Claves para mirar los dibujos de Picasso

DIbujos. Setenta y cuatro obras que el artista guardó. /Fernando de la Orden

Setenta y cinco años de producción gráfica es mucho tiempo. Sobre todo si los años en cuestión son los que trascurren en Europa, entre 1897 y 1972, y la producción gráfica es la de Pablo Picasso, uno de los artistas más significativos del siglo XX. La muestra que se exhibeen el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires invita a recorrer los dibujos del español desde su adolescencia en Málaga hasta apenas un año antes de su muerte en París.

Picasso nunca dejó de dibujar, y las setenta y cuatro obras que pueden verse en el museo son el resultado de una criteriosa selección, realizada por la curadora Victoria Noorthoorn junto a un equipo de colaboradores –de este lado y del otro del océano Atlántico- de entre aproximadamente 1600 papeles. Organizada cronológicamente –pero evitando categorías estandarizadas como los famosos períodos rosa o azul- la muestra se presenta un recorrido claro por diversas etapas de la producción picassiana.



Aquí va sin embargo una suerte de cartografía, hecha en base a cinco obras como semillas, que en sus pequeñas dimensiones condensan y alumbran las búsquedas y obsesiones de toda una carrera, al tiempo que demuestran la singularidad de una retrospectiva sin precedentes en el país.

Un pintor que hace esculturas

En 1907 Picasso ya ha pasado tanto por la experiencia de la Academia de San Fernando en Madrid, como de la bohemia modernista en Barcelona y se encuentra en París. Es irónicamente en Francia, más concretamente en el Museo del Louvre, donde descubre la escultura ibérica, su primer contacto con formas de representación diferentes. En los sintéticos pero contundentes volúmenes de esas esculturas, Picasso encuentra inspiración para realizar su propia de-construcción del lenguaje plástico europeo, que en pocos años derivará en la experiencia cubista. Su dibujo Estudio para una escultura da cuenta de ello a través de sus trazos que son, también, contundentes y sintéticos y fundan una diferencia sustancial respecto a las obras anteriores. También de la ductilidad de un artista que pinta y esculpe a un mismo tiempo, pero es dibujando como piensa sus figuras.

Música en cubos

Guitarrista. El PIcasso cubista.

Ya en Guitarrista (1912) encontramos un Picasso zambullido completamente en la experiencia cubista. Los músicos ocupan un lugar fundamental en la imaginería picassiana –una constante, junto a las mujeres desnudas, sobre todo en estos años de su producción-. Hombres con violines o guitarras, diseccionados en planos mediante los que Picasso rompe con la perspectiva renacentista y explora un uso original del espacio. Formas que, descompuestas en ángulos, se vuelven casi irreconocibles pero no pierden nunca su referencia figurativa: démosle un momento a la imagen y comenzaremos a advertir, entre los ángulos rectos del contorno, las figura ensimismada del músico sobre su instrumento, casi inadvertido, cuyas partes también emergerán entre los planos.

Cortar y pegar

Violín. En collage.

El Papier Colle (un tipo de collage)  constituye otro eje fundamental de la vasta trayectoria de Picasso. En Violín, también de 1912, las figuras ya no se de-construyen en ángulos, sino que se re-construyen a través de papeles planos –de prensa, de diario, de embalaje- que el artista toma de su entorno más inmediato. Planos cortados y pegados para confeccionar las figuras de sus obras, que tienen por objetivo presentar, más que representar, la realidad que nos rodea.

En tiempos de paz

Tres bañistas. Un pincel más calmo.

Implícitamente político, Picasso proyecta su compromiso con su tiempo de forma sutil. En sus obra guerra, posguerra y fascismos cobran formas diversas que sólo advierte un ojo sensible: no es a partir de las figuras sino de su tratamiento (técnico y plástico) como Picasso expresa lo que sucede a su alrededor. Si los años de guerra se corresponden con figuras diseccionadas en planos que reflejan la ruptura con las tradiciones anteriores, los años veinte traerán mujeres como sus Tres bañistas, de cuerpos monumentales, que se recortan contra el apacible paisaje de la costa azul de fondo. Figuras mucho más calmas, producto de una mano que quiere apaciguar un ojo todavía absorto, al ver a qué insospechados desastres condujo la fe en el progreso ilimitado.

La angustia de la guerra

Animal salvaje atacando a una mujer desnuda. Picasso en 1933, un preanuncio de mutilaciones y pesadillas. /Fernando de la Orden

En ese mismo sentido se debe comprender su obra de los años treinta: tras sus dibujos a tinta se advierte la angustia frente al irremediable ascenso de los fascismos y la guerra civil española. En Animal salvaje atacando una mujer desnuda, de 1933, se condensan tanto su experimentación con la figura – cuerpos mutilados, violentados, deformados- como el desarrollo de singulares animales de ensueño y pesadilla. Y así como detrás de esos estudios de cuerpos femeninos de 1906 y 1907 vislumbramos el germen de sus célebres Señoritas de Avignon –una de sus obras capitales en los albores de la etapa cubista- en Quimera de 1935 se aventura el monumental Guernica, su óleo de 1937 que es referencia de la historia del arte -y de las guerras- de todos los tiempos.

Vale la pena recordar una vez más que todos estos dibujos formaron parte de la colección privada del artista, que después de su muerte la familia legó al estado. Papeles producto de una mano íntima, obras de las que por algún motivo Picasso eligió no desprenderse, son por eso reflejo capital de sus obsesiones y sus pasiones, entre las que sistemáticamente se reiteran el amor, la historia, el sexo y la condición humana.

Fuente: clarin.com