A veces el prestigio pende de un huato


ECHALARAgustín Echalar AscarrunzLa amarrada de los huatos de Su Excelencia es un tremendo papelón, para él y para los masistas, puesto que ilustra exactamente lo contrario de lo que es el discurso gubernamental, y es extremadamente caricaturesca, porque una situación semejante simplemente no encuentra su igual desde que hay registros fotográficos, posiblemente en ninguna parte del mundo.Decir que el hombre que se arrodilló frente al Presidente para atarle los cachos fue humillado, es tal vez una exageración; decir que lo hizo por cariño es una sonsera. Tal vez lo hizo porque así está amaestrado, tal vez aprendió a comportarse así con sus superiores en un cuartel o, eventualmente, el ambiente de llunkerío alrededor del Primer Mandatario lo haya contaminado en forma extrema.Lo interesante de este cuadro es que ilumina precisamente eso, el llunkerío desmedido que rodea a un hombre que seguramente empezó su carrera política con buenas intenciones, pero que ahora lo que más le importa es quedarse en el poder. El problema de la lisonja a los poderosos es que no es como algunos de ellos creen, un acto de cariño. Es mucho más que eso. Aunque puede haber algo o mucho de afinidad, también hay temor y cálculo. Los poderosos terminan siendo prisioneros de sus entornos, aunque curiosamente estos entornos terminan viviendo con el gran temor de perder el favor del poderoso y no se atreven, aun cuando están conscientes de los despropósitos en los que éste cae, a tener una  voz discordante o de reflexión.La imagen del hombre arrodillado ante Evo dice mal del Presidente, que no se sintió invadido por un gesto de tanto «cariño” y no reaccionó oportunamente.  Pero dice peor de su entorno. Los que han salido a defenderlo muestran una obsecuencia ilimitada.Ahora bien, este acto de llunkerío no es ni de lejos el más penoso que hemos presenciado en estos años. Me viene a la memoria, por ejemplo, una hilera de libros que tienen, en realidad, una dosis  de mayor «cariño”: Evito y el mar, escrito por su exjefa de gabinete, o Jiliri irpiri, el gran conductor, de Eusebio Gironda, y otras publicaciones menos afortunadas de oscuros admiradores. Pienso en la película Los Insurgentes de Sanginés, en los discursos mesiánicos del Vicepresidente. Lo recuerdo preguntándose sobre la calidad del agua y de las montañas de Orinoca que hubieran producido un portento llamado Evo.El problema es que estos desagradables gestos de obsecuencia no son sólo eso, no es sólo mal gusto, sino que son parte del andamiaje de un sistema político que termina siendo altamente autoritario. A más laudes, menos capacidad de recibir críticas. Éstas, seguramente, son visitas ya sea como falta de «cariño” o, peor, en algunos casos, como actos de traición al proceso de cambio.La insistencia en la construcción de la carretera que cruzará el TIPNIS, la construcción del desproporcionado nuevo palacio de gobierno, que además ha destruido una esquina emblemática del centro antiguo de la sede de Gobierno, el extravagante avión presidencial, la canallesca persecución al magistrado Cusi muestran, ante todo, un comportamiento caprichoso. La carretera de marras  puede ser construida sin afectar el parque nacional, si no se insiste en conectar Villa Tunari  con el Beni. No se necesita un palacio tan grande y, además, se lo podría construir en un lugar más adecuado, y preservar lo que queda del casco viejo paceño. Un presidente de un país tan pobre puede tener un avión bueno, pero más acorde a su realidad.Evo pudo enmendar todos estos errores, cambiar los planes en los proyectos arriba descritos  o ahorrar en el avión o en sus autos, no variaban en nada el verdadero plan de su gobierno, pero simplemente no puede. Es lo mismo que le impide decir algo tan sencillo como que el gesto del llunku del momento le agarró de sorpresa y no atinó a evitar ese bochorno. Pero ni en detalles tan pequeños ha podido mostrar la grandeza de ofrecer una disculpa.Página Siete – La Paz