Perú: la segunda vuelta

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Álvaro Vargas Llosa

Qué no daríamos muchos liberales por tener una candidata en el Perú parecida a Verónika Mendoza, la portaestandarte de la izquierda que ha resultado una de las figuras de la primera vuelta electoral. Difícil encontrar una combinación más atractiva de atributos, desde su origen mixto y su buen hablar hasta su simpatía y su juventud, pasando por una cabeza en la que caben ideas. Lástima que esta candidata que ha devuelto a la izquierda una representación política de la que carecía desde hace décadas tenga tanta dificultad en dar el salto definitivo a la modernidad que han dado otros de su estirpe.

Lo que hagan o dejen de hacer los votantes de Verónika será determinante para el resultado de la segunda vuelta electoral. No es nada seguro que ella tenga capacidad de “endoso”, algo que ningún líder con excepción de Haya de la Torre (del Apra) tuvo en la política peruana en un siglo. Pero sí es seguro que si no hace un esfuerzo por inclinar la balanza, Pedro Pablo Kuzcynski tendrá dificultades insuperables para derrotar a Keiko Fujimori.

Incluso si los votos de la candidata del Frente Amplio, muchos de ellos en zonas mineras clave para el país, fueran a parar a PPK, no bastarían. Necesita la mayoría de los que obtuvieron Alfredo Barnechea y Alan García (y/o que muchos que votaron en blanco o anularon el voto recuperen la fe).

Pero estos no son el problema de PPK, sino los de la izquierda. Ella ve en él a un enemigo de clase, origen e ideología, al punto que sus voceros delatan una dificultad para distinguir entre el fujimorismo, a pesar de todo lo sucedido en los años 90, y el rival de Keiko en la segunda vuelta. Así de largo es el puente que tendría que cruzar la izquierda peruana para dar a PPK el grueso de la victoria el 5 de junio.

La única vez en que la izquierda estuvo en un predicamento semejante fue 1990, cuando su aversión a lo que representaba Mario Vargas Llosa la llevó a volcarse con Alberto Fujimori, a pesar de que la información que vio la luz en la segunda vuelta apuntaba a un enorme riesgo si el dark horse, como se conoce en Estados Unidos a quienes surgen de forma imprevista, lograba la hazaña.

La ironía de esto es que PPK no se ha reconocido nunca como un hombre de derecha y mucho menos ha tragado el fuego de la ideología. Los dos gobiernos a los que sirvió como ministro -el de Belaunde y el de Toledo- fueron “centristas” más que derechistas. Su apoyo a Fujimori en la segunda vuelta de 2011 fue un grueso error de los que está llena la política, dictado por el miedo a Ollanta Humala que se apoderó de la elite peruana en esos días encendidos.

La mayoría absoluta de que gozará el fujimorismo en el Congreso -una representación muy superior a la que habían anticipado las encuestas o la imaginación del más afiebrada- indican que un triunfo de Keiko, indudable favorita a estas alturas, pondrá en manos de los herederos de los años 90 un poder colosal. Colosal porque no hay mayorías absolutas en el Perú desde 1995, en pleno régimen autoritario, porque las instituciones de contrapeso son frágiles y porque muchos de los congresistas electos exhalan ya un vaho de poder que contrasta con las expresiones más prudentes de la candidata.

¿Pesará más en la izquierda peruana la enemistad contra PPK que el temor a facilitar la concentración de poder que supondría tener a Keiko en el gobierno escoltada por un juggernaut parlamentario? De la respuesta dependerá en parte la jornada del 5 de junio.

La Tercera – Chile

 

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