¿Inversionistas y ciudadanía despolitizada?


ERIKAErika Brockmann QuirogaCuando aun flota en el aire la advertencia vicepresidencial de cancelar las personerías jurídicas y de expulsar a las ONG que hagan política y de proclamar al capitalismo como el cáncer de la Madre Tierra, el presidente Morales desde Nueva York, ciudad luz del capitalismo global, nos sorprendía al invitar a los empresarios a confiar en Bolivia, a ganar dinero siempre y cuando no conspiren ni hagan política. Pareciera que para su excelencia conspirar y hacer política son sinónimos. Paralelamente en las redes sociales, las diversas voces ciudadanas críticas a la re-re-reelección presidencial anunciaban campañas de ciudadanos apolíticos y sin políticos, es decir, libres de todo mal y estigma.¿No es acaso hacer política y ejercer nuestros derechos constitucionales el incidir, cuestionar, asociarse a agrupaciones sean o no partidarias, a proponer políticas públicas a favor de las mujeres, los niños, los pueblos indígenas, el medioambiente y del empleo digno cada vez más precario e informal? Si esto y mucho más no tienen que ver con el pensar y hacer política, ¿qué es? ¿Conspirar? Intuyo que detrás de estos mensajes contradictorios emitidos en escenarios surrealistas se esconden aspectos clave que explican el éxito y el récord histórico de permanencia de Evo Morales en la silla presidencial.Me explico. Me refiero a la tolerancia social cotidiana, a la disonancia o bipolaridad discursiva de los poderosos, por un lado, y, por otro, a la estigmatización de la política, lo político y por ende al culto de una ciudadanía despolitizada. Bajo estas condiciones concedemos al MAS el monopolio de su ejercicio, de asumirse el único moral e históricamente habilitado para usar y abusar del poder que la política le confiere en todos los espacios e intersticios donde la marea azul y su propaganda ha penetrado.Las sucesivas victorias del oficialismo no descansan en el 30% de votos militantes, casi religiosos de las organizaciones sociales o campesinas, de colonizadores y cocaleros eufemísticamente bautizados como interculturales. Es la combinación de pragmatismo, tolerancia, indiferencia y miedo de indecisos y no afines al MAS, la que paradójicamente sostiene su hegemonía. El evismo agradece a los que desterraron la política y se avergüenzan de ejercerla a los que visceral y religiosamente se le oponen.Concluyo parafraseando a Joan Pratt que la mala política no se reemplaza con ‘movimientos sociales’ ni con líderes providenciales, sino -ante todo- con ‘buena y mejor política’. La política sin hacedores políticos, sin ciudadanos conscientes de sus derechos es como el café descafeinado. Esta reflexión apenas ha comenzado.El Deber – Santa Cruz