Esa perversa resignación dóxica a las urnas


ERICK OKErick Fajardo PozoLa Doxa son los sentidos comunes, las grandes verdades de una sociedad, esas “certezas absolutas” que nadie discute. Nuestra confianza en las urnas, en los procesos electorales administrados por el estado, cual rito de pasaje a la democracia es – vaya paradoja – precisamente la sumisión dóxica que nos costó la  democracia.Según Pierre Bourdieu, lo dóxico son esquemas mentales no reflexivos y más bien reflejos, reproducidos mecánica y cotidianamente como hábitos, bajo el razonamiento de que la ciencia y la práctica institucionalizada los declaró “probados” y “legítimos”. La Doxa es la acción no racional basada en ese imperio perverso del sentido común.Asumir que la democracia es reducible, en esencia, al verificativo electoral y a la inapelabilidad de sus resultados, encierra un enorme conjunto secuencial de esquemas dóxicos que nos han hecho obviar que la reproducción del sistema democrático es un proceso inscrito en una complejidad que rebasa los mecanismos institucionales de consulta y cuantificación de la opinión política.No de otra manera podríamos explicar Bolivia, un país que ha vivido toda su vida democrática en desconocimiento de que la voluntad del pueblo no es una circunstancia reducible a un relevamiento estadístico. Y menos que nunca durante el pasado decenio de intervención de los sistemas estadísticos y entidades autárquicas de regulación y control por el Ejecutivo – en particular el INE, Registro Cívico y el TSE –, en que desde la habilitación de sufragantes hasta el cómputo de resultados se parece más a un acto de prestidigitación que a un verificativo.En la era Smartmatic (sistema informático electoral de Hugo Chávez que Antonio Costas introdujo al Tribunal Electoral) las urnas son la caja de trucos de un ilusionista y la estadística la baraja de un prestidigitador.El principio de transparencia del sufragio de la democracia griega estaba basado en un acto simple pero absoluto: el ánfora de barro se abría y permanecía en un mismo sitio, a la vista de jurados y sufragantes, hasta la hora del recuento. El principio del ilusionismo es lo opuesto: La caja de Hounidi da siempre una coqueta vuelta; siempre se esconde, aunque por un imperceptible segundo, tras una cortina.Etimológicamente hablando, estadística y opinión son conceptos no contingentes. La estadística (del latín stat), es un mecanismo para capturar el estado de la realidad. Pero de entre todos los aspectos de la realidad de que puede dar cuenta, el estado de la opinión es el más volátil y cambiante.Y si bien la estadística puede servir al propósito de conocer la manera de pensar de una comunidad política, en determinado periodo de la historia, y puede permitir actuar en consecuencia, con el pasar de las horas y días esa opinión se va modificando, fluctuando, al estímulo de la realidad.La estadística entonces es útil para asumir decisiones, pero no puede servir para consignar la soberanía del pueblo a un representante por periodos prolongados de tiempo, al menos no sin la posibilidad de revisar esa consignación de autoridad y mandato, de acompañar y limitar sus decisiones críticas, de manera permanente y continua. La opinión es por naturaleza dinámica, cambiante, compleja, y la estadística no logra capturar esa mutante complejidad, salvo por instantes.Irónicamente en Bolivia los paradigmas, los sentidos comunes, son casi perennes, casi inmutables de prolongados, el Índice de Predisposición al Cambio 2015, que sitúa a Bolivia en el puesto 106 de entre 127 países con menor disposición a cambiar estructuras políticas, es una muestra de nuestro arraigo a los sentidos comunes. El más nefasto de ellos: que los procesos de ilusionismo estadístico, de prestidigitación informática, siguen siendo la garantía de la democracia, cuando son el mecanismo con el que nos la han enajenado.Hemos reelegido al presidente que privatizó el sector estratégico productivo nacional, y re-ungido por las urnas al protagonista de la dictadura más prolongada y cruel de la historia boliviana. Para nada extrañaría si aceptásemos, por resignación dóxica, que se minimice el rechazo o que incluso se le conceda una adenda al oprobioso decenio cocalero, sustentada en el insostenible presupuesto de que la estadística del Tribunal Electoral es garantía de democracia.El Día – Santa Cruz