Una periodista se subió por primera vez a un kite surf en las playas del norte de Villa Gesell. ¡Y casi sale volando!
Nudos marineros para amarrar el kite al arnés que irá en el cuerpo del deportista.Aprendido lo básico, sigue el armado sobre la arena. El kite toma forma con un inflador y cinco líneas se amarran a él con nudos marineros. La cometa se llena de aire, se tensa y sube con unos pocos movimientos. Nico lo maneja afianzado en la barra de dirección, mitad naranja, mitad negra. Se mueve de un lado a otro con facilidad, hasta que me pasa el comando. La sensación de pilotear un kite es vigorosa, como si tuviera mil barriletes ejerciendo presión en el cuerpo. Y, por un segundo, siento que me vuelo. «¡Nico, no me sueltes!», le grito, desconcertada por la sensación. Él me hace una seña y me tranquiliza: «Mi alumno más chico tiene 12». Después de unos minutos, sin saber cómo, me conecto con el viento. Pude sentir cuándo la cometa ganaba presión, cuándo la perdía e iba a caer de costado, lo que se evita con unas maniobras de anticipación. El kite queda bien arriba, tirante, a unos 24 metros encima de nuestras cabezas. No se puede dejar de mirar al cielo, tanto que duele el cuello.
Sobre la arena, el kite toma forma con un inflador.Cuanto el kite embolsa y toma velocidad, el surfer debe soltar la barra para generar un efecto de desaceleración. Pero claro, si uno se siente inseguro y tiene miedo de atravesar las nubes, el acto reflejo será jamás soltarse del volante. Hasta que sucede: se despegan los piecitos de la tierra y se aprende a la fuerza a largarlo todo. Pasado el susto, llega la hora de la verdad. Casco, arnés, kite y remera térmica y el agua a la cintura, aunque para esa instancia ya estaba anestesiada. De yapa, las olas traían cardúmenes de tapiocas, una pequeña medusa parecida a la aguaviva que arde con el simple roce. Pero yo sólo quería que mi kite flameara como lo había hecho en la tierra.Me costó bastante mantenerlo en alto: el golpe inesperado de las olas y los pozos de la superficie arenosa me desconcentraban. Pero las palabras de aliento de Nico fueron claves y la cometa se alzó. La sensación de triunfo duró un instante. En seguida apareció el otro elemento de esta actividad: la tabla, un esquí del tipo wakeboard adaptada para el disciplina.
Lograr que el kite se alce, aunque sea en tierra, es difícil.Y cuando mis pies calzaron la tabla y mis manos tuvieron el control de kite, salí planeando… o casi. Me eyecté hacia adelante y me estampé la cara contra el agua saladísima.Y nunca, pero nunca, la pasé tan bien en el mar. Lograr ese control entre el viento y el agua para generar movimiento es superpoderoso. Una adrenalina que seguro también comparten los surfers. Hice tres o cuatro intentos más que me dejaron agotada. Nico me devolvió a la orilla y se armó de su equipo para tirar unas piruetas en el aire. A mí, me faltó un rato extra para conseguir andar sola. Ahora, quiero más.
Mojada pero feliz, luego de probar con el kite y la tabla tipo wakeboard en el mar.Cómo aprenderEl curso de kite surf tiene una duración de 10 horas, divididas en tres o cuatro días, dependiendo del alumno y las condiciones climáticas. Su precio ronda los 4.000 pesos e incluye el equipo completo. Es apto a partir de los 12 años, pero hay que pesar más de 40 kilos. Para esta nota, tomamos una clase con Nico Pinciroli, un instructor que lleva más de una década en el mar y cuenta con una carnet avalado por IKO, International Kiteboarding Organization. Trabaja de diciembre a abril en las playas del norte de Villa Gesell, límite con Cariló. Más info en Kite Gesell – La escuelita (tel. 0223 455-1409 y en Facebook.com/kitegesell). También hay cursos en el Río de la Plata, en Zona Norte. Producción: Daniela Gutiérrez / Agradecimientos: María Ines DesinanoFuente: clarin.com
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