial, este renuncia al Ministerio de Gobierno dejando una sola frase como explicación: “Me tumbaron los malos policías”.
La frase sonó a pretexto, dada la fuga del peruano Martín Belaunde, pero la Policía ha sido un constante dolor de cabeza para el Gobierno del MAS. “Cada una de estas canas tiene un nombre”, decía un avejentado Sacha Llorenti, apenas unos meses después de asumir el Ministerio de Gobierno, antes de la represión de Chaparina, después de la matanza en Caranavi. El presidente Morales tampoco la pasa bien.
Confía en su séquito de seguridad policial con los que hasta juega fútbol, pero no en sus jefes. Asegura que no puede tener vida privada, porque en cualquier momento algún jefe policial llama a sus custodios y se entera de todo lo que el mandatario hizo en el día. Hasta el presidente se siente espiado.
Moldiz, el duro
En cuanto se hizo cargo del Ministerio de Gobierno, Hugo Moldiz anunció que 5.000 policías de escritorio saldrían a patrullar las calles.
También anunció que en pocos meses tendría un plan de reforma policial basado en cuatro pilares: movilidad policial para que los efectivos no se queden mucho tiempo en una sola región; especialización para que alguien que haya estudiado criminalística no vaya a un cargo de escritorio; modificación del currículo formativo y especialización tecnológica para combatir los nuevos tipos de delito.
Para David Vargas, exmayor de Policía apartado de la institución luego de la huelga que desencadenó ‘febrero negro’, opinó que los planes de Moldiz eran los de “un esquizoide que ha creado en su mente una revolución de la cual es el paladín”. Vargas objeta la decisión de sacar a más de 5.000 policías a las calles sin un plan.
Vargas asegura que la Policía tenía mucha esperanza de mejores días cuando Morales llegó al poder, porque la institución siempre estuvo al lado de su pueblo, pero que no han experimentado demasiadas mejoras.
Con mayor autocrítica, el coronel en servicio pasivo Rolando Fernández asegura que se habla de reforma policial durante décadas, pero en realidad su institución prácticamente no ha cambiado desde su creación.
Cree que lo primero que se debe cambiar es la cuestión salarial, no solo a través de un sueldo digno para la Policía, sino mediante un plan de jubilación para que el efectivo retirado no se convierta en un pordiosero. Luego viene el resto: políticas de selección de personal, capacitación, equipamiento, introducción de ciencias modernas en el currículo y entrenamiento permanente y posgrados policiales de actualización, entre otros.
Fernández resume su planteamiento en una frase: “El Estado debe invertir en la Policía”. Vargas recuerda que el efectivo debe comprarse desde sus botas hasta su arma de reglamento y municiones: “Habría que preguntarles a los policías que dejaron ir a Belaunde si el arma que portaban se las dio el Estado y se la compraron ellos”, dijo.
Un cambio es posible
Volvió Carlos Romero, el ministro que sobrevivió a una huelga policial sin un muerto ni una baja obligada. Es un hombre respetado por la Policía, algo difícil de conseguir. Antes de postularse como candidato a senador por Santa Cruz, Romero dejó lista una nueva Ley Orgánica de la Policía, que en su interior tenía una reforma policial.
De vuelta a la oficina de la avenida Arce de La Paz, Romero habló brevemente con Moldiz sobre el plan de cinco años que había elaborado. Romero explica que su antecesor trabajó muy de cerca en la reforma con el ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana, para elaborar un plan de cuatro etapas y cinco años. En él se incluía un diagnóstico de la Policía, mayor interacción de Inteligencia policial y militar, modificar el currículo para incluir formación en valores y moral.
“Son conceptos muy generales y aún no he conocido el trabajo a detalle”, explicó Romero.
El exsenador ya tenía su plan de reforma, trabajado además con los policías, que incluía el potenciamiento de la formación cualitativa del uniformado, mayor estabilidad en el desempeño de sus funciones y formación posgradual. Sin embargo, la mayor revolución que planteaba Romero era la desconcentración territorial de la Policía.
Así tendrían sentido las Estaciones Policiales Integrales y la institución dejaría de ser una isla. A través de la asignación territorial de los efectivos, se coordinaría tanto con el Ministerio Público como con los jueces, con las casas judiciales y los vecinos, y habría presencia en ese mismo recinto de la Gobernación y la Alcaldía local.
Eso, según Romero, permitirá la coordinación multidisciplinaria y controles cruzados del trabajo de las instituciones encargadas de dar seguridad ciudadana.
Para el ministro, actualmente hay dos vertientes en la Policía, una empírica, que hereda los métodos de los tiempos de los gobiernos autoritarios, tendiente a mantener el orden público, Inteligencia política y con habilidades para la infiltración en las calles. La otra vertiente es más científica y emerge de la Escuela Nacional de Policía.
Cree que ambas tareas son importantes y complementarias y que se necesita modernizarlas, a través de tecnología de detección de huellas digitales, señalética y características biométricas de los que cometen delito.
Pero además un apoyo tecnológico importante, como vigilancia aérea integrada con el trabajo terrestre, cámaras de seguridad e información en línea de los movimiento de personas a través de aeropuertos, agencias de viajes y hoteles.
Además, Romero plantea la creación de escuelas básicas de policías en las ciudades intermedias. Esto no solo permitirá el crecimiento de la cantidad de efectivos, sino que pondrá en la calle uniformados que conozcan su territorio.
Este proyecto es visto con buenos ojos por los efectivos, que, según Vargas, ven a Romero como un ministro ‘empático con la institución”. Romero ríe cuando escucha la frase y asegura que lo único que ha hecho es trabajar con ellos y eso construye empatía y sinergias.
“Además, no hay que perder de vista que debajo del uniforme habita una persona. Hay también que canalizar sus preocupaciones y expectativas”, aconsejó.