
Al cumplirse 25 años del estreno de ‘El Silencio de los corderos’, el actor repasa su carrera

Es un momento para contar verdades. Como que su inspiración para ser lo que Richard Attenborough describió como “sin lugar a dudas uno de los mejores actores de su generación” fue su compatriota Richard Burton. Pero no tanto, o no solo, por las dotes artísticas de ese otro galés sino por el Jaguar y la altanería del marido de Liz Taylor. “Fue la inseguridad y el sentimiento de ser la última mierda que tuve cuando le pedí un autógrafo lo que me dio la furia para saber que un día me vengaría”, admite hoy el intérprete. Habla de cuando tenía 15 años y era el hijo del panadero de Port Talbot (ciudad portuaria del sur de Gales), la burla del colegio y un joven de quien su tío decía: “Anthony tiene una cabeza muy grande con poca sustancia”.Burton le dio la furia y la visión de su Jaguar, la vía de escape, el deseo de marcharse primero a Londres y finalmente a Hollywood, donde ahora reside. Lecter y sus otras tres candidaturas al Oscar con Lo que queda del día (1993), Nixon (1995) y Amistad (1997), además de su título de caballero, fueron su venganza pero incluso en estos tiempos de nostalgia no le gusta alardear. “Intento pasar de Hannibal”, dice de un papel que retomó en otras dos ocasiones. “El silencio de los corderos nos salió bien pero he hecho más cosas. Unas buenas y otras no tanto. No vivo con Hannibal Lecter. Nunca lo hice”, resume.Como recuerda Colin Callender, productor de su último trabajo televisivo (El ayuda de cámara), es mejor preguntarle por sus años en el teatro. “Recuerdo mis días con Laurence Olivier y Albert Finney, con Maggie Smith y Joan Plowright. Días duros que ahora revivo sin dolor”, cuenta sobre sus comienzos sin preguntarle si quiera por sus primeros trabajos sobre las tablas. Se sonríe pensando en la impaciencia de Olivier y en la rebeldía de Smith. También recuerda a la Katharine Hepburn que conoció en El león de invierno (1968), a quien describe como “una suela dura de roer”. Y, por supuesto, las continuas anécdotas de un Burton que, enamorado de la obra de Picasso, quiso conocer en persona al pintor malagueño e invitarle a comer. “Picasso escogió Maxim’s en París y apareció con su séquito de amigos. Burton entonces no tenía tanto dinero ni hablaba español. Picasso no se manejaba en inglés. Pero cuando llegó la cuenta y a Richard le entraron los sudores, Picasso le detuvo y pagó con un garabato en la servilleta”, rememora.

Historias tiene de todos los colores, desde ese primer cheque “por 10 libras y 50 chelines” (unos 25 euros actuales) que cobró como actor en 1963 y que se gastó en cervezas; de la primera vez que salió a un escenario sustituyendo a Olivier en La danza de la muerte —“cuando les quería decir a todos desde el escenario que se fueran a casa porque conmigo eso no iba a funcionar”, recuerda—; de lo fácil que lo hacía todo James Ivory en sus rodajes. Al único que idolatra es a sir Laurence, el actor de actores. Quizá porque fue quien le dio la máxima por la que Hopkins ha regido su vida: para triunfar hay que entrar a matar.“No hace falta ser un monstruo pero tienes que ir a por todas. Aunque para ello te tengas que comer el miedo. Eso nunca se pasa. Lo importante es no dejar que el miedo te pueda”, resume del espíritu con el que ha defendido sus batallas. Por salir victorioso Anthony Hopkins hasta acabó con uno de esos demonios ante el que muchos, como el propio Burton, sucumben. “Demonio es una palabra demasiado fuerte pero es cierto que el alcoholismo y la adicción son problemas complejos”, admite alguien sobrio desde hace más de 40 años. “Todos luchamos en esta gran batalla que es la vida y lo importante es seguir manteniendo la pasión”.
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Fuente: elpais.com