Álvaro PuenteYa habíamos logrado llenar de escuelas el país. Cada niño tenía un lugar en una escuela. Hoy hemos retrocedido. Ya no hay espacio para todos. Cada año faltan más y más plazas que nadie se ocupa de preparar. Lo que preocupa a los gobernantes es esconderlo, que no se note. Hemos visto por semanas en todas las capitales largas colas a la puerta de algunas escuelas. Sillas encadenadas querían reservar un cupo imaginario.La única solución que pudo inventar el ministerio para el grave problema fue sortear los pocos espacios entre los miles de estudiantes en fila. No sé si recuerda usted el chiste macabro de la familia que comía todos los días a la carta. Solo alcanzaba el alimento para uno y comía el que tenía el as de corazones. Era broma. Ya no lo es. En Bolivia es esa la macabra política educativa. Escuela solo para los afortunados de la suerte.Hay colas porque faltan plazas y hay colas porque faltan escuelas que sirvan. La población se desespera por entrar al sistema, pero también por tener acceso a colegios aceptables. ¿No ven las autoridades cómo valora la gente las escuelas? No se dan por enterados. Ni por un momento se les ocurre mejorar las escuelas de las que huyen alumnos y padres. Nadie entiende que haya que ponerlas en orden, que haya que cambiar, mejorar, corregir. La respuesta solo es el tétrico sorteo y prohibir las colas.Se podría dar colores más alegres a las pobres escuelas despreciadas. A lo mejor, dibujos simpáticos, vidrios en las ventanas, pupitres más cómodos. Quizá baños limpios, puertas que no se arrastren, jardines con flores, basureros. Ni lo intentan. Se podrían enseñar cosas más interesantes. Preparar programas con temas de la vida, más variados, sugerentes, necesarios. Podrían, pero ni se les ocurre. Mejor que estudien a la carta. Ante el rechazo debieran revisar los métodos que utilizan los maestros. Claro que repetir 100 veces lo mismo hace que se memorice. Pero memorizar no es comprender. No es saber más. Solo es tenerlo almacenado. Debieran hacer investigar, discutir, dramatizar. Debieran contar como un cuento fascinante las historias más complicadas. Debieran ver en la realidad los fenómenos físicos y químicos. Claro que para esto habría que formar de nuevo a los profesores. Habría que enseñarles pedagogía. Debieran contarles cómo funciona la mente de sus alumnos, cómo nacen las ilusiones, cómo se despierta la alegría, cómo se forma la libertad.¡Debieran! Son los encargados de la educación nacional. Pero no se les ocurre más que el sorteo y prohibir que soñemos con mejores escuelas.El Deber – Santa Cruz