Emilio Martínez Cardona*Artículo publicado en Percontari, revista del Colegio Abierto de FilosofíaCoincidencia entre autores disímiles: tanto para Friedrich Nietzsche como para Karl Popper, la cuestión esencial a resolver en el mundo social es la disyuntiva entre el individuo y la tribu, entre el hombre libre y las diversas variantes del colectivismo.La intuición nos parece correcta e insinúa el parte-aguas fundamental entre los seguidores del neo-tribalismo, encarnado en un multiforme estatismo, y los defensores de los derechos individuales.En buena medida, los neo-tribalistas han buscado polarizar la batalla entre sus dos grandes variantes: la socialista-clasista (marxismo) y la socialista-nacionalista (fascismo), posiblemente con la intención de invisibilizar a las corrientes liberales o libertarias que plantean la crítica del Estado omnímodo.De ahí que para los marxistas los partidarios de la economía libre sean “fascistas” y que para los ultra-nacionalistas el liberalismo sólo sea “la antesala de la revolución”.Volviendo al eje conceptual del poder, la divergencia principal sería entre quienes buscan darle mayores armas y herramientas al Leviatán estatal y los que procuran empoderar al ciudadano, el individuo educado para la convivencia republicana.Un problema frecuente planteado por las izquierdas es el de los poderes fácticos, a los que ven como malformaciones creadas espontáneamente por el malvado mercado capitalista y contra los cuales postulan la construcción de un “Estado justiciero” como freno.Sin embargo, la experiencia histórica indica que esto es una falacia, toda vez que los poderes fácticos abusivos suelen ser el resultado de la connivencia entre un empresariado incapaz de competir libremente y una burocracia corrupta, alianza que perpetra en conjunto un “capitalismo de amigos” o de camarilla que distorsiona seriamente la economía de mercado.Contra estos poderes fácticos para-estatales la mejor arma sigue siendo la desregulación y no la concesión de nuevos instrumentos al sector público.Hablemos finalmente de la actitud ante el poder que corresponde a quienes la modernidad ha llamado intelectuales y que la antigüedad denominó clérigos, para usar la terminología de Julien Benda. Productor por antonomasia de discurso, el intelectual tiene en sus manos la decisión capital de convertirse en mandarín (consejero, justificador y cómplice del monarca) o en vanguardia del contrapoder.Advirtamos aquí sobre la vieja tentación del despotismo ilustrado, la idea errónea de que el tirano puede ser conducido y domesticado por el filósofo o el literato. Tentación que acabó mal en los casos de Platón en Siracusa, de Voltaire con Federico el Grande y de García Márquez con Fidel Castro.*Escritor, periodista y ensayista. Premio de Literatura de Montevideo y Premio Nacional de Literatura “Santa Cruz de la Sierra”. Autor de “Ciudadano X” y “De Orwell a Vargas Llosa”.Ver también: Revista del Colegio de Filosofía reflexiona sobre el poder