El Ministerio de la Pobreza

manfredo-2Manfredo Kempff SuárezYo creo que he sido la persona a la que le correspondió dirigir el ministerio más pobre que jamás alguien pueda imaginarse. A veces daban ganas de llorar. Por supuesto que mis antecesores y sucesores también pasaron por el mismo suplicio. Era ni más ni menos que el ministerio de Informaciones. Me correspondió desempeñarlo un año durante el gobierno de Jaime Paz y otro año largo durante la gestión del general Banzer, hasta su renuncia. Ahí me di cuenta de lo disparatado y triste que era la función de querer hacer ver a los mandatarios con imagen de superhéroes y de mostrar una realidad nacional en tecnicolor, cuando, como hoy, cundía la miseria. Era disparatado solo intentarlo.En el Gabinete mis colegas se quejaban de que la población no se enteraba de las muchas obras que realizaba el Gobierno y era cierto; que nadie sabía nada de los discursos presidenciales ni de las intervenciones de los mandatarios en las fechas patrias o en eventos internacionales. Entonces, como responsable de la información, no me quedaba sino darme por aludido y decir que hacía todos los esfuerzos posibles; que a los periodistas se los convocaba siempre y se les invitaba salteñas lo que ya era un gasto; que todas las noches el ministro se dirigía a la población a través de TV 7 cuyo estado era ruinoso, sólo durante tres minutos, resumiendo aprisa lo que realizaba la administración; que el ministro se peleaba con los medios defendiendo al Presidente y al Gobierno; y que ni con magia se podía hacer más si no había recursos.Me volví susceptible en el ministerio de Informaciones porque siempre creí que me criticaban a mí y que permanentemente me querían echar. Pero finalmente no era así y a veces, milagrosamente, se aprobaban cien mil bolivianos en Consejo de Ministros para hacer unos spots. Esos cien mil tenían que aprobarse por decreto. Y sobre ese dinero ponían la mirada varios candidatos a hacer los spots, lo que resultaba igual a que un cardumen de pirañas dispusiera de una rana para saciar su hambruna.Menos mal que por entonces las gestiones de los ministros no duraban diez años ni cinco porque hubiera sido inaguantable. Y los presidentes eran conscientes de la pobreza del ministro y no exigían ni oropeles ni aspavientos de grandezas. Claro que hubieran deseado mucho más, pero ni siquiera ellos podían viajar si no era en el peligroso avioncito Sabre o comprando pasajes en líneas comerciales, a veces a crédito, lo que me consta. Es que cada dólar que entraba al Tesoro costaba un huevo.