Norah Soruco de SalvatierraCada vez que un problema social o tragedia nos golpea, volcamos la mirada hacia nuestra falta de educación y nos desalentamos si la visualizamos como un proceso de largo plazo; vale decir, tener que esperar a las nuevas generaciones para anticipar soluciones.Es preocupante la supresión en la educación formal de las asignaturas formativas, del amor a la identidad, al terruño, a sus instituciones, a sus símbolos; el respeto a los derechos del otro, a la libertad y a la diversidad; el cuidado propio y del ambiente, las normas de urbanidad y la sana convivencia. Pero más grave aún son las corrientes que, a título de descolonización o liberación, inducen a romper las normas, dando cabida, en último término, al caos, la violencia y el delito.La pérdida de autoridad y respeto en casi todos los ámbitos, que nos mantienen en vilo por marchas, bloqueos, confrontaciones, atracos y asaltos sexuales, que nos colocan en los umbrales de una barbarie moderna, tiene otra contribución dañina, que es la inconducta adulta de abuso, prepotencia, corrupción, agresión, inconsecuencia e impostura.Empero, esta educación que extrañamos es posible ahora, si nuestras autoridades e instituciones abandonan la propaganda del culto a la persona, hacen un mejor uso de los medios de comunicación con programas masivos sostenidos de educación ciudadana y cumplen así su responsabilidad social.Por nuestra parte, los ciudadanos debemos respaldar las acciones públicas que se ejecuten contra las malas costumbres y atropellos en el uso del espacio y los servicios públicos, y, según nuestras capacidades, romper el temor y la apatía culposas para reasumir la autoridad pertinente con nuestros hijos, conjuntamente el diálogo comprensivo que use, oriente y acompañe los cambios que la ‘aldea global’ está introduciendo en nuestras vidas.Solamente así habremos dejado de ‘preocuparnos’ para ‘ocuparnos’ de nuestro clima social.El Deber – Santa Cruz