Sociedad careta, con o sin Carnaval

Maggy Talavera

 

 

Parece que cada vez nos tomamos más en serio eso que canta Celia Cruz, de que la vida es un carnaval. Digo, porque nos cuesta cada vez más dejar de lado los disfraces y caretas que elegimos a diario para ir por la vida actuando de acuerdo con las fantasías que están de moda y vomitando palabras en las que no creemos o cuyos significados ignoramos. Es la imposición de lo políticamente correcto, el reinado de las apariencias y de las imposturas.

La semana que termina ha sido pródiga en ejemplos de la ‘sociedad careta’ que estamos construyendo, con un ahínco que alarma. Uno de ellos es la defensa de la ampliación de los cultivos de coca en zonas cuya producción va a alimentar el circuito del narcotráfico, a la que tratan de justificar con argumentos mentirosos como los de la ‘industrialización’ o, peor aún, de sacralización. Una hipocresía que domina a la mentirosa lucha antidroga, que está en manos del principal dirigente de los productores de coca excedentaria. Es así desde 2006, y solo posible en una sociedad careta como la nuestra.

Otro ejemplo vino de la mano de oficialistas y opositores que pusieron el grito al cielo tras conocer un video que muestra a una exparlamentaria y exconcejal cruceña arengando a un grupo de niños y adolescentes, con discursos contra el presidente Morales y cambios en la Constitución, en los que religión y política parecían una sola cosa. Lo hecho por la exlíder del MNR es sin duda censurable y merece condena, pero ¿dónde estaban esas voces de espanto cuando el Gobierno usó y abusó de niños para idolatrar a Morales, condenar a sus opositores e incitar a la violencia? Vistiendo sus disfraces y caretas, claro.

Caretas también son los que hacen de la vista gorda frente al gravísimo problema que se arrastra desde hace décadas en las cárceles de Bolivia, llamadas eufemísticamente ‘centros de rehabilitación’ o de ‘readaptación productiva’, pero que tras algún motín o matanza entre presos salen a luz pública a expresar desde indignación hasta solidaridad (¿¡!?) con los familiares de los muertos. No existen tales centros, ni siquiera en el papel. Nunca existieron. Entre los caretas estamos los periodistas, que contamos los dramas sin siquiera asombrarnos por la irracionalidad vista dentro y fuera de las cárceles.

La lista sigue, pero no da para detallarla aquí. Los invito a completar la lista en casa, en el trabajo, entre vecinos y amigos. Hagamos el ejercicio de mirarnos al espejo, sin disfraces ni caretas. Atrevámonos a decir en voz alta lo que de verdad pensamos, qué sentimos, qué queremos. Pongámosle un punto final a esta mala costumbre de ir por ahí mintiéndonos y mintiendo a otros hasta el hartazgo. ¡Chau caretas, por favor!

Fuente: www.eldeber.com.bo

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