Anuncios

Yo soy el Poder

José Luis Bolívar Aparicio*Hace muchos siglos en la India, en el Ashram de Ramakrishna, en Dakshineshwar Calcuta, un templo donde los hombres hacían limpieza espiritual y estudiaban religión, había dos hombres muy diferentes el uno del otro, tratando de aprender a lograr la iluminación perpetua.Por un lado Vivekanda, uno de los más intelectuales, su preparación desde infante dada por sus padres y maestros sumada a su gran inteligencia, le permitían estar entre los más aventajados y de cierta manera también ser el favorito de los sacerdotes y maestros del templo.Por el otro Kalu, un hombre humilde y sencillo que lo que le faltaba en inteligencia lo trataba de compensar con mucho empeño y entusiasmo, que sumado a su gran fe, hacían de él un hombre con grandes proyecciones dentro del Ashram.Lo único que compartía Kalu con Vivekanda era que el también traía desde su hogar una profunda educación hinduista que habían dejado en él valores, costumbres y ritos de los que no se iba a desprender nunca. Uno de ellos era venerar y adorar a sus Dioses con real esmero y convicción.Todas las mañanas, Kalu iba temprano al gran río Ganges y luego del baño ritual, comenzaba su adoración a todos sus Dioses. Lo hacía con todos por igual, pues pensaba que no podía darle a uno más que a otro. Su devoción y entrega eran apasionadas y cada jornada sólo lograba incrementar más su fe en todas y cada una de sus deidades.Pero todo ello no era bien visto por sus compañeros, que veían en él un beotismo absurdo que lindaba en la ridiculez. Así que no perdían la oportunidad para burlarse de sus creencias y su metódica conducta que no tenía ningún sentido según sus adláteres.Quién más sorna hacía de este aspecto era Vivekenda, que le gritaba a voz en cuello delante de todos: ¿Qué haces adorando tantas figuras? ¿No te das cuenta que con un solo Dios alcanza? Deja ya de perder tiempo en tu vida, solamente adoras piedras y a nada bueno vas a llegar.Sin embargo Kalu hacía oídos sordos a aquellos improperios y seguía diariamente su ritual.Un día de esos, Ramakrishna el maestro, se fijó en Vivekenda para cumplir una misión, ya que se dio cuenta que este pupilo tenía una gracia divina con la que podría alcanzar niveles mucho más altos en su proyección espiritual.Vivekenda, tenía el don de la telepatía, y podía con su poder influir en las mentes menos poderosas que la suya el mensaje estelar.Su tutor le dijo: Ve a tu celda, cierra la puerta y practica las enseñanzas que te di y poco a poco el aprendiz logró un poder que lo sorprendía a él mismo. Hasta que un día entre sus prácticas perdió la concentración, pensando, joven como era, en jugarle una broma a su amigo Kalu.Encerrado en su celda, le envió un mensaje telepático para decirle: “Coge a todos tus Dioses, ponlos en un saco y tíralos al Ganges”.Ramakrishna estaba sentado frente al inmenso río meditando, cuando vio a Kalu corriendo rumbo a su rivera llevando un saco. Lo llamó y le preguntó ¿qué es lo que haces muchacho?Dios me ha dado un mensaje, era un mensaje divino pues sonó varias veces en mi mente, y en mi celda no había nadie más que yo. Visnú me ha pedido que arroje todas estas figuras al Ganges y lo adore sólo a él.Recoge tus Dioses en el saco y ven conmigo le dijo el maestro, yo voy a enseñarte de dónde viene la voz de tu mente. Llegaron a la celda de Vivekanda y al ingresar el mentor inquirió a éste con enfado: Te he pedido que medites y que estés alerta, que prepares tu don para servir al prójimo y para alcanzar la luz espiritual, no para que te burles de una persona y destruyas su vida para divertirte. Él es un hombre bueno de gran corazón, es noble y amoroso ¿Cómo has podido hacerle eso apoyado en algo que Dios te dio? A partir de este momento no podrás nunca más tener acceso a ese poder porque has hecho un abuso de él.Los roles se invirtieron y Vivekanda murió sin alcanzar la iluminación, en cambio Kalu con paciencia logró el crecimiento espiritual que siempre buscó.Los seres humanos más privilegiados en la vida y que muchas veces logran asumir puestos de poder gracias a su intelecto u otras condicionantes, no siempre saben administrarlo de buena manera. Algunos incluso después de haberlo alcanzado con humildad, una vez que beben de sus mieles, pierden la cabeza y se olvidan de sus orígenes y sobre todo de cómo llegaron a obtenerlo y para que están con o en el poder.Es triste ver cuando una persona no solo hace indebido uso sino además abuso de un determinado nivel de autoridad sobre subalternos o gente que incluso no tiene nada que ver con ella y sus funciones. Pavonean su autoridad y amenazan con acciones y castigos por el simple hecho de que cualquiera no ha hecho las cosas como quería o como pensaba que se lo merece, por el puro y simple hecho de ser algo o alguien.Pero lo que realmente enferma es cuando el abusivo es absolutamente nadie y cree o siente que tiene ese poder, heredado por algún familiar que ostenta algún puesto de importancia o incluso peor, porque siendo un simple funcionario público allegado a alguna autoridad, tiene la potestad para hacer lo que se le da la gana, humillar a quien quiera y sentir que el mundo debe estar a sus pies y quien no le haga las venias correspondientes debe sufrir el rigor de su suprema ira.El incidente acontecido en un restaurant de La Paz entre un mesero y el asesor de la Ministra de Comunicación es un triste bochorno provocado por alguien que definitivamente no conoce ni siquiera el significado de la palabra poder. Alguien debería enseñarle a este caballero el valor de la palabra humildad, y que haga conciencia de ello, pues así tuviera realmente ese beneficio, éste le será útil sólo al saber que el poder es bueno cuando el que se beneficia es el pueblo y no quien lo administra.*Es paceño, stronguista y liberal

Anuncios