Evo, ‘el talentoso’

Diego Ayo SaucedoEl final de 2016 acaba atestiguando el último acto de la pornopolítica: el anuncio de que el 21F no sirve de nada y que ellos encontrarán alguna salidita constitucional para que Evo continúe. Se sacaron pues la ropa. Ya no tienen vergüenza. Menean sus voluptuosidades políticas sin descaro. Pero convengamos en que este impúdico comportamiento no es nuevo. La ordinariez manifestada viene de antes. Viene, para ser más precisos, del encumbramiento al líder. Se oye más de una vez que “Evo es un genio”, “es el único líder capaz de guiarnos”, “es nuestro papá”. Vale decir, se proclama a los cuatro vientos su condición excelsa, incluso volviéndolo casi un casto ciudadano incapaz siquiera de abocarse al sexo.De una pureza pues casi celestial (léase al respecto el mamotreto de ensalzamiento pío de don Reymi Ferreira sobre Zapata, CAMC y Evo). ¿Es así? Es realmente un líder (tan) supremo que solo aparece cada cien años como lo aseveró con no menos devoción religiosa la diputada Gabriela Montaño.En esta columna sostengo que la solidez del liderazgo de Evo reside justamente en rasgos abiertamente contrapuestos a esta santidad, genialidad o valentía señaladas. Es más, considero que esta década solo podía ser como fue –una década de agudización del extractivismo, rentismo y polarización social- precisamente porque Evo Morales está lejos de ser ese prodigioso líder que pregonan sus seguidores.Comienzo argumentando que más que un guía capaz de conducir al pueblo, fue su delegado y catalizador. O sea, más que decirles qué hacer, les dio gusto en lo que le pedían. Más que ser propiciador de una oferta de país, fue receptor de un conjunto de demandas, exigencias e incluso caprichos sociales (o mejor dicho de ciertas facciones sociales).Vale decir, no ejerció el poder gracias a alguna identificable destreza que permita distinguir al país en algún sector (llámese ciencia o industria), sino en virtud a su inequívoca trivialidad (haciendo muchas canchas, por ejemplo). Por ende, si hubo algo excepcional en él, ello residió en su capacidad de decir lo que la mayor parte de la población quería oír y en ofrecer lo que nadie necesariamente quería recibir (las mismas canchas), pero prefería recibir, a quedarse con las manos vacías.Evo fue, por ello, más un recolector de ilusiones que un estadista. No fue pues un hombre de talento, ni mucho menos fue un líder que destacara por su creatividad. Para tener éxito bastó que sea un ‘receptor popular’. No es poco, ciertamente, pues terminó por convertirse en la encarnación de un anhelo ancestral de reconocimiento (no solo de él, sino de una enorme porción del electorado que lo apoyó), con visos de envidia e incluso odio.No es que estos hayan sido los rasgos dominantes en la siquis social, pero Evo y su entorno los convirtieron en hegemónicos, en su rol de voceros del odio, sacerdotes de la revancha (contra neoliberales y demás) y portavoces de la diferencia insuperable (“nosotros versus ellos”). Para cumplir ese rol, por tanto, no requería ni requiere aún de aptitudes que lo hagan diferente (o superior), modales que lo distingan o ideas que lo singularicen. Ello, claramente, no supone que su presencia no fue útil. Lo fue. Por supuesto que sí. Necesitábamos a este vocero del orgullo oculto de amplias franjas de la población para que todo se nivelara. Evo fue como Japón derrotando a Rusia en 1905: el portavoz de “los no-occidentales” como ganadores, finalmente ganadores (¡o sea sí se los puede vencer!). El mito de que quien sea puede gobernar Bolivia, con excepción de un indio, se cayó.Eso no se mide, pero tiene un enorme valor. Pero eso ya fue. No digo que el asunto estructural no siga pendiente (aquello que incluye la democracia étnica, la justicia indígena o la economía comunitaria), solo digo que este férreo avance igualador ya se activó. Y una vez activado requiere dar pasos que rebasen esta representación identitaria. De preservarse esta –la representación identitaria- se idealiza, sobreestima y glorifica a una persona, sin atender a las propiedades reales del objeto admirado. Y eso es lo que ha sucedido. Lo grave es que cuando sucede eso, la realidad queda abrogada. Prima el deseo, la fantasía o el sueño, pero no la realidad. No es casual que el presupuesto del Ministerio de Comunicación suba en igual proporción a la decadencia masista (con LAMIA, EPSAS y un largo etcétera). El culto al líder resulta así, enceguecedor. No tiene que ver con la certeza de que el líder sea inteligente y propositivo para solucionar problemas, pues en verdad, en ese mundo de ilusión, esos problemas no existen (o son pasajeros). Como insisten cotidianamente “Bolivia tiene la medalla de oro en América Latina en fortaleza económica”, es obvio que cualquier crítica o propuesta es vista como agresión, secuela imperial o mentira, pero nunca como realidad. Y es ese el momento más duro: cuando la realidad consiste solo en lo que ese líder pueda decir y dar. Su horizontal mediocridad solo puede decir cosas trilladas y dar prebendas. No es un genio. En suma, insistir en desvirtuar el 21-F (con muchas propuestas “constitucionales”), solo puede ser perpetuar este culto de enseñoramiento de un ciudadano con escasas virtudes.El Deber – Santa Cruz