El espanto más allá de la muerte

maggy__talavera_Maggy TalaveraHay una afirmación constante en la obra literaria y en las entrevistas de José Saramago, que cobra vida cada vez que sale a luz un hecho violento. O sea, revive a diario, cada hora o segundo, porque así de constante es ya la violencia en la sociedad que vivimos. Una sociedad de violencia aceptada, como él mismo repetía, en parte por la insistencia con la que se expone la violencia desde los diferentes medios, a tal punto de dejar impresa en nuestra memoria la sensación de que “la vida humana no tiene ninguna importancia”.Esa afirmación tiene que ver con una verdad que duele, y mucho. Una verdad que habla no solo de la violencia de la que es capaz el ser humano, sino de otra peor: la de ser cruel. Es decir: no le basta recurrir a la violencia con el pretexto de defenderse o de sobrevivir, sino que racionalmente busca la forma de infringir dolor, de torturar, de hacer padecer al otro que ve como amenaza o enemigo. Veo con espanto esta crueldad en las muertes que se repiten cada vez con mayor frecuencia en nuestra patria chica y en el mundo entero.Una crueldad que no acaba con los siete tiros disparados contra alguien indefenso, como sin duda estaba Laura el domingo pasado cuando la muerte llegó hasta ella, sino que va más allá de ese cuerpo inerte y se regodea con su cadáver tendido sobre el frío mesón de la morgue. Una crueldad que sigue abriéndose camino por los vericuetos de una justicia mezquina que se alimenta de los privilegios concedidos por el dinero y de la impunidad de la que gozan quienes imponen su voluntad a tiro limpio.Hablo de Laura, pero podría citar muchos otros casos. Hablo de Laura porque el drama de su muerte es el más reciente y porque el espanto tras su muerte sigue quitándome el aliento. También, por los entretelones que rodean esta muerte, que no fue apenas una (también mataron a su padre) y que nos llevan a pensar cuán lejos estamos de alcanzar el mundo mejor soñado por tantos. Entretelones que asustan al descubrir voces de aliento a los mandantes del crimen, otras que justifican la violencia y algunas más amenazadoras contra quienes se atreven a demandar justicia y no más muertes crueles.Cuánta tristeza para cargar sobre el pecho, para arrastrar por un camino que puede muy bien ser diferente, si acaso así quisiéramos que fuera. Espanto y tristeza al percibir que no hay tal identidad de género, ni convicción en la defensa de la vida, ni humanidad ante las desgracias ajenas. Espanto al comprobar que el ‘vale todo’ puede más, sobre todo en una sociedad machista que se alimenta, no pocas veces, de leche materna.El Deber – Santa Cruz