Los niños huérfanos, la herida más dolorosa de dos barrios ayoreos

La comunidad ayorea Degüi en Santa Cruz se vio enfrentada a varios vecinos, que pidieron que los trasladen a otras zonas. EL DEBER conversó con quienes dicen estar cansados de ellos,  también ingresó a las viviendas de los indígenas y encontró historias que duelen en el alma



Atrapados en una realidad vecinos cercanos. Casi todas las casas son de barro. En ellas viven los menores con sus padres o con parientes. Foto: Hernán Virgo

Desde las alturas al frente de la comunidad se encuentra el hospital de la Villa. El terreno de la comunidad Degüi ya no está entre árboles. La zona está urbanizada y con asfalto

Cuando un vecino del barrio Libertad ve a un grupo de niños ayoreos caminando cerca de su casa, tiembla de miedo. Aquí, en el distrito siete de Santa Cruz, en la Villa Primero de Mayo, hay menores de edad que han sembrado el terror. Eso es lo que aseguran varios hombres y mujeres cuyas casas colindan con la Comunidad Ayorea Degüi, asentada en un terreno de 7.048 metros cuadrados, que cuando los ayoreos empezaron a ocupar probablemente desde hace 40 años estaba abrazado por árboles frondosos y palmeras, bajo el dominio de los pájaros cantores y de las luciérnagas que iluminaban aún más las noches estrelladas.

Ahora, este terreno otorgado por la municipalidad en calidad de concesión gratuita y temporal, donde 500 ayoreos han intentado sobrevivir amparados por sus costumbres y levantado 102 habitaciones de barro, está apretado por  una mancha urbana y casas de varias plantas, por el ruido de motorizados y por vecinos que los miran desde la distancia, han manifestado públicamente que están incómodos con ellos y han pedido a las autoridades que los trasladen a otro lado porque ‘con ellos’ viven con el Jesús en la boca. 

El director del hospital de segundo nivel de la Villa Primero de Mayo, Óscar Mario Arana, con su voz parsimoniosa dice que en los tres años y medio de vida que tiene el edificio de salud, los niños ayoreos han roto 27 vidrios blinde de ventanales a punta de hondazos que tiran desde su barrio sin barda que colinda con el hospital. 

“Parece que lo hacen solo por ganas de hacer puntería”, dice, sin alterarse, como contando una desgracia a la que ya se ha resignado. “Se entran al hospital, se trepan por la reja, se roban la ropa que está tendida en la lavandería y también han destrozado los 46 vidrios pequeños del depósito que permitían que ingrese la luz a ese lugar”. 

Óscar Mario Arana tiene más para contar Afirma, por ejemplo, que los fines de semana las enfermeras tienen miedo que llegue las 19:00 porque a esa hora, cuando muchas están retornando a sus casas, son asaltadas por muchachos ayoreos consumidores de clefa que las abordan y les roban las mochilas o los teléfonos móviles.

“Es una inseguridad única tenerlos de vecinos. Le doy otros casos. También esperan los vehículos de los médicos afuera, en la zona de rompemuelles, para subirse encima del maletero y hacerse llevar por un buen trecho. Para Carnaval se dan peleas campales, tiran cohetes a los guardias del hospital y en vez de vejigas con agua tiran piedras a los vehículos”. El director del hospital así se desahoga y también lo hace mirando su colección de vehículos pequeñitos que están estacionados sobre un vidrio, a un costado de su escritorio.  

Desde adentro
Las quejas del doctor Óscar Mario Arana y de muchos otros vecinos corresponde solo a un parte de esta historia. Dentro de la comunidad ayorea Degüi hay versiones y muchas historias que buscan intentar un problema que desde afuera no se siente ni se ve: “Aquí hay muchos niños huérfanos”, dicen desde el corazón de la comunidad.

Julia Chiqueno, la profesora de la escuela, agrega que hay varios huérfanos en Degüi, como 50, más o menos, y muchos de ellos no asisten a la escuela y viven con sus abuelos o con otros familiares. Además de los huérfanos, cuenta la maestra, hay varios menores que solo cuentan con su mamá y que como ellas salen a trabajar, los menores se quedan al cuidado de algún pariente.

 Esta realidad impide tener el control de muchos menores y de sus actos. Tari Chiqueno, el presidente de la comunidad ayorea, no desconoce que el alcohol y la droga han penetrado en el mundo de los ayoreos y que eso de alguna medida ha causado malestar entre los vecinos del barrio Libertad. 

Pero Tari también sabe que el problema de la drogadicción y del alcoholismo no es un patrimonio del pueblo ayoreo, que la sociedad cruceña la padece en diferentes niveles y pide no estigmatizarlos y, más bien, solicita ayuda para luchar contra ese drama. 

La profesora Julia dice que el año pasado se inscribieron 120 alumnos a la escuela que existe dentro de la comunidad y que muchos muchachos abandonan sus estudios por la falta de recursos. La universidad no es un sueño que pretenden los bachilleres, entonces ella sabe que un apoyo externo a través de becas de estudios puede alejar de los vicios a la muchachada ayorea que ha caído en los tentáculos de la clefa o del alcohol.  

Nilson Tacore tiene 18 años de edad y admira más a Ronaldo que a Messi. Nilson es el ícono de su comunidad porque es el único ayoreo que juega en la Tahuichi y que lleva en su espalda el número 10, que ya ha disputado una copa y tiene deseo de llegar mucho más lejos. Nilson Tacore también sabe que el deporte es el mejor incentivo que tiene un muchacho para estar y sentirse bien. 

“Éramos tres los que fuimos a probarnos a la Tahuichi. Me quedé solo yo porque los otros dos agarraron mujer y ya no volvieron. Hace tres años que estoy en la academia. Les aconsejo a mis amigos y no escuchan. Hay varios que juegan bien pero se dedican a tomar”. Tacore ha sabido luchar por su sueño desde su barrio donde solo existe una canchita de volibol, sin una cancha de fútbol.

Tari Chiqueno sonríe cuando apunta hacia el patio donde dice que ahí podría construirse una cancha de fulbito, tan necesaria para espantar los fantasmas de los malos hábitos y de las drogas, porque él, como otros, considera que el deporte puede aportar para que los niños ya no salgan a romper vidrios ni robar la ropa del hospital ni de los patios de las casas, como también puede evitar que busquen la compañía del alcohol para divertirse.

La madre de Nilson, Carmen Chiqueno, está orgullosa de tener a un descendiente futbolista. Ella sabe que el deporte es una gran alternativa para la niñez y la juventud. Lo es porque ha sufrido en carne viva el drama de los vicios. Cuenta que su hija Fabiola, de 19 años, murió hace seis meses. 

“Murió porque se drogaba con clefa desde los 15 años. Me cansé de guasquearla, no hacía caso, se salió de la casa y retornó cuando ya estaba enferma de pancreatitis. Murió en el hospital que está al frente”, dice, rodeada de varios niños y jóvenes. Tuvo en total 10 hijos. “Ahora solo me quedan nueve. Uno de ellos es inclinado al alcohol, pero trabaja nomás y tiene mujer”, relata dentro de una casa de ladrillos, una de las pocas que es de material. “Esta casita la hemos construido con el sudor de mi marido y de mis hijos”, explica, orgullosa. 

El acuerdo
Benjamín Chiqueno se ha convertido en una autoridad. Desde hace pocas semanas es el representante de los ayoreos ante los vecinos del barrio Libertad.
Ese cargo le fue instaurado después del 6 de enero de este año, el día en que hubo una reunión interinstitucional  entre la comunidad ayorea Degüi y la Asociación de Juntas Vecinales de la Villa Primero de Mayo. 

Entre las conclusiones está el que los ayoreos reconocieron que existen malos ciudadanos  en Degüi que asaltan, se prostituyen, rompen vidrios o vehículos en tránsito y otros ilícitos que atentan contra la seguridad ciudadana y que merecen ser solucionados por el bien de la comunidad”.

Por tal motivo, la comunidad ayorea Degüi, a través de un documento, se compromete a controlar esos excesos, y si es posible, recurrir a la Policía y juntas vecinales para identificar a esos malos ciudadanos. 

Entonces, Benjamín Chiqueno es el hombre que, junto al presidente de Degüi, velará por el cumplimiento de este acuerdo y que controlará a los dos guardias ayoreos que durante la noche hacen rondas para vigilar a los menores y jóvenes que se dedican al consumo de bebidas alcohólicas o de alguna droga. 

Benjamín muestra su teléfono móvil. “Mire, esta es la foto de un hombre al que encontramos cerca de aquí vendiendo droga. Lo hemos detenido y entregado a la Policía”, relató, emocionado. 

Bajo este panorama los días de preocupaciones vecinales irán desapareciendo. Esa es la sensación que tienen algunos habitantes del barrio Libertad. Ana espera que queden atrás esas jornadas en las que temían que los niños ayoreos trepen la barda y se entren a su casa para hurgarlo todo: los juguetes de sus hijos, la comida que guardaba en el estante, las herramientas de su marido. “Tuvimos que levantar la barda, colocar alambre de púas y comprarnos un perro porque les tienen miedo”, rememora.

Otra mujer cuenta que una vez lavó la ropa familiar, la tendió en el patio y después salió a pasear. Al retornar no había nada en los alambres. Sospechó de los indígenas, entró al barrio y ahí vio a varios niños y mujeres vestidos con la ropa que había sido sustraída de su casa. 

Otra vecina recuerda que en diciembre su niña estaba manejando su bicicleta y llegaron varios niños ayoreos y trataron de quitársela. “Yo evité que se lleven la bicicleta, ellos forcejeaban de una rueda y yo de la otra”, cuenta despacio, como para que nadie escuche, porque dice que tiene miedo que vuelvan.

Pero en Degüi las personas mayores aseguran que esos días ya pasaron y que la solución depende de todos. En Degüi, también dicen que la Navidad de los niños ayoreos no es como la de muchos niños de la ciudad, que sus padres no tienen para comprarles los regalos que ven que otros menores tienen y los huérfanos sufren peor.

También admiten que salir a las calles para entrarse a las casas de los vecinos y tomar las cosas, como se las tomaban de los árboles donde vivían sus ancestros, no es la solución. Es por eso que confían que el acuerdo interinstitucional mejore la convivencia en la zona. 
A Viviana Picaneray le gustan los árboles. Ella tiene 38 años de edad y dice que nació debajo de aquel árbol. Es un bibosi espléndido, con copa amplia. Es mediodía y el sol golpea con fuerza, pero a la sombra del árbol donde nació Viviana, se siente una brisa fresca.

“Hay vecinos que quieren que nos vayamos de aquí, pero no-sotros no queremos dejar este barrio”, cuenta, al momento de lavar la ropa de sus hijos. Mientras está sentada a la puerta de su casa, mira la avenida de cemento y observa pasar los micros, el caminar de personas que se visten diferente a los ayoreos, a tiempo que varios niños juegan con la única pelota de fútbol que existe en la comunidad. 

El censo
Pero la Gobernación no les dejará solos. Así lo asegura Duberty  Soleto, director de Políticas Sociales de la Gobernación, dice que está enterado de que la comunidad ayorea necesita de la participación de las autoridades para solucionar varios problemas de los que padecen. También le informaron de que hay niños huérfanos, pero que la Gobernación no cuenta con estadísticas. Por tal motivo, adelanta, esta semana ingresarán al barrio de los ayoreos para realizar un censo para identificar cuántos menores de edad existen, cuántos tienen padre y madre y el número de niños que han quedado en la orfandad.

“Ingresaremos  con sicólogas y trabajadoras sociales para levantar una estadística real”, dijo Soleto, que también prometió que se abordará la problemática del alcoholismo, la drogadicción y de la prostitución que afecta a varios menores y jóvenes ayoreos. 

Según Soleto, cuando tenga los datos en la mano se podrán tomar acciones, como por ejemplo, poner a disposición los albergues que tiene la Gobernación en el departamento y remitir los casos a conocimiento de los jueces del menor en Santa Cruz. 

Recordó que la Gobernación rescató de las calles a varios niños ayoreos que se dedicaban a mendigar, pero que aparecieron autoridades de esa comunidad y presionan para que se los entreguen.

La autoridad aseguró que también se aporta a través de la guardería que la Gobernación ha puesto en Degüi con capacidad para 50 niños, donde las madres pueden dejar a sus hijos desde recién nacidos hasta los seis años de edad. “La guardería funciona de febrero al 16 de diciembre, en la época escolar”, puntualizó.  
Por ese motivo, la semana pasada estaba cerrada y los niños correteaban bajo la mirada de sus padres o de sus parientes. 

El representante indígena del pueblo ayoreo en la Asamblea Legislativa Departamental de Santa Cruz, Suby Picanerai, dice que los niños huérfanos no solo están en la comunidad de Degüi, sino también en Garay que se encuentra en la avenida Virgen de Luján, por la zona de El Dorado Norte. 

Picanerai pide que se trabaje en el apoyo laboral a los abuelos que crían a los niños sin padres y también a las madres que, muchas veces, se han quedado solas en la crianza de sus descendientes. 

El trabajo es un fantasma esquivo para el pueblo ayoreo. Años antes, recuerdan, había trabajo en las zonas rurales, en las haciendas, donde necesitaban personas para cortar la vegetación. Pero la tecnología ha ido reemplazando la mano del hombre y los ayoreos están entre los perjudicados. 

Pero muchos no se han quedado con las brazos cruzados, se han comprado máquinas podadoras y todos los días salen a la ciudad a ofrecer el servicio de limpieza de lotes, terrenos y jardines.

Por eso, Picanerai sostiene que expulsarlos de la zona no solucionará nada, porque recuerda que el éxodo del pueblo ayoreo en Santa Cruz, puesto que antes de llegar a la Villa Primero de Mayo fueron sacados de las zonas de la plaza Blacutt, del Parque Urbano, Estación Argentina y Guaracachi. “Esta vez no nos moveremos de esta nuestra casa”, dijo Picanerai, mientras caminaba por la comunidad, rodeado de niños   

Fuente: eldeber.com.bo