El rostro tierno de Amalia


La crítica periodista se olvida del micrófono…
Se desnuda y habla de sus grandes amores, pasiones y de sus desencantos

madre mimosa es mamá de josé manuel barrios (30) y abuela de kiara (6), a quien cría como a una hija y con la que comparte su  día a día
Madre mimosa es mamá de José Manuel Barrios (30) y abuela de Kiara (6), a quien cría como a una hija y con la que comparte su día a día
un amor  entrañable manuel es el más  grande amor de su vida; son inseparables y la relación que ambos tienen es entrañable
Un amor entrañable Manuel es el más grande amor de su vida; son inseparables y la relación que ambos tienen es entrañable
Su pequeña nieta  la ha rejuvenecido Hace poco menos de seis años que Kiara, su nieta, vive con Amalia. Para ella es lo más hermoso que le pudo pasar en estos últimos años. Con la niña ha vuelto a disfrutar de la maternidad.
Su pequeña nieta la ha rejuvenecidoHace poco menos de seis años que Kiara, su nieta, vive con Amalia. Para ella es lo más hermoso que le pudo pasar en estos últimos años. Con la niña ha vuelto a disfrutar de la maternidad.
Ama y cuida de sus plantas Donde tiene su departamento, hay un hermoso jardín lleno de flores que da la bienvenida. Pero dentro de su casa cuenta con varias macetas con bellísimos helechos colgantes y plantas a las que cuida y riega a diario con mucho amo
Ama y cuida de sus plantasDonde tiene su departamento, hay un hermoso jardín lleno de flores que da la bienvenida. Pero dentro de su casa cuenta con varias macetas con bellísimos helechos colgantes y plantas a las que cuida y riega a diario con mucho amor.
Con su gran equipo de  trabajo El programa Cabildeo lo realiza en coordinación con Roxana Lizárraga y otras seis personas más, quienes se sienten orgullosas de tener una jefa como Amalia.
Con su gran equipo de trabajoEl programa Cabildeo lo realiza en coordinación con Roxana Lizárraga y otras seis personas más, quienes se sienten orgullosas de tener una jefa como Amalia.

Alicia Bress Perrogón



El día de Amalia Pando Vega (63) comienza antes de las 6:00. Se levanta y prepara la comida para Blue, su perro consentido, y el desayuno para Kiara (6), su nieta a la que cría como a una hija y con la que vive desde que era una bebé. Salen juntas de su casa, situada en el barrio Vergel, de la zona Sur de La Paz, hasta el colegio de la pequeña.

La deja y camina un poco para tomar el minibús que la transportará hasta el campo ferial en La Ceja (El Alto), donde está la radio Líder, y desde una pequeña cabina, no deja que acallen su voz, a través de su programa Cabildeo, que se emite de lunes a viernes, de 9:00 a 12:00.
Apenas acaba el programa se toma unos minutos para planificar con su equipo de trabajo. Sale junto con su coordinadora, Roxana Lizárraga, toma un microbús que la lleva hasta la estación central del teleférico amarillo y luego enlaza con el verde para llegar hasta el Automóvil Club donde almuerza a diario.

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“Acá estoy en el ‘exilio’ y este largo trayecto es el que hago a diario, no sé hasta cuándo. Lamentablemente, estamos trabajando en condiciones heroicas porque no recibimos ningún rédito. Mi programa no cuenta con ningún tipo de publicidad debido a que las empresas no quieren pleitos con el Gobierno, que nos ha condenado a una asfixia económica”, afirma, mientras nos expresa su felicitación porque es el Día del Periodista boliviano y dice que espera mejores tiempos para el gremio.

Nunca aprendió a manejar ni lo hará, asegura, porque tiene miedo de chocarse o que la choquen y lastimar a alguien. “Prefiero subir a un taxi o al teleférico y así estar tranquila. Además, si mis llaves nunca las encuentro y cuando pierdo mis bolígrafos no puedo dormir, ¿Te imaginas qué pasaría con un auto? Soy muy volada. Me olvido de todo”, dice entre risas.

  

Con su gran equipo de  trabajo El programa Cabildeo lo realiza en coordinación con Roxana Lizárraga y otras seis personas más, quienes se sienten orgullosas de tener una jefa como Amalia.

Con su gran equipo de trabajoEl programa Cabildeo lo realiza en coordinación con Roxana Lizárraga y otras seis personas más, quienes se sienten orgullosas de tener una jefa como Amalia.

La ternura de Amalia
La Amalia de la línea crítica, cuyo nombre está asociado a inteligencia, y sagacidad, pero también a ironía en sus entrevistas, es considerada una de las periodistas más relevantes e ifluyentes de esta época y una de las comunicadoras con mayor audiencia radial.

Aparenta ser una mujer dura y es todo lo contrario, amable, amorosa, dulce y cariñosa. Apenas llega al restaurante su hijo, José Manuel Barrios Pando (30), lo recibe con mucho amor y se lo expresa no solo con palabras sino también con besos y abrazos. “Él es mi máximo galardón, mi premio y mi título como periodista, ya que nació tras que terminé la carrera en la Universidad Católica Boliviana, en La Paz”, cuenta.

Se sirve un plato de ensalada y encarga sajta de pollo. Pide a Rafaelito, el mozo que la atiende siempre, que le ponga mucha cebolla y ‘picantito’, porque le encantan las comidas con bastante ají. Entre sus platos favoritos están el choclo con quesillo y las ensaladas con palta. Mientras almuerza, algunas personas se le acercan para decirle que siga adelante, que tiene el apoyo de su pueblo.

La charla durante el almuerzo, con Amalia y Manuel, fue muy entretenida. Escuchar de sus luchas, sus historias y aventuras de niña, en Cochabamba, y de joven, en Chile, donde estudió Comunicación o en Suecia, donde se fue exiliada por defender con uñas y dientes su ideología socialista, o en Colombia, donde vivió con su exesposo, Rolf, y ejerció el periodismo combatiente en la misma redacción con la escritora y periodista colombiana Laura Restrepo.

Al terminar, un taxi nos lleva a su casa. Su departamento es acogedor y demuestra la sencillez de su dueña. Blue, su perro negro con una pañoleta roja en el cuello, nos recibe y menea la cola con insistencia, esperando su salida diaria a la calle. Lo lleva unos minutos y retorna para seguir con la entrevista, ya en el comedor de diario de su cocina, que es su rincón favorito. Kiara no está. Le tocó a su abuelo llevarla de paseo.

La casa está un poco desordenada porque no le da el tiempo de arreglarla antes de salir, recién lo hace al retornar, pasadas las 14 horas. Los muebles tienen un toque antiguo. Un estante lleno de libros da la bienvenida. Sus novelas favoritas son las policiales y ahora está leyendo El crimen del lago, del autor chino Qiu Xiaolong. Cuadros, fotos familiares, alfombras y figuras de gatos están distribuidos por toda la casa y algunas macetas. Incluso el baño tiene el toque de Amalia con varios cuadros y adornos.

“Leo mucho y me encantan las novelas policiales. Es una literatura muy particular. En el mundo habemos gente que tenemos esta casi obsesión por la literatura policial porque creo que como periodistas tenemos mucho de detectives”, confiesa. Aconseja leer todo lo que les guste, pero nunca quieran incentivar la lectura en los niños con Don Quijote, porque harán que no lo disfruten. “Aquí el resultado”, dice por Manuel, al que no le gusta la lectura.

Por las tardes, una vez que ha puesto orden su casa y realizado todas las labores domésticas, le gusta sentarse frente a su computadora con su taza de té o de café para ver las redes sociales y responder sus correos. No le gusta la tecnología, odia el celular, pero sabe que es necesario para su trabajo. “No me gusta, pero me adapto, hasta con el WhatsApp, que es una locura”.

Vivencias de niña
Amalia nació en La Paz, en el hogar de los esposos, Elsa Vega y Edmundo Pando, que completaban sus hermanos que la llevaban con diez y cinco años, Martha y Joaquín. A los pocos meses de nacida, debido al divorcio de sus padres, su mamá la dejó con su abuela materna, Lola, en Cochabamba, que la crió hasta sus seis años, cuando su papá fue a recogerla.

“Tengo los más hermosos recuerdos de mi niñez. No me acuerdo de amarguras, a pesar del divorcio de mis padres. En Cochabamba vivíamos en esas casas clásicas como de pinturitas de acuarela, blancas y con techo colonial, con jardines, patios, huertos y árboles frutales. Fue una época muy linda. Tuve una niñez fantástica, siempre en los brazos de mi abuela y mimada por mis tías y primas hasta que mi papá me fue a buscar y me trajo a La Paz”, cuenta.

Afirma que su padre fue su más grande amor. Se crió casi como hija única, ya que sus hermanos la llevaban con diez y cinco años, por lo que era su consentida. Los domingos eran sus días favoritos. Iba a almorzar a los mejores restaurantes y también al cine y como no había televisión, su papá siempre le compraba sus revistas preferidas. “Quizá no fue un buen esposo, porque era un hombre de muchos amores, pero sí fue un gran padre, como ninguno. Si bien se divorciaron, él jamás penso en volverse a casar ni dejó de ir a vernos a diario. Mi mamá era su mujer y nosotros sus hijos. De viejo volvió a la casa”, rememora.

Los días más tristes de su vida precisamente están asociados a la pérdida de sus padres. Don Edmundo murió hace 25 años y doña Elsa, cinco. “La muerte de mi madre fue un golpe brutal. Sentí más su ausencia que la de mi papá. Aunque en vida peleaba mucho con ella y era más apegada a mi padre, sus últimos años mi mami sufrió de algo parecido al Alzheimer y me tocó atenderla. Ese periodo que podría ser durísimo, significó un acercamiento tan profundo.

La extraño terriblemente y siempre le pongo velitas”, narra con un dejo de tristeza.
Otros momentos sombríos en su vida tienen que ver con la despedida de PAT, porque fue como una ruptura matrimonial con Carlos Mesa, que era su más entrañable amigo y aunque la amistad persiste, no volvió a ser lo mismo.

Su pequeña nieta  la ha rejuvenecido Hace poco menos de seis años que Kiara, su nieta, vive con Amalia. Para ella es lo más hermoso que le pudo pasar en estos últimos años. Con la niña ha vuelto a disfrutar de la maternidad.

Su pequeña nieta la ha rejuvenecidoHace poco menos de seis años que Kiara, su nieta, vive con Amalia. Para ella es lo más hermoso que le pudo pasar en estos últimos años. Con la niña ha vuelto a disfrutar de la maternidad.

Juventud imperdible
Su juventud, dice, fue imperdible porque era libre, independiente y soberana. Disfrutó mucho de la vida política y de los grandes debates ideológicos. Era una época en la que se discutía si se imponía la revolución por las armas o por la vía democrática. Estuvo presa en Oruro por defender sus ideales revolucionarios y trotskistas. Eso sí, aclara, nunca fue guerrillera.

Como hija, dice que fue de lo peor, una gran revolucionaria, que ponía en aprietos a sus padres. Su madre la sacaba de todos los problemas en los que se metía, porque era de armas tomar, pero quien la apoyaba y secundaba en todas sus locuras de juventud, era su padre. Él la llevaba a los conciertos de rock y también salía con ella y su amiga, Sonia Montaño, a las 5:00 a pegar afiches de Domitila Chungara y Casiano Amurrio. Tenían una relación estrechísima, de amigos.

Los conciertos de rock eran una cita obligada, pero nunca pisó una discoteca. No le gusta ese ambiente, ya que no toma bebidas alcohólicas y en su criterio a esos lugares se va a beber.
“Soy de esa generación de mujeres militantes a las que nos parecía horroroso ir a una discoteca a mostrar el cuerpo. Yo era más bien de formación intelectual y ruda en todo aspecto, hasta en el vestir, lo más asexual posible. Ahora, de vieja, sigo igual. Me gustan las guitarreadas, para cantar, chacotear, reír y charlar, sin esa bulla que te impide conversar”, indica.

Fue una mala estudiante. Muy vaga, según sus propias palabras. Como sus padres trabajaban todo el día y no había quién le eche una mirada para ver si hacía o no las tareas; tampoco estudiaba. ¿Cómo pasaba de año? Por los golpes militares. Si no era por eso, asevera que nunca se hubiese graduado del colegio, de donde salió a los 16. Pero ya en la universidad decidió ponerse las pilas en serio.

Se casó sin avisar
Como todo en su vida fue alocado, a sus 20 años, sin decirle nada a su familia, se casó en Suecia. Cuando le escribió a su madre para avisarle, esta primero no le creyó, pero luego terminó comprándole una línea telefónica, la misma que registró con su nuevo apellido impronunciable de casada, como ella lo califica.

“Me casé un día cualquiera de trabajo, pedimos permiso, nos encontramos en la notaría con Rolf, firmamos y luego cada uno volvió a sus labores. Despúes decidimos irnos a Colombia donde estuvimos tres años, Rolf no aguantó la dura realidad y volvió a su país. Yo me vine a Bolivia, cuando la dictadura se estaba desportillando. Nos divorciamos por correo. Me envió un formulario, lo firmé, se lo envié y pusimos punto final a esa historia. Fue fácil porque no teníamos hijos”.

Después tuvo otros amores y aunque es un poco cauta para hablar de su vida amorosa, dice que tuvo algunos novios, pero solo una relación que duró 13 años y que hace poco terminó. “He amado varias veces, pero por suerte el amor se esfuma (risas). Es difícil la vida en pareja porque alguien siempre tiene que ceder. En mi última relación aposté todas mis fichas y perdí. Ahora teniendo 63 años, ¿cuánto tiempo más me queda de vida activa por delante? Entonces, quiero pensar en mí y no ceder en nada ni con nadie. Solo quiero hacer feliz a Manuel, a Kiara y a Blue”.

Es una mamá dulce y cariñosa
Lo que más ha disfrutado en su vida es la maternidad. Desde el primer instante en que supo que estaba embarazada, se sintió la mujer más feliz. Es una mamá en todo el sentido de la palabra. Adora mimar, adular, consentir y atender a Manuel, a Kiara y a Blue, que hoy por hoy, son el centro de su vida. Ahora con su nieta está volviendo a disfrutar de la ternura de volver a criar.

Señala que la llegada de su nieta ha sido una bendición en su vida, aunque ya está un poco vieja, cuesta más y es difícil, pero disfruta al máximo de la compañía de la niña, que es su chochera más grande.
“Soy muy consentidora. Una vez le dije no a Manuel; las restantes tres millones de batallas, me las ganó. Hice todo lo que quiso. Me pidió pintarse el cabello de rojo, lo llevé, quedó medio rosado, feo para un hombre, entonces cambiamos a amarillo (risas). Luego quiso el estilo mohicano y lo tuvo. Mi padre fue así conmigo y sé que si algún día Manuel tiene un hijo, aunque dice que no, será igual. Con la nena soy aún más. Los domingos la llevo al zoológico, al parque, a la piscina o al cine. Hago todo lo que me pide y le doy lo que quiere”.

Manuel agrega que aunque como periodista aparenta ser una mujer dura, como mamá es de lo más dulce y tierna, con muchos valores y un tanto liberal. “Quizá fue un poco conservadora hasta mis 18 años. Aprendí a trabajar con ella porque me crié entre las cabinas de radio y el set de televisión. Nunca me dijo que haga una tarea y eso me gustaba. Me enseñó la responsabilidad, a valorar el trabajo y también a amar la buena vida, como mi abuelo lo hizo con ella, relata.

En criterio de Amalia, la interpretación de su hijo no es tan dura, pero a ella le dolió muchísimo no poder ayudarlo con sus tareas, pasar días enteros trabajando, llegar a su casa y encontrar a Manuel durmiendo.
“Es que hay dos escenarios”, acota Manuel, uno era cuando él quería quedarse en casa y otro cuando se iba a la oficina con su mamá, que era la mayoría de las veces. Entonces Amalia terminaba de trabajar y salían a comer o al cine. “Era una belleza, no nos perdíamos una película. Además, yo participaba hasta de las marchas de protesta con ella”, refiere.

Otra cosa que disfrutaron juntos fueron los viajes, ya sea de placer o por trabajo, Manuel estuvo en todos los lugares que Amalia visitó. “Jamás lo dejaba. Iba conmigo porque era mi sonidista, a tal punto que estudió Ingeniería de sonido y luego Arquitectura. Fue mi gran compañero”, apunta.

Para Amalia fue una maravilla criar sola a su hijo, porque no tuvo que discutir con nadie ninguna decisión que tomó en su formación y aclara que no es porque su papá lo haya abandonado, sino porque vive hace muchísimos años en Suecia, adonde Manuel ha viajado algunas veces.
Entre otras cosas, Amalia era una fumadora empedernida desde joven, pero cuando supo que estaba esperando un hijo, ese fue el último día que agarró un cigarro. Ahora su único ‘vicio’ es leer, escuchar tangos y tomar té o café, el que ella con sus propias manos cosecha en su quinta de Coroico, adonde se va cada 15 días con Manuel y Kiara.

Allá tiene plantaciones de café, de mandarinas y de muchos otros árboles frutales que adora. No siembra nada para vender, sino para su consumo y para regalar a sus amigos. “Es mi lugar favorito para desenchufarme del mundo desde el viernes al domingo. Me voy a relajarme, escuchar mis tangos, ver películas y series policiacas y hacer asados. Me encanta disfrutar del sol, de la cara al aire libre y de olvidarme de todo. Allá trabajo la tierra con mis propias manos, por eso tengo mis dedos un tanto agrietados y mis uñas partidas”.

Ama y cuida de sus plantas Donde tiene su departamento, hay un hermoso jardín lleno de flores que da la bienvenida. Pero dentro de su casa cuenta con varias macetas con bellísimos helechos colgantes y plantas a las que cuida y riega a diario con mucho amo

Ama y cuida de sus plantasDonde tiene su departamento, hay un hermoso jardín lleno de flores que da la bienvenida. Pero dentro de su casa cuenta con varias macetas con bellísimos helechos colgantes y plantas a las que cuida y riega a diario con mucho amor.

Una mujer sin maquillaje
¿Teñirse el pelo, maquillarse o pintarse las uñas? Lo mínimo indispensable y cuando es necesario. A diario solo se pone delineador en los ojos y brillo en los labios. A la peluquería va una vez al mes o cuando ve que sus canas ya se notan y es una grosería que su cabello, que tiene unos ‘hight ligth’, esté deslucido y sin forma.

“Ahí recién me rindo y voy donde Juan Carlos, mi peluquero de toda la vida y me hago de todo, desde el pelo hasta las uñas, aunque prefiero no tener las uñas pintadas porque como lavo, cocino, plancho y hago los quehaceres en mi casa, me duran solo ese día y es horrible tenerlas a medio pintar”, expresa.

De joven tenía el pelo bien largo, pero hace ya varios años que en ella es una peculiaridad la melena corta. Decidió usarla así desde que una estilista le chamuscó el cabello con la plancha, cuando acudía a diario al salón porque era presentadora de televisión. Hasta ahora se explica cómo aguantan las mujeres tantas horas en una peluquería.

La moda la incomoda
Amalia siempre viste de jeans y polera, con una chompa o saco encima, si el clima lo amerita. Solo innova con las tonalidades en sus pantalones. Si no es el celeste, es el azul, bromea. ¿Vestidos? Jamás. No recuerda haberse puesto uno hace varias décadas ya. En su guardarropa simplemente tiene un par de faldas que, según dice, ya están apolillándose.
“Soy un cero a la izquierda en cuestión de moda. Kiara, es una damita que gusta de los vestidos y un día mirando una vitrina con varias maniquís que vestían faldas y vestidos, me dijo: ‘Mami, cuando te vistas de mujercita yo te voy a comprar esos’. Vale decir nunca”, relata entre risas.

Dice que debido a que su programa no cuenta con una sola publicidad, por el ahogo del Gobierno que la tiene entre ceja y ceja, ahora vive solo con su renta de vejez de Bs 3.000 y con la ayuda que le brinda su hijo.
“Vivo austeramente; con decirte que hace mucho que no me compro ni un jeans, pero he logrado ajustarme a todo, y si bien me di mis gustos, aprendí de mi madre a ser ahorrativa para los tiempos de vacas flacas. En líneas generales, puedo decir que he tenido una buena vida”, concluye

Fuente: eldeber.com.bo