Cuba: la huelga de los “boteros”


Emilio J. Cárdenas*

El episodio es realmente inédito: de pronto apareció –créase o no- una huelga en Cuba

Parece imposible, desde que el comunismo cubano no reconoce las huelgas, ni las permite y, que como si eso fuera poco, tampoco reconoce a los sindicatos. Manda solamente el Partido Comunista. Los demás obedecen mansamente, bajando la cabeza como si no tuvieran siquiera derecho a opinar. Porque lo cierto es que, en Cuba, no lo tienen. Esto y no otra cosa es el totalitarismo. No equivocarse, jamás.

Pero lo real es que los llamados “boteros”, esto es los “transportistas privados”, hicieron huelga. Propagada por las redes sociales o boca a boca, anónimamente, de mil maneras. Desde el 27 de febrero pasado.

¿Cuál es la razón? Muy simple: les quieren imponer un “cuadro tarifario”, que los “boteros” rechazan. Porque se trata de interferir en sus ingresos, nada menos. En su modo de vida, entonces. Y porque quieren asegurarse el acceso al mercado mayorista de combustibles, a las autopiezas y repuestos, así como obtener una baja de impuestos. Para así abaratar costos, es obvio. A todo lo que suman un reclamo imposible: el de poder organizar -entre ellos- un sindicato realmente independiente.

Hablamos del 10% de los quinientos mil cubanos que son “cuentapropistas”. De unas cincuenta mil familias. Y de autos de la década del 50; motos, camionetas obsoletas y hasta de bicicletas. Todos en un sorprendente o milagroso estado de rodaje, pese a ser, generalmente, piezas de museo. Otra “delicia” deprimente del comunismo.

La actividad del transporte a la que nos referimos es parte del “sector privado” cubano que hoy aporta algo así como el 5% del PBI de Cuba. Una contribución que podría calificarse de relativamente marginal, en consecuencia.

Ante la “huelga”, las fuerzas de seguridad aparecieron en las calles de La Habana y Santa Clara, preventivamente. Hasta ahora no se sabe de incidentes.

Se trata del uso de vehículos viejos que, no obstante, son imprescindibles. Piénsese sino en que en la capital de Cuba hay tan sólo unos 700 ómnibus de transporte para atender a una población de algo más de dos millones de almas. El servicio actual es malo y deficitario, desde que se admite que no alcanza siquiera para cubrir las necesidades del 50% de la población capitalina. El resultado es otra increíble y bien conocida “delicia” comunista: la de las “colas” y las esperas como fenómeno cotidiano, normal, inevitable. El record de “colas” está hoy en disputa entre Cuba y Venezuela.

Los “boteros”, cabe advertir, no están disponibles de inmediato. No acuden al instante. No pueden. Hoy tardan algo así como una hora antes de presentarse a servir a quien los requiere. Hasta no hace mucho, la espera era algo menor. Menos pesada. Y, por lo demás, no es un servicio barato. Hablamos de unos 20 pesos por viaje en promedio, contra niveles de salarios mensuales cubanos del orden de los 740 pesos promedio. Esto es de apenas unos 25 dólares por mes. Poco y nada, entonces.

El conflicto se produjo en una economía depresiva, caracterizada por un estado de recesión constante. De “crecimiento negativo”, expresión que es una forma más o menos elegante de llamar al “achicamiento” o “contracción”. Es obvio, el “modelo” cubano no funciona. Ni ha funcionado nunca, en absolutamente ninguna parte. Pese a la loada “normalización” de las relaciones con los EEUU, Cuba sigue estancada, en un pantano.

El turismo, es cierto, ha crecido. Pero mucho menos de lo esperado. O soñado, más bien. Seguramente porque la relación precio/servicios es bastante mala. Tan es así, que las empresas aéreas extranjeras que ahora vuelan a Cuba han debido reducir sus frecuencias, por la debilidad del flujo turístico. No hay duda, el Caribe ofrece otras opciones, que funcionan bien y son mucho más eficientes y placenteras. Más allá de la natural curiosidad que supone poder visitar una sociedad como la cubana que está claramente detenida en el tiempo, arcaica entonces. Y que ofrece al turista un nivel de confort bastante pobre.

La inversión extranjera no llega. Falta confianza. Apenas aparecen unos 400 millones de dólares al año, buena parte de los cuales van al mantenimiento de la infraestructura turística básica, esto es a los hoteles.

Para crecer, Cuba necesita unos 3.100 millones de dólares de inversión por año. Ocho veces más de lo que hoy recibe. La falta de seguridad es más que obvia. Y sólo un alejamiento pacífico del Clan Castro del escenario cubano lo haría, quizás, posible.

Por el momento, falta un año para que Raúl Castro cumpla, o no, con su promesa de “dar un paso al costado”. Pero, aún si la cumpliera, ¿alcanzaría? No está nada claro.

Probablemente, no. Hay mucho más que cambiar en Cuba. Incluyendo el nepotismo. El país está preso de la auténtica oligarquía castrista, que lo ordeña sin cesar.

Por ejemplo, el encargado de manejar el capítulo del turismo es un tal Luis Alberto Rodríguez López-Calleja (por la cantidad de apellidos, parece un oligarca latino más), el yerno del Jefe de Estado, lo que es todo un “símbolo” de cuanto habría que cambiar y de lo difícil que es que ello ocurra en el corto plazo. Los cubanos deberán esperar más de lo que, desde afuera, parece. No soñar, ni engañarse, entonces.

*Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

El Diario Exterior – Madrid

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